La clave de todo (versión en castellano)


La llave no encajaba en la cerradura. Hay muchas maneras extrañas de terminar una jornada, y esta solo era una de ellas. La noche era oscura. Un viento gélido bajaba desde las montañas, helando el rocío. Al irme, había cerrado la puerta con llave, estaba seguro del todo. Con la misma llave que ahora reposaba sobre mi mano, inerte, inútil.

Si estuviera casado, pensaría que mi mujer me había echado de casa. Pero vivo solo. Envuelto en una soledad infinita, ¿habría perdido la razón? ¿Cómo estar seguro? Ningún loco se reconoce como tal.

Las orejas me dolían por el frío. Mi aliento parecía que iba a convertirse en hielo antes de escapar al cielo. De repente, el corazón me batió más fuerte, como los cascos de un caballo golpeando el suelo en plena carrera. Una luz se había encendido dentro de la casa, ¡de mí casa! Una sombra se dibujaba en la pared del dormitorio. Temblaba sobre el lienzo de ladrillo, mientras paseaba impunemente por cada metro cuadrado de la habitación. El frío se había desvanecido. Una ola de fuego navegaba por mi interior, buscando un punto de escape que la liberase.

Finalmente un grito. Una bocanada de ira salió de mi garganta, como una amenaza divina. La puerta de vidrio del balcón se abrió. Yo apreté el puño tan fuerte, que la sangre me brotó cálida y húmeda de la palma de la mano. Una figura masculina me observaba desde lo alto. Lo reconocí. Sonreí. Era el hombre que veía todas las mañanas delante del espejo.
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