Un disparo en el bosque


Este relato es un adelanto de mi primera novela titulada Zipote.

Una silueta se dibujó en el horizonte de un frío atardecer de noviembre. Un hombre, cuyo rostro se ocultaba bajo una capucha de aspecto andrajoso, oteaba la llanura sobre la que se extendía la vasta ciudad de Loia. 
Su gesto torcido no auguraba ni honores ni prebendas a los habitantes de aquella urbe. Ni siquiera su barba lacia y rojiza podía ocultar su desagrado al descubrir las primeras evidencias de los esclavos del sombrero de paja. Se miró las manos, aquellas que habían librado tantas batallas, e identificó cada una de las laceraciones que contribuían a dibujar aquel mapa de carne. Todas ellas resultado de algún enfrentamiento con aquellas bestias inmundas.
Había atravesado continentes persiguiendo a las criaturas, dándoles caza, exterminándolas una a una, como un hombre que intenta demoler una montaña con tan solo la ayuda de un pico y una pala. Tocó con su mano enguantada la cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo verticalmente, recorriéndola desde la frente hasta la mejilla.
En el valle, la ciudad de Loia permanecía ajena a la presencia del Cazador. Como un rebaño de ovejas, sus habitantes pacían por las calles sin imaginar que les acechaba una manada de lobos.

El Cazador depositó el estuche de guitarra que llevaba siempre a la espalda. Abrió los cinco pestillos que aseguraban que se mantuviera siempre cerrada y levantó la tapa. Llevaba siempre montado y listo para disparar el rifle que disfrazaba de instrumento musical. Lo asió con ambas manos y apoyó la culata sobre el hombro derecho. Alineó el ojo derecho con el objetivo del rifle. Barrió la ladera con un movimiento en forma de arco, escrutando con atención cada palmo de terreno. Tras años de lucha podía olfatear un zombi dentro de una piara de cerdos. Cuando trazaba el segundo arco para inspeccionar la parte baja de la ladera descubrió unas ramas agitándose. Sus músculos se tensaron, el bello le se erizó, y un sudor cálido apareció en su frente. El dedo índice se revolvió inquieto delante del gatillo. Otra rama tembló unos pocos metros más adelante. En esta ocasión alcanzó a ver por un segundo una cabeza tambaleándose entre la maleza. Afianzó el rifle contra su hombro e inspiró pausada y  profundamente. El zombi no tardaría en reaparecer en otro claro del bosque, y está vez estaría preparado para disparar.

El trino de un pájaro se elevó sobre el silencio que dominaba aquel lugar agreste. El aleteó furioso de una garza sobrevino cerca del lugar en el que el Cazador había descubierto al zombi. Siguió por instinto el vuelo del ave, pero pronto la dejó escapar. Cuando el rifle apuntó de nuevo al bosque, apareció la figura de un hombre en proceso de descomposición frente al teleobjetivo. Su cabello, que en otro tiempo había sido tan negro como el carbón, estaba sucio y deteriorado, y había tomado un color grisáceo similar al de la ceniza. Sus movimientos eran torpes e inseguros, como los de un cervatillo con pocos minutos de vida. El Cazador dejó escapar una sonrisa de satisfacción, su instinto no le había fallado. Había más de un quilómetro de distancia hasta su objetivo, un disparo al alcance de muy pocos tiradores. Sintió el viento sobre su piel y calculó la desviación que afectaría a la bala. Del rifle escapó un alarido de muerte cuando el Cazador contrajo el dedo índice. La bala se incrustó en la cabeza del zombi pocos segundos más tarde. El monstruo se desplomó como un muñeco de trapo, y cayó sobre la hierba que cubría el suelo. Aquel cuerpo inerte no significaba un final, sino el principio de una lucha con un desenlace incierto.
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