Ocho horas


    Fui obligado a regresar al trabajo. Caminé a través de un pasillo largo y estrecho, de paredes grises y sucias. Un par de tuberías metálicas, pintadas de rojo, trascurrían pegadas a la pared como si indicasen el camino a seguir a los trabajadores.

   De pronto me fui consciente de que estaba rodeado de gente mal encarada, que tenía a su alcance  sierras, cuchillos, mazas y clavos.

   Alguien toco mi hombro y me sobresalté. Lo hice sin querer, pero mi encargado terminó con un clavo en la garganta. Un chorro de sangre regó mi rostro como si fuera césped sediento. Era cálida y sentí cierto placer depravado cuando se deslizaba hacia mi cuello, como un torrente de agua y barro.


   Unos gritos apagados sonaron tras de mí. Algunos de los chicos salieron corriendo. Alguien se me acerco y cogió mi brazo. Era uno de los nuevos, un trabajador de empresa temporal. Me sorprendió al empujar mi brazo hacia adelante, hundiendo más y más el clavo en el cuello palpitante y tenso del encargado, hasta que desapareció bajo su piel.

   El encargado cayó entre convulsiones y luego se desconectó. Mi alma se llenó de paz al contemplar la quietud de su cuerpo. Aquel imbécil no volvería a tocarme los huevos.

   El hombre de la empresa  temporal y yo nos lanzamos una mirada cómplice, nos aprovisionamos con sierras, mazas, clavos y cuchillos, y fuimos a terminar el trabajo.
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