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Espere su turno

    

    Cientos de personas se apiñaban en la sala de prensa del Ministerio de Igualdad.  Había hombres nerviosos, decididos, recelosos. Juntos conformaban una amplia paleta de sentimientos y estados de ánimo. Lo único que no había aquella mañana de enero en la sede del ministerio eran mujeres.
    No tardaron en aparecer cuatro personas vestidas con uniforme. Dos hombres y dos mujeres, de acuerdo con las estrictas normas ministeriales. Tomaron asiento y esperaron pacientemente a que el silencio se adueñara de la sala.
    ─Buenos días a todos y todas las presentes ─ comenzó diciendo la mujer que estaba sentada más a la derecha.
    ─En cumplimiento de la ley vigente haremos público ─ añadió el hombre sentado a su izquierda.
    ─El censo poblacional del estado a fecha de ─ prosiguió la mujer que se sentaba en la silla vecina.
    ─Treinta y uno de diciembre es el siguiente ─ concluyó el hombre que ocupaba el extremo derecho.
    Los cuatro funcionarios estaban cumpliendo con  las cuotas representatividad por palabras estipuladas en la ley 374B/85, según la cual, cualquier comunicado oficial del ministerio sería transmitido por dos mujeres y dos hombres, siendo tanto una de las mujeres como uno de los hombres homosexual. La ley también establecía que debía haber un funcionario de raza oriental, uno de raza caucásica, uno de raza amerindia, y otro de color. La última condición era que los cuatro debían pronunciar exactamente el mismo número de palabras. A pesar que las ruedas de prensa del ministerio se tornaron tediosas, la medida fue muy bien recibida por toda la sociedad. El convencimiento de que la plena igualdad conducía hacia la sublimación de la comunidad, y por tanto, del individuo era total.
    La sociedad había acrecentado la fe en sí misma, en su total eficacia y perfección. Era una sociedad que estaba a punto de abandonar la oscura cueva de Platón para mirar directamente al sol, a la misma fuente de luz, y no a la triste sombra proyectada en una pared de piedra.
    ─Ciudadanos de género masculino incluyendo homosexuales y travestidos.
    ─Diez millones ochocientos cuarenta y dos mil doce.
    ─Ciudadanas de género femenino incluyendo homosexuales y travestidas.
    ─Diez millones ochocientos cuarenta y dos mil sesenta.
    ─Por lo tanto.
    ─Hoy se concederán.
    ─Cuarenta y ocho.
    ─Licencias de caza.
    Los cuatro funcionarios se levantaron y desaparecieron de nuevo. Las cuatro ventanillas que  tramitaban la expedición de licencias abrieron.  El caos se extendió por todas partes. Los hombres se empujaban entre sí disputándose un lugar en la cola de expediciones. Hubo tropiezos, caídas, sillas que salían despedidas, y que acaban chocando contra alguna columna o el cuerpo de algún despistado. Algunos llegaron a los puños. Cejas partidas, caras ensangrentadas, el mármol del suelo se cubrió de manchas rojas y el personal de seguridad hizo acto de presencia.

    Dentro de aquel desorden había psicópatas, hombres amargados, hombres llenos de odio. Pero todos habían ido allí por un mismo motivo. Es bien sabido que la esperanza de vida de las mujeres es superior a la de los hombres. Así que, año tras año el Ministerio de Igualdad de encargaba de devolver la paridad al censo electoral. Concedía un número limitado de licencias de caza. Los afortunados que se hacían con una de esas licencias tenían la oportunidad de acabar con la vida de una mujer de forma legal, sin consecuencias. El ministerio había decretado esta caza como una causa justa. Cada dos de enero se acercaban hasta aquel lugar  muchos hombres, todos con algo en común, la voluntad de acabar con la vida de una mujer. La mayor parte deseaban matar a sus jefas, a sus suegras, a sus mujeres, a aquella profesora que tan mal les había tratado cuando eran jóvenes.  El resto eran psicópatas que se conformaban con matar a cualquiera, incluso a la funcionaria que les había extendido la licencia. Por eso desde el incidente ocurrido cinco años atrás los funcionarios estaban protegidos con cristales antibala.
    Los afortunados iban abandonando el edificio con una amplia sonrisa y el documento oficial en el bolsillo. Esto acrecentaba el nerviosismo del resto, observaban como su oportunidad se les escapaba de entre los dedos. La algarabía iba en aumento. Varios hombres tuvieron que ser retirados en camilla por los servicios médicos tras ser aplastados por una avalancha humana.

    Fabián odiaba a su hermana. Lidia y él eran mellizos. Ya en el vientre de su madre Lidia le había molido a patadas. Su madre siempre les había comentado lo movidos que habían sido. Luego en el parto por cesárea el doctor se sorprendió al descubrir que Lidia tenía el pie derecho dentro de la boca de Fabián. El niño casi falleció por asfixia nada más nacer. El resto de su vida no había sido más que una prolongación de aquel momento. Lidia siempre fastidiándole, rompiendo sus juguetes, contando mentiras sobre él, robando su dinero. “Maldita, ha llegado tu hora” pensó Fabián cuando apoyó las manos en la repisa del mostrador.
    ─Deme una licencia por favor ─ dijo a la funcionaria oriental que tenía enfrente.
    ─Lo lamento señor, acabo de extender la última licencia disponible.
    ─¡No! Tiene que darme esa licencia ¡La necesito!
    ─Señor, le he dicho que ya no hay más licencias disponibles. Vuelva el año próximo, quizás tenga más suerte.
    ─¡Y una mierda! ¡Deme esa licencia ahora mismo!
    La cara de Fabián estaba tan roja como la sangre, de los poros de su piel  brotaba sudor frío, su cuerpo temblaba como un edificio bajo los efectos de un terremoto. Estaba perdiendo el control de sus actos. Entonces sacó la pistola que llevaba escondida en un bolsillo interior de la chaqueta. Con ella iba a cercenar la vida de Lidia, pero aquella mujer que se escondía tras un cristal  se lo quería negar. Por su mente aparecieron toda clase de pensamientos como en un desfile de moda. Algunos eran preciosos, otros de mal gusto, pero todos eran caros, y tenía que decidirse pronto, pues solo podía permitirse uno.
    Levantó el brazo que sostenía la pistola y apuntó a la cabeza del hombre que tenía al lado. El disparo fue como un trueno durante una noche sin luna. Todos abandonaron lo que estaban haciendo y corrieron a resguardarse. La sala se vació por completo en pocos segundos. Solo quedaban Fabián y el cadáver de aquel desconocido que esparcía su sangre por el suelo como un manantial de aguas turbulentas.

    ─Ahora sobra una mujer más en el mundo. Deme de una vez esa maldita licencia.
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