Abnegación


Entré en aquel bar atraído por su tenue luz. Aquella noche había salido buscando algo de aventura. Deseaba encontrar una de aquellas mujeres que tantas veces había descrito en mis novelas. Los buenos tiempos del cine negro terminaron muchos años atrás, pero yo les había echado el ancla para que no se alejaran. Cada día martilleaba el papel intentando recogerla, pero cada día sentía como la soga se escurría entre mis dedos ensangrentados.

El sonido de las copas, botellas y conversaciones incoherentes llenaban el bar como una niebla espesa. Hice un barrido general buscando a mi femme fatal. No tardé en encontrarla. Estaba sentada en un banquito del bar. Sus largas piernas estaban cruzadas, descubriendo sus muslos hasta el nacimiento de sus nalgas. Era una imagen embriagadora, e inmediatamente supe que la había encontrado. La Tania de mi última novela se había convertido en carne. En aquel momento una gota de su copa cayó en el nacimiento de sus senos recorriendo el valle que se formaba entre ellos, como un río alimentado por el deshielo estival. Entonces recogió el licor con uno de sus dedos y se lo llevó a la boca lamiéndolo con deleite.

Me vi sorprendido cuando se levantó y recorrió el local como quien inspecciona los platos disponibles en un buffet libre. Se detuvo frente a mí y tras un breve cortejo me descubrí acariciando sus perfectos senos. Poco más puedo recordar de aquel momento, la lujuria tomó posesión de mi cuerpo y yo me arrojé a descubrir el suyo.
Ya entrada la madrugada nos dispusimos a dar rienda suelta a nuestra negociación carnal. Mi primer pensamiento fue llevarla a algún motel de mala muerte, pero ella se negó. Tenía un lugar, un lugar donde todo estaba preparado para nosotros, me dijo.
Llegamos a una casa grande, con un pequeño jardín que la rodeaba completamente. Cruzamos el umbral de la puerta enroscados el uno con el otro, alimentando nuestras bocas con deseo, y con nuestras manos llevándonos hacia la desnudez.

No me fijé con en como llegué hasta allí, mi mente estaba a otras cosas, y solo abandoné mi trance cuando sentí rechinar los muelles de aquella vieja cama de madera desvencijada. Así su mano haciéndola caer sobre mí. Le acaricié con lascivia todo el cuerpo, era tan bella. Encajé mi pene en su interior y la llevé al galope en el que fue el mejor viaje de mi vida. Ella parecía disfrutar tanto como yo. Había encontrado a Tania, estaba convencido de ello. Quizá ahora ella pasaría a desempeñar un papel principal en mis novelas, podría ser la ayudante de del detective Márquez. Tal vez, ya habría tiempo de pensar en todo aquello. Por el momento solo deseaba sentir la calidez de su interior rodeándome.
Entonces algo golpeó mi cabeza, fue como ser pisoteado por un elefante. Sentí como mi cráneo se resquebrajaba y mis pensamientos escapaban a través de la grieta. Pero no estaba muerto. Ella lo había planeado todo de forma minuciosa. Me inyectó una droga con una jeringa y se levantó de la cama. No podía ver por el ojo derecho, sin duda había abandonado su órbita y el nervio óptico se había cortado. La vi acercarse de nuevo con el martillo, la vi levantarlo, y luego no volví a ver nada más. Los golpes cayeron sobre mí como el granizo. Mi sangre salpicó las paredes, las sábanas, la alfombra. Toda la habitación se tiño de púrpura mientras se filtraba hasta mis oídos el maullido de un gato. Yo babeaba y temblaba de forma incontrolable. Tania había terminado conmigo igual que lo había hecho con los personajes de mis novelas, quizá en esta versión de la femme fatal la brutalidad había sido física, pero pude reconocerla detrás de aquel sadismo sin límites.

Me sentó en una silla cercana a una pequeña mesita. Agarró uno de mis brazos y con la habilidad de un cirujano metió el pulgar en la boca de una antigua moledora de carne. Las cuchillas fueron cortando y moliendo mi carne. De forma incomprensible mis terminaciones nerviosas quedaron intactas. Y casi inconsciente todavía pude sentir mi dedo mutilado. Entonces aparecieron los gatos. Es difícil determinar cuántos eran, eso no importa mucho. Primero lamieron los hilos de carne en los que se había convertido mi pulgar. Luego dieron pequeños mordisquitos de forma casi juguetona. Lo que vino después lo pueden imaginar. Devoraron mi carne como animales salvajes. Sentí como desmenuzaban cada hebra y como descendía hasta sus estómagos. Ni el más cruel de los hombres puede imaginar el dolor que sentí al ser disuelto por sus jugos gástricos. La abrasión ascendió por la carne molida hacía el muñón en que se había convertido mi mano. Luego se propagó por todo mi cuerpo. Los gatos no podían esperar a que ella les triturara mi mano, algunos habían subido hasta mis hombros y se agarraban a mi piel clavándome sus uñas afiladas como cuchillas de afeitar. Sentí como uno de ellos masticaba el ojo derecho que seguía colgando junto a mi nariz desde que recibí el primer martillazo. Aquello fue lo último que sentí. Perdí la consciencia y creí que jamás volvería a despertar.
 

Unas horas más tarde me encontraba tumbado en aquella cama, ciego, mutilado y con un gotero conectado a mi cuerpo. Tania cuidaría de mí mientras quedase un poco de carne que comer.


Este relato narra la misma historia que el original Abnegación de Mendiel desde otro punto de vista. 
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