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El viejo y el niño


    El viejo empujó al niño contra el abismo, estaba furioso. Sus cejas cimbreaban como un bosque de abetos azotados por el invierno. Sus fosas nasales se abrían y se cerraban, y se volvían abrir. Parecían dudar entre dar aire a aquel cascarrabias o ahogarlo en su propia ira. Blandía un palo recio y nudoso, tal vez lo guardaba desde sus tiempos de pastor, pensó el niño. El niño con sus manitas apretadas no podía hacer otra cosa que temblar. Su garganta era un pozo seco tras una larga sequía. En su inocencia pensaba que sus lágrimas la habían secado. Que ya no quedaba más agua en su cuerpo con la que regar su voz, y que no podría volver a hablar hasta que bebiese un buen trago.
    ─Tú, habla ─ dijo el viejo con voz quebrada ─ ¿dónde lo has escondido?
    Y el niño calló.
    ─¿Crees que vas a librarte de esta tan fácilmente mocoso? Responde, o te sacudiré con esto. ¡Habla!
    Y el niño calló.
    ─Estás acabando con mi paciencia, y no te lo recomiendo, este viejo todavía puede darle su merecido a un ladronzuelo ─ dijo mientras daba un paso para acercarse más al niño.
    Y el niño calló.
    ─Está bien tú lo has querido, te voy a llevar de nuevo al orfanato. A ver que les cuentas a ellos ─ el viejo avanzó otro paso para coger al niño por el brazo y llevarlo a rastras hasta el hospicio.
    Y el niño cayó.
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