Cementerio de animales



1

    La campanilla tintineó al abrirse la puerta de la tienda. Las pajareras se agitaron lanzando una nube de plumas y graznidos. En el umbral apareció un niño de unos nueve años. Era bajo para su edad, vestía pantalón corto, y tenía las rodillas manchadas de barro.
    ─¿Qué te trae hoy por aquí?
   ─Hola señor Tibli, quería comida para Obispo. He estado buscando algún bicho que darle en el parque, pero no he encontrado nada ─ dijo encogiéndose de hombros.
    ─Estupendo, tengo unos grillos por aquí detrás que seguro que le gustarán. Me los trajeron ayer por la tarde, así que todavía son casi salvajes.
    Tomi ya no le escuchaba, se había acuclillado frente a una vitrina que formaba parte del mostrador. Alumbrados por una luz verduzca había tres insectos que no había visto jamás. Eran extraños de forma sutil. Tal vez por su color, algo más brillante de lo habitual en un insecto, o por la forma de su cuerpo, más alargada que la de los escarabajos comunes.
    ─¿Te gustan esos?
    ─No sé, son raros ─ respondió Tomi encogiendo los hombros.
    ─La verdad es que son un aburrimiento. Los tengo desde hace una semana y no se han movido ni un milímetro. Tampoco sé que comen, les he dado de todo, azúcar, lechuga, moscas, nada. Son de Tailandia, a saber que habrá allí para comer. Seguro que comen tallarines.
    ─Esos son los chinos señor Tibli.
    ─Sí, tienes razón ─ dijo entre risas.
    Tomi no había apartado la vista de la vitrina durante la conversación y se puso a dar golpecitos al cristal para hacer reaccionar a los insectos.
    ─¿Seguro que no están muertos?
    ─Se mueven si los tocas ─ se rascó el mentón unos segundos y añadió ─. Bueno, no creo que los vaya a vender, nadie quiere un bicho así como mascota. ¿Quieres dárselos de comer a Obispo? Si no le gustan, los grillos seguirán aquí mañana.

2

    Tomi entró en su habitación llevando una bolsa de plástico transparente en la mano. Aquel lugar era el santuario de un niño. Había posters de Cars sobre el cabecero de la cama. A la derecha de la única ventana de la habitación había una estantería repleta de juguetes en completo desorden. A la izquierda, sobre una improvisada repisa construida con ladrillos amontonados había una pecera.
    ─Obispo mira lo que te traigo, comida tailandesa.
    Los escarabajos se agitaron dentro de la bolsa de plástico. Emitieron unos chasquidos agudos un par de veces y volvieron a su letargo habitual.
    ─Tal vez me hayan entendido ─ dijo Tomi en voz alta.
    Tomi se acercó a la pecera y levantó la tapa. Cogió uno de los escarabajos con unas pinzas y lo dejó sobre los guijarros que cubrían el suelo. El escarabajo se enterró entre las piedras mientras volvía a emitir aquel chasquido agudo.

    ─Tomi, la comida ya está en la mesa.
    La voz de su madre tenía un tono severo, así que el niño se apresuró. Dio la vuelta a la bolsa de plástico y la sacudió descuidadamente hasta que el resto de escarabajos cayeron dentro de la pecera.
    ─Tengo que irme obispo, bon appetit.
    Cerró la tapa y salió corriendo escaleras abajo.


3

    Las pajareras volvieron a agitarse cuando Tomi abrió la puerta. Vestía los mismos pantalones cortos, pero esta vez sus rodillas estaban limpias. Se dirigió directamente al mostrador de los insectos, y sacó unas cuantas monedas del bolsillo. Fue dejándolas sobre el cristal una a una mientras las sumaba en voz alta.
    ─Uno, uno cincuenta, dos, dos con veinte.
    ─¿Qué quieres comprar con esa fortuna? ─ dijo Tibli divertido.
    ─¿Puedo comprar una mantis con esto?
    ─Ah, ya veo, por fin le vas a dar una novia a Obispo. Pero ándate con ojo amigo, las hembras de mantis son muy peligrosas, lo mismo se lo merienda.
     ─¿En serio? Bueno da igual. ¿Alcanza para una mantis? No importa si es un macho.
    ─Bueno son dos cincuenta, pero por ser un cliente habitual te lo rebajaré a dos veinte. ¿Cuál te gusta?
    Tibli señaló un expositor con varios ejemplares de mantis religiosa. Tomi acercó tanto la cara al cristal que el hálito de su respiración empañó el cristal.
     ─Esa de allí, la del fondo.
   ─Has elegido bien chico. Es de las más grandes que he tenido nunca. ¿Cómo la vas a llamar? ¿Goliat?
     ─No voy a ponerle nombre.
   ─Todos merecemos tener un nombre. ¿Qué te parecería si no tuvieses nombre? Serías ¿Quién? ¿Oye tú?
    Tomi tenía las mejillas rojas por la vergüenza. Sentía que de algún modo estaba defraudando al señor Tibli.  Se sentía abrumado por la situación, y guardó silencio hasta que este fue más incómodo que la vergüenza.
    ─Es que no merece la pena.
    ─¿Y eso por qué?
    ─Ya sé que comen los escarabajos tailandeses.

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