Hotel 5 estrellas

El señor Guzmán tenía una barba frondosa y desaliñada, de esas que causan respeto entre los muchachos y temor entre los adultos. Se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo de tela que guardaba en un bolsillo de la chaqueta. Al colocárselas de nuevo vio que Dani, el botones, le saludaba con un leve gesto de cabeza. El resto de empleados del hotel fingían no verle. Cuando se cruzaban con él simulaban con torpeza estar muy atareados, o sencillamente miraban hacia otro lado. Pero si no muerdo a nadie, se decía el señor Guzmán al ver pasar a los huraños empleados.
Eran ya las diez de la noche cuando Dani se acercó al sillón de la recepción donde se sentaba a diario el viejo barbudo.
–Vamos a cerrar las puertas señor Guzmán – dijo el botones dibujando con sus labios una sonrisa marchita.
–Gracias Dani. ¿Nos vemos mañana?
–Desde luego señor, creo que podré traerle unas magdalenas para desayunar – dijo satisfecho.
El señor Guzmán le correspondió saludando con su viejo sombrero, se levantó, y salió del hotel resignado. En la calle le esperaba otra noche invernal cubierta de estrellas.

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