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El ojo de Satán


Ya eran más de media noche cuando Kyle y John tomaron asiento en los sillones de la biblioteca. La noche había enmudecido, y el alboroto de las horas precedentes no era más que un dulce recuerdo en las temerosas almas de los dos hombres. No había ya rastro alguno de sus ruidosos habitantes. Tan solo oscuridad, y el suave  tintineo de los cristales tallados de la lámpara de la biblioteca al chocar entre sí.
    John reposó la escopeta sobre su regazo y adoptó una posición erguida, similar a la de un perro de presa. Parecía dispuesto para saltar sobre una posible víctima en cualquier momento. Kyle se mostraba nervioso. Se retorcía en su asiento modelando su cuerpo de tal forma que casi sobrepasaba los límites de su propia fisionomía.
     – No te pongas demasiado cómodo muchacho. No quiero que te me duermas en mitad de la guardia – dijo John divertido.
    Kyle siguió retorciéndose todavía un poco más, pero pronto se dio  por vencido. Apoyó entonces su mano derecha sobre el reposabrazos rojo diplomático y repiqueteó el cuero con los dedos índice y corazón.  Un par de minutos más tarde, John ya daba síntomas de exasperación, el joven iba a destrozar sus nervios..
     – ¡Ey muchacho!, guarda silencio si no quieres que este viejo te dé una patada en ese inquieto culo irlandés que tienes    dijo John con brusquedad.
    – Lo siento, no me había dado cuenta... Solo intentaba no dormirme. ¿Cómo haces para estar tan tranquilo?  ¿Usas alguna técnica zen?
    – ¿Pero de qué me estás hablando Kyle? ¿Qué chorradas os enseñan ahora en el colegio? – respondió airado.
    – Olvídalo, olvídalo, veo que te quedaste en el charleston – dijo Kyle entre risas.
    – ¿Y qué tiene de malo el charleston? Es un baile muy divertido, no como los de ahora… En fin, ya me estás mareando maldito charlatán.
    John se vio envuelto por sus recuerdos de juventud. Aquellos años en los que solo le preocupaba llegar a puerto y divertirse toda la noche. Buscaba una buena sala de fiestas, y una chica a la que no le importase bailar con un tuerto.  «Dios me hizo tuerto porque todos necesitamos tener algún defecto» les solía decir cuando las invitaba a una copa de champagne. No tenía muchas oportunidades de derrochar dinero en alta mar, así que durante sus correrías no escatimaba en gastos.
    – Yo duermo con un ojo durante todo el día – dijo señalándose el parche que cubría su cuenca vacía –. Por eso puedo estar despierto con el otro.
    – Si tú lo dices – dijo Kyle condescendiente.
    Aquellas juergas siempre se prolongaban hasta el alba. Algunas veces despertaba en la habitación de un hotel, junto a una chica a la que no era capaz de recordar. Aunque lo más habitual era terminar en algún antro de marineros bailando música irlandesa, y bebiendo whisky barato hasta que perdía el control de sus actos. Cuando el barrigón de turno, con delantal sucio y modales de arrabalero, le cerraba la puerta en sus narices, llegaba el momento de deambular por el puerto, y de refrescarse con el salitre del mar  y el olor a combustible de los buques amarrados. Entonces entablaba conversación con su fiel escudero, con el ojo de Satán. Sus miedos  más profundos afloraban, se abrían camino entre la embriaguez y los recuerdos de su infancia. Cerraba su ojo sano y entraba en comunicación directa con el satélite globular. Un pedazo de su sistema planetario que se mantenía próximo, atraído por alguna fuerza invisible e indeleble. Con él podía compartir sus miedos, sus sueños, su ira… Y en aquellos momentos de triste agonía lo añoraba. No porque se sintiese incompleto, ni porque su cuenca vacía reclamase compañía de vez en cuando. Lo añoraba porque en aquellas noches junto al puerto, el ojo de Satán podría haber mostrado al diablo lo que deseaba ver. Vicio, depravación  y cualquier otro aspecto de la mezquindad humana.
    – Bueno, ¿quieres escuchar una buena historia? – dijo John.
    – Cualquier cosa, con tal de no quedarme dormido.
    – ¿Quieres saber cómo perdí el ojo? – preguntó el viejo tuerto.
    El rostro de Kyle se iluminó como un faro en mitad de la niebla. Muchas veces había visto a hombres interrogarle sobre aquello. Incluso le ofrecieron dinero a cambio de que desvelara su oscuro secreto. Pero John siempre se había negado, aún  si no tenía un penique en el bolsillo. De todos modos, para Kyle, el motivo de la metamorfosis no era relevante. Averiguar el porqué de aquella cuenca deshabitada estaba por encima de cualquier elucubración filosófica en aquel momento.
     – Claro, todos tenemos curiosidad – dijo con precipitación.
    – No sé porque, imaginaba que me dirías algo así – dijo socarrón –. Nunca se lo he contado a nadie, pero no creo que salgamos vivos de este maldito lugar. Así que ya no importa – se llevó la mano derecha a la cuenca vacía, acariciándola con suavidad –. Yo mismo me lo arranqué. Hay que tenerlos muy bien puestos para hacer algo así ¿Sabes? Y por si te lo estás preguntando… Me dolió como si una mula me hubiera dado una coz en los mismos cojones.
    Kyle no pudo evitar lanzar una mirada furtiva a su entrepierna. Pero pronto  volvió a prestar toda su atención a las palabras de John. En su foro interno temía que el viejo se desdijese, y le dejase con la miel en los labios.
    – No había cumplido aún los quince años cuando me lo arranqué. No lo echo de menos, no te creas,  solo me trajo disgustos. Era tan bizco que cuando lloraba las lágrimas me caían sobre la espalda – Kyle contuvo una carcajada, que reprimió pellizcándose el muslo.
    – Hasta dónde puedo recordar, la gente de mi entorno siempre se había reído de mí. La mayoría  lo hacían a mis espaldas, creían que no me daba cuenta. Para serte sincero, no eran muy competentes disimulando. Otros eran deliberadamente crueles. Se hicieron más chistes sobre mi ojo que sobre ninguna otra cosa que haya existido en la faz de la tierra.
    » Pero ¿A quién le importa ya eso…? En realidad, lo que más me dolía era que me tratasen como a un idiota. Para los habitantes de aquel pueblo tener un defecto en un ojo implicaba que no te funcionase bien el cerebro. ¿Puedes creerlo?  John el idiota, así me llamaron durante años. Estoy seguro de que si todavía queda alguien que me recuerda así en aquel pueblo infestado de anormales. ¿Tú crees que soy idiota?
    Kyle negó con la cabeza sin atreverse a abrir la boca. Nunca había considerado a John un lumbreras, pero desde luego no era idiota. Era incluso brillante en ciertos aspectos, y su experiencia compensaba su debilidad en otros.
    – Otros pensaban que era cosa del diablo. Que el ojo estaba poseído por Satán, y que podía ver a través de él.  Su extraña teoría sacada de un cómic barato, promulgaba que  había tomado posesión de mi ojo bizco, y que así observaba el mundo. Buscaba víctimas a las que tentar  con vicio y lujuria para  robarles el alma, o simplemente para conducirlos por la senda del pecado a la vista de Dios. ¿Y el idiota era yo? – rió de tal modo, que las tripas de Kyle se sacudieron –. Si Satanás hubiera querido ver cosas interesantes, le habría robado el ojo a algún proxeneta ¡Ahí sí hay buen material!
    » Quizá el demonio no hubiera tomado posesión de mi ojo, pero las personas que me rodeaban sí consiguieron convertir mi mundo en un infierno. No creas que fue una decisión visceral, un acto así un hombre no puede tomárselo a la ligera. Sopesé los pros y los contras, incluso redacté una lista. La columna de los contras resultó ser inmensamente larga, al contrario que la de pros, que apenas contaba con tres líneas. Pero las grandes victorias siempre se consiguen en inferioridad numérica. ¿No es así?
    Kyle volvió a asentir mecánicamente con la cabeza. Ninguna de sus fabulaciones acerca del el ojo de John se había acercado a la realidad. Que hubiesen empujado a alguien a desprenderse de uno de sus órganos le hizo sentir culpable por sus faltas. Se asomaron a su memoria los rostros de algunos pobres infelices que habían sido víctimas de su ingenio. Podía ver a Charles «el roña», señalándole con su pequeña manita mientras sus mejillas se llenaban de lágrimas. «Solo así se te limpiaba la cara», no pudo evitar formular aquella frase de nuevo. Sin duda él hubiera contribuido a que John se arrancara el ojo de haberlo conocido en su niñez. Aquello le entristeció, una lágrima se deslizó por su mejilla, hasta mojar con el sabor de la amargura la comisura de su boca. Entonces agradeció que la habitación estuviera en penumbra, no le hubiera gustado que John le viese llorar.
    – Recuerdo una tarde de invierno – prosiguió John -. Yo no debía de tener más de seis o siete años. Se me acercó un chico mayor que yo, Billy Kaufmann era su nombre, como podría olvidarlo. Yo volvía de comprar unos huevos para mi madre. Hacía tanto frío que parecía que el viento iba a romperte las orejas, se te caerían al suelo, y terminarías pisándolas sin darte cuenta. Billy apareció tras una esquina, me empujó con fuerza y perdí el equilibrio. Me tambaleé y di de bruces contra el suelo. Los huevos salieron por los aires y acabé aterrizando sobre ellos. Los rompí todos excepto uno. Billy comenzó a reír. «Vaya, pero si el hijo de Satán ha roto los huevos. Fíjate bien imbécil, se parecen a tu ojo diabólico». Yo cogí el huevo que había quedado intacto y me lo guardé en un bolsillo de la chaqueta. Estaba a punto de marcharme cuando me agarró por los hombros. «Pero ¿Dónde vas imbécil? Todavía podemos divertirnos un poco más. Venga, vente conmigo al bosque» me dijo. Intenté resistirme, pero era mucho más fuerte que yo, y antes de que me diera cuenta me había abierto una brecha en la mejilla derecha de un codazo. Me agarró por el cuello y a empujones anduve calle abajo hasta el linde del bosque.
    » Cuando llegamos a la vegetación me arrastró tras unos arbustos y me acorraló contra un árbol, un gran roble de tronco tan irregular como hermoso. «A ver, dame ese huevo enano», dijo escupiéndome saliva a escasos diez centímetros de mi cara. Metí mi mano temblorosa en el bolsillo y extraje el huevo. Se apoderó del embrión con un rápido movimiento, y lo colocó frente a sus ojos. «Fíjate, este huevo salió del culo de una gallina. ¿Lo has lavado antes de  dármelo? ¿Verdad que no? ¡Eres un guarro idiota!» Me gritaba como a un recluta novato. Las piernas me temblaban, solo deseaba largarme de allí.
    » Me regaló un puñetazo en el estómago antes de proseguir con su discurso. «Venga gallina, aquí tengo tu huevo de gallina. Esto hay que devolverlo al sitio de donde salió». Sus carcajadas retumbaron de nuevo, esta vez en la soledad del bosque. Mi terror era tan intenso que las perneras de mis pantalones estuvieron mojadas antes de que Billy me los bajara de un tirón. «Clo clo clo, clo clo clo». Ya no dijo nada más, solo repitió aquella burda imitación de una gallina una y otra vez. Me sentí mareado y la vista comenzó a nublárseme. Me desmayé tan pronto sentí el frío tacto de la cáscara blanca sobre mi pueril piel.
     » Desperté solo, tirado en el suelo y cubierto de hojas. Estaba en el mismo lugar, solo que en otro momento… en otra dimensión. No se había molestado en borrar las huellas de su falta, y eso me devolvió a la realidad. Ya atardecía, y apenas podía sentir las piernas, entumecidas por el frío. Estaban amoratadas y llenas de ronchones causados por una rama con la que me había sacudido de lo lindo. Tenía las nalgas manchadas por la yema del huevo que había forzado mi cuerpo. Restos de suciedad mezclados con heces cubrían la parte superior de mis piernas. Solo puedo decir, que me alegré de haber perdido la consciencia con tanta rapidez. Quizá eso me convierta en un cobarde, pero me ayudó a no tener que recordar.
    – ¡Vaya historia! Es horrible lo que te pasó – interrumpió Kyle –. Me están entrando ganas de ir a buscar a ese Kaufmann y zurcirle las pelotas con una aguja de hacer punto.
La ira de sus palabras se veía reflejada en su rostro. John estaba convencido, de que si aquel cabrón apareciese en aquel preciso momento por la puerta, sus testículos terminarían pareciendo un puerco espín.
    – Pero no fue ahí donde perdiste el ojo ¿Verdad? – dijo por fin Kyle, dejando a un lado sus oscuros sentimientos.
    – No seas impaciente muchacho. Tenemos toda la noche por delante, y todavía hay mucho que contar. No quiero morir con esto dentro, así que ten paciencia – respondió algo molesto por la interrupción.
    El tiempo parecía no transcurrir camuflado en la monotonía de la noche. John hizo una pausa para aclarar sus recuerdos, y organizarlos de forma coherente. Escarbó con la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, y extrajo una vieja petaca de aluminio. En ambas caras había grabado un ojo con la mirada extraviada. El trazo era zafio, perpetrado  con una navaja durante una noche de borrachera. Desenroscó el tapón y dio un largo trago. Se limpió la comisura de la boca con la manga y dejó escapar un profundo suspiro.
    – Poco a poco me fui encerrando en mí mismo – prosiguió John con renovada energía –. Pasaba las tardes enclaustrado en mi cuarto con la única compañía de las novelas de aventuras que me traía mi tío George los domingos por la mañana. 
    » Durante un buen puñado de meses había estado armándome de valor para la extracción como comencé a llamarla. Traté también de aprender  algo que me sirviera en los libros de medicina, pero mi pueblo era pequeño, y su biblioteca dejaba mucho que desear. Sentí frustración. La incertidumbre y lo desconocido me atemorizaban. No había nadie que pudiera consolarme ante el dolor que aguardaba.  Más adelante descubrí que no existe libro médico alguno en el que se detalle cómo mutilarse un ojo. Pero en ese momento aquello no se me pasaba por la cabeza. Yo tenía una necesidad y los libros tenían que cubrirla. ¿No está todo en los libros? ¿A caso nos mienten al decirnos eso? ¡Pues yo te digo que sí! – dio otro trago a la petaca para tranquilizarse hasta que la vació.
     – El miedo fue retrasando lo inevitable, hasta un punto en el que creí que no tendría coraje para hacerlo. Muchas noches las pasaba en vela, rumiando cada detalle, aunque tan solo era un modo de engañarme a mí mismo. El plan estaba trazado después de las dos primeras noches de vigilia. El resto solo fue una distracción. Y recabar la voluntad para llevarlo a cabo fue como construir una montaña con un pico y una pala.
    » Los sábados mi madre se ausentaba toda la mañana. Era verano, y me dejaba dormir hasta que volvía de hacer la compra. En aquella época solía traer los melocotones de Joe Hopper, un viejo granjero que venía al pueblo con un carro tirado por un asno de muy malas pulgas llamado Zanahoria. Llegaba puntual todos los sábados a las ocho, y colocaba el carro en la esquina de Meyers Road con St. Mary. No he probado fruta mejor en mi vida, y la he probado en muchos sitios, sí señor. El viejo Joe sabía lo que se hacía en la granja.
    » Aquel fue un sábado como otro cualquiera. Lucía el sol, los niños jugaban en la calle, y el claxon de algún coche se hacía notar para anunciar a todo el mundo que la billetera del caballero apestaba a Benjamin Franklin. Me hice el remolón, como siempre. Cuando escuché que se cerraba la puerta de la calle, el corazón se me aceleró. Sus latidos golpeaban mi pecho con tal fuerza, que puse ambas manos sobre él, esperando detenerlo. Despreció mi gesto, y siguió latiendo embravecido. Me tendí boca arriba, fijé la vista  en el techo de la buhardilla, y respiré hondo. Cuando consideré que me había tranquilizado lo suficiente, alargué el brazo hasta alcanzar la cucharilla que tenía escondida debajo del colchón. La había estado moldeando durante horas hasta darle cierta forma, que yo creía conveniente para desencajar el ojo de la cuenca. Bajé de puntillas la escalera, con cada paso podía sentir el fluir de la sangre a través de mi cuerpo empujada por el bravo palpitar de las emociones.
    » Entré en la cocina y saqué la cucharilla del bolsillo. La miré fijamente y vi mi reflejo. Allí estaba ese maldito ojo mirando al techo. Como lo odiaba. Sonreí al pensar en su pronto final, sumergido en un tarro de cristal, con la irreal sensación de una existencia perenne  – Kyle volvió a revolverse en el sillón
    – ¿Te queda algo de whisky? – pregunto con pocas esperanzas de que así fuera. John le respondió poniendo la petaca boca abajo.
    » Abrí uno de los armarios de la cocina, donde sabía que mi madre guardaba recipientes para almacenar miel. Cogí uno de los más grandes. Yo quería que su próximo inquilino se sintiera cómodo, no en vano era mi ojito derecho  – guiñó el ojo sano a Kyle, lo que le dejó ciego por un momento.
    – Ves, esta es la mayor desventaja de ser tuerto. Si guiñas el ojo a una guapa señorita puedes darte de bruces contra una pared y hacer el ridículo más espantoso  – John había recuperado el buen humor con el whisky.
    – Bueno, a lo que íbamos  – dijo John para retomar el hilo argumental  –. Dejé el tarro y la cuchara, bien limpita, encima del banco de la cocina. Fui entonces  a buscar el formol que había robado de la clase de ciencia del colegio, y que tenía escondido entre una viga y el techo del taller de mi padre.
    » Lo dejé todo preparado, acorde a mis planes. Luego cogí la cuchara con la mano derecha y me sujeté la cabeza con la otra. Eché la cabeza hacia atrás y fui acercando la cuchara hacia el ojo. Centímetro a centímetro. Parecía que alguien invisible me retuviese, como si no quisiera permitirme cometer aquella profanación.
    » Al fin la fría cuchara tocó mi piel. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, cada célula de mi cuerpo conocía el ultraje que se iba a cometer. Todas ellas protestaban y emitían su queja. Pero yo las acallaba a todas. Era como apagar estrellas en una noche sin nubes.
    » Para entonces la cuchara ya estaba abriendo brecha en la cuenca que ahora oculta este trozo de trapo – se señaló el parche con cierto deleite –. Podía sentir las fibras estirándose hasta su límite, y partiéndose para dejar paso al frío metal. Estuve a punto de detenerme. El dolor era tan intenso como el fuego de una estrella. Pero no lo hice, me di cuenta de que había perdido ya la visión, y no habría nada más ridículo que un ojo bizco y ciego. Así que me impuse al dolor recordando a los Billy Kaufmann de mi vida, les dediqué a cada uno de ellos aquel sacrificio casi ritual.
    » El globo ocular cayó con suavidad sobre mi mano izquierda. Estaba bañado en sangre. Cubrí la cuenca con unas gasas y las fije con esparadrapo.
    » Entones le dediqué la atención que merecía al ojo. Lo miré de frente. Ahí estaba aquel mamonazo. Miré a Satanás cara a cara, y me burlé de él ¿Quién puede decir eso? Le miré y me burlé de él ¡Ja! Luego lo metí en cloroformo dentro del  tarro de cristal. Desde entonces siempre me ha acompañado dondequiera que yo haya ido. Todos los días por la mañana lo saco de debajo de la cama para mirarlo. Le planto cara al diablo, y sé que no habrá nada peor  a lo que enfrentarme durante el resto del día. Ya nada podrá asustarme.
    » Después de deshacerme del ojo de Satán, todos me tuvieron miedo. Un tuerto causa mucho más respeto que un bizco. De repente ya no era estúpido ni inválido. Y si alguno todavía se me resistía, me bastaba con  apartar el parche y dejar entrever la cuenca vacía para que se echase a temblar.
    » Mi madre estaba muy preocupada por mí, y nos trasladamos a  Virginia Occidental. Una prima suya vivía allí, y siempre nos insistía en que aquello era maravilloso. Así que lo dejamos todo y compramos una casa a orillas del río Potomac. Decidió que debía tratarme de la azotea. No podía ni imaginar que no estuviera loco o cualquier cosa peor. Yo estaba mejor que nunca, pero ella nunca llegó a entenderlo.
    » Me trataron muchos psiquiatras, aunque yo nunca colaboré en las terapias. Siempre me las ingeniaba para esconder el tarrito con el ojo de Satán en alguna parte, y aprovechaba cualquier despiste del doctor para sacarlo en mitad de la sesión. Deberías de haber visto sus caras. Solo querían que me largara de sus consultas. Yo para completar el espectáculo  acariciaba el tarro con suavidad, casi con lascivia, mientras el ojo clavaba su mirada vidriosa en el rostro del loquero. «Le estoy entregando al mismísimo diablo», les amenazaba usando cierta entonación lúgubre que había practicado en mis ratos libres. Mis palabras no debían de caer en saco roto, si atendemos al horror que reflejaban sus rostros.
    » Mi madre, ya desesperada por la situación, terminó por llevarme al hospital estatal… Clarson, Clarkson algo así. Allí me llevaron al ala de psiquiatría y tuve el honor de ser atendido por el jefe del departamento. Debí de ser muy famoso en el mundillo en aquella época – John rió, aunque su risa no fue contagiosa. Kyle estaba tan metido en la historia, que interrumpió la risa de su amigo indicándole que continuase.
    – Volví a representar mi numerito, pero el loquero ni se inmutó. Al contrario, pareció fascinado con mi historia. Me estuvo interrogando  sobre mis filias y mis fobias, sobre todo sobre estas últimas. Me preguntó si me aferraba a ese ojo porque me protegía de todo lo que me daba miedo. Me puse furioso, no sé porqué pero aquel hombre no me gustaba. Le grité que yo no tenía miedo a nada, me puse hecho un basilisco, a punto estuve de arrojarle el tarro con el ojo de Satán. Me entraron ganas de darle una buena paliza, pero pude controlarme, e hice bien. Tras la puerta de la consulta había dos hombres vestidos con traje de enfermero, eran muy corpulentos y parecían dispuestos a partirle la cara a cualquier paciente sin pestañear.
    » Cuando regresamos a casa le dije a mi madre que nunca más sacaría el ojo de mi habitación. Y me convertí en un hijo modélico. A cambio yo no volví a pisar la consulta de ningún psiquiatra. El ojo permaneció en la estantería hasta que me enrolé en un pesquero que partía hacia Terranova. Pero puedo asegurarte que nadie volvió a meterse con este viejo lobo de mar desde que me arranqué el maldito ojo.
  
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