Carta a los reyes



Un cuento navideño, eso me proponía escribir. Uno de esos en el que alguien malvado descubre que morirá solo, sin ser amado, y en el que tras esta terrible visión de un futuro aciago, nuestro villano mudará sus sentimientos por pura compasión hacia sí mismo. Pero no he sido capaz. Mis dedos, rebeldes lapiceros de punta roma, renegaban de la tarea. Según deduje, contrariados por la simple idea de fantasear una historia que hablase de barrigones vestidos de coca-cola, de renos de granja explotados hasta la extenuación, y de deforestación de abetos que solo servirán como percha durante unos pocos días para unas bolas de colores fabricadas por niños en el gigante rojo.

Así que hoy les hablaré de unos seres que pocas personas conocen. No porque su fama no les preceda, o porque su recato les aparte de la opinión pública, sencillamente no desean el contacto con plebeyos. Ocultos tras una corona y una tupida barba, hypsters desde tiempos inmemoriales, se han dedicado a desbalijar a propios y extraños. Se les ha visto huir atravesando desiertos con una caravana de camellos y pajes, que si no he errado la suma hacían un total de cuarenta. ¿Quién sino un ladrón se arriesgaría a la muerte con tal de poner a salvo su botín? Pero si todavía dudan sobre sus oscuras intenciones piensen en cómo van vestidos. ¿Alguien en su sano juicio vestiría pieles para atravesar un desierto? Alguna vez, debo mencionar, les he confundido con el Paris-Dakar.

También se dice de ellos que tienen sangre azul. Yo me pregunto si su rama dinástica estará emparentada con los pitufos. Reconozco que a esta tesis opondrán que su talla no es para nada semejante a la de los gnomos de leggings blanco y gorro de bufón, aunque tal vez este sea un gen recesivo. Otra posibilidad es que haya en algún rincón del mundo una ciudad de pitufos hypsters fundada por los reyes que hayan sido desestimados por su baja estatura. Es más, tal vez esos mismos individuos estén reinando ahora mismo en Lilliput.

Al margen de su querencia extrema hacia familia, no en vano es costumbre extendida entre
ellos casarse con sus primos carnales, poco más puedo aportar que no sepan ya sobre esta especie. Ahora tan solo me queda esperar a que lleguen. Está vez estoy seguro de que acertarán de lleno con el regalo. He comprado una locomotora de vapor esta semana, ya solo me falta el carbón para ponerla en marcha.
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