Muerte natural


- I -
    Las campanas tañeron con un quejido quedo y penetrante, mientras Ernesto Navais cargaba la pala que aprisionaba con sus manos desnudas. El olor a muerte hizo brotar de sus ojos lágrimas desconsoladas. Vertió la arcilla apelmazada sobre el féretro y cargó de nuevo la pala. Volvió a arrojar el contenido sobre la caja de abedul y se detuvo a contemplar como la tierra se escurría hacia el fondo como en un reloj de arena. El tiempo al igual que la muerte era implacable, y en este cuadro el artista había conectado a las dos bestias que gobiernan nuestro mundo. 

─ Está bien, déjalo ya ─ dijo Magaña apoyando su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Navais ─. Yo terminaré.
    Navais soltó la pala sin siquiera mirar a su amigo y caminó  con paso tedioso hasta desaparecer entre un grupo de cipreses. Cuando la silueta de Navais se hubo esfumado entre la arboleda, Magaña asió con fuerza la pala y se puso a trabajar con ahínco. Tan solo unos días antes su amigo había sido un hombre radiante, poseía un próspero negocio, tenía una bella esposa, y su primer hijo estaba apunto de nacer. Una semana más tarde tan solo quedaba el recuerdo de todo aquello, una especie de postal de un viaje hacia la felicidad, que no podría volver a permitirse. Diana murió durante el parto, arrastrando a su hijo con ella hasta fondo de aquel agujero que ahora Magaña se afanaba en rellenar.

- II -
    Durante las semanas siguientes al sepelio el señor Navais apenas abandonó su casa. Desatendió su negocio, y lo dejó en manos de su Luis Higarza, su capataz. Sus días transcurrieron sentado frente a la ventana del despacho, absorto en el pasado, y viviendo un futuro que solo era real en su imaginación. Sin embargo, el tiempo avanzó en su inexorable carrera hacia el infinito y la furia de su mente poco a poco fue aplacada por el poder de la razón y por el amparo del olvido. Sus recuerdos se enturbiaron, distorsionados por un velo de inconsistencia que los hizo menos reales. 

    Cierta tarde, apenas unos minutos antes del crepúsculo, Ernesto estaba sentado en una mecedora junto a la gran ventana de su despacho, como tantas otras veces. Leía un libro acunado por un ligero vaivén que hacía crujir el suelo de madera. La habitación estaba alumbrada tan solo por la luz mortecina de una vieja lámpara de pie. Una brisa fría como el filo de una espada le acarició la nuca. Se volvió inquieto, pero allí no había nadie, tan solo la oscuridad de una casa vacía. Retomó la lectura, pero la inquietud ya no le permitía concentrarse. Releyó al menos tres veces el mismo párrafo sin llegar del todo a comprenderlo, y lo mismo le sucedió con el siguiente. Cerró el libro y fue a servirse una copa de coñac. Parecía estar retomando la calma bajo los efectos del licor cuando creyó ver una sombra. Su negrura destacaba en el rincón más oscuro de la habitación. Con el vaso de coñac temblando en sus manos avanzó con paso dubitativo. No podía ser real, pensó que había bebido demasiado, pero su copa todavía no estaba vacía. Siguió avanzando con lentitud, apenas había recorrido la mitad de la habitación, aunque le parecía que habían transcurrido horas desde que se había servido el coñac. La silueta, negra e inmóvil en su rincón, estaría clavando su mirada en Ernesto si hubiera tenido ojos, y hubiera olido su sudor frío si hubiera tenido nariz. ¿Pero acaso aquel ser de oscuridad poseía alguna cualidad humana? Ernesto no se atrevía a acercarse más. El pánico lo controlaba, y aquel tizón de otro mundo emitió un sonido. Un llanto de bebé martilleó sus tímpanos haciendo emerger emociones ya enterradas. Creyó volverse loco en tan solo un segundo. Las lágrimas brotaron en sus ojos tan rápidamente como el grito abandonó su garganta. La copa se hizo añicos contra el suelo apagando durante una breve fracción de segundo el llanto desconsolado del bebé. Ernesto lo aprovechó para escapar, salió corriendo de la habitación, de la casa, y siguió corriendo calle arriba hasta que sus fuerzas le abandonaron y la histeria fue derrotada por el cansancio. Amaneció acurrucado contra un árbol, con todos los huesos del cuerpo doloridos, y muerto de frío. Pero aquello no le importaba, sabía que su cuerpo se recuperaría en pocos días. Sin embargo, su mente había sido gravemente dañada, quizás para siempre. Aquel llanto había cortado su psique como un cristal hace con la carne humana, y le había dejado una profunda cicatriz.

    Desde entonces comenzó a dar fiestas en su casa. No había noche en la que algún grupo de amigos no fuera invitado a cenar en casa de Ernesto Navais. Sus fiestas pronto se hicieron conocidas en la ciudad y junto a su nombre fue común escuchar palabras como libertino, beodo o indolente. Pero todo aquello le traía sin cuidado, las habladurías de la gente eran tan solo eso, chismes. No podían hacerle ningún daño. Por la mañana nunca se levantaba antes de las diez, se vestía y salía a dar largos paseos. Comía en cualquier parte y no volvía a casa hasta las cinco para preparar la cena. A pesar de ello aquel día no fue el último en que Ernesto escuchó aquel llanto desgarrador, solo fue la primera de tantas tardes en las que su llanto se unió al del bebé.

- III -
    Con la llegada del otoño, las primeras hojas arrancadas de los árboles se mecían en el viento llenando la atmósfera de tonos ocres. Ernesto había madrugado aquella mañana para dar un paseo más largo de lo habitual. Tras deambular durante algo más de una hora por las callejuelas del centro de la ciudad, llegó al parque de San Francisco. Se adentró por un serpenteante camino de tierra, arrastró los pies entre la hojarasca hasta llegar una plazoleta donde una tortuga de bronce escupía agua por la boca. El viento trajo a sus mejillas algunas gotas frías que le provocaron un ligero escalofrío. Más allá de la fuente, sentado en un banco de madera encontró al doctor Abraldes.

    El doctor había asistido el parto de su esposa y no habían coincidido desde aquel aciago día. Ernesto no le guardaba rencor, ni le culpaba por la muerte de su esposa y de su hijo. El doctor Abraldes había sido el médico de su familia durante más de veinte años, y nunca habían tenido reproche alguno hacia su labor profesional. 

    Ernesto se quedó plantado en mitad del camino dudando sobre la conveniencia de abordar al médico. Quizás no tuvieran valor para dirigirse la palabra, tal vez el recuerdo de la muerte de la familia Navais se interpusiera entre los dos hombres de un modo irracional y absoluto. Pero Ernesto no podría eludir a aquel hombre durante el resto de sus días, y su decoro le obligaba a explicar al doctor Abraldes que no le culpaba de lo ocurrido. Se armó de coraje y dio unos pasos dubitativos hasta situarse junto al banco donde estaba sentado el médico.

─ Buenos días doctor Abraldes ─ dijo en tono amistoso.
─ Oh, pero si eres tú ─ dijo rascándose el lóbulo de la oreja ─ pensaba que ya estabas muerto.
─ ¿Y qué le hacía pensar eso?  ─ la respuesta de Abraldes dejó descolocado a Ernesto, había sido como un disparo a bocajarro en el pecho ─.Reconozco que hubo días muy duros, pero nunca pensé en el suicidio.
─ No, claro que no, suicidio, ¿quién iba a pensar eso de ti? Siempre has sido un chico muy vital ─ se detuvo para hurgar en su oído con una pequeña ramita que tenía en la mano ─. Tengo mucho cerumen, hay días que no puedo oír ni mis propias tripas. Disculpa, mi descortesía, ¿quieres un trago?

     El doctor le ofreció una botella de cristal de la que ya había consumido algo más de la mitad. Ernesto la rechazo con un gesto de desaprobación que pareció pasar desapercibido al doctor Abraldes.

─ ¿Qué hace aquí a estas horas? ¿No debería de estar en su consulta? ─ preguntó Ernesto.
─ La consulta, oh claro. Ya no voy a la consulta, es un asco sabes. No hay más que sangre y enfermedades. Uuun asco. El parque es mejor. Aquí hay árboles grandes y fuertes, una brisa muy agradable, y animales.
─ ¿Le gustan los animales?
─ Claro que me gustan. Más que nada me dedico a observar los nidos de gato.
─ ¿Nidos de gato? ─ dijo Ernesto desconcertado.
─ Sí, sí. Mira ahí arriba ─ señaló la copa de un gran árbol ─. Mila se ha encaramado allí y ha tenido una camada. Ha hecho un nido con ramas y hojas, lejos de los peligros de la sociedad humana. Un par de veces al día baja para cazar y luego vuelve a subir para alimentar a sus cachorros. ¿Verdad qué es fascinante?
 ─ Fascinante ─ Ernesto estaba asombrado con el comportamiento del viejo doctor. Sin duda había perdido la cabeza ─ ¿Y quién se encarga ahora de la consulta?
 ─ Las ratas, las ratas se encargan ─ dijo entre risas ─. Cerré la puerta y eché la llave a la alcantarilla, no quiero saber nada más de ese apestoso lugar.
─ Es una verdadera lástima, pero en fin, el tiempo pasa para todos, ¿no es así?
─ Tan cierto como que esos siameses están en la copa del árbol ─ volvió a introducir la ramita en su oído ─. ¡Ajá! Aquí está, ¿lo ves? ─ dijo señalando a Ernesto con la punta de la ramita.
─ Bueno, ha sido un placer verle de nuevo doctor Abraldes. Hasta pronto y cuídese esos oídos.

    Ernesto se puso en marcha de nuevo. Siguió el camino de tierra que en aquella parte estaba salteado de charcos. Se había alejado unos cincuenta metros del árbol de los siameses cuando creyó escuchar la voz del doctor. Se volvió y lo encontró agitando el brazo derecho.

─ Saludaré a su esposa e hijos.

- IV -
   Había transcurrido una semana desde el encuentro de Ernesto con el doctor Abraldes en el parque. La incomodidad que sentía en su propia casa seguía creciendo. Se sentía observado por una sombra que se escondía en cada oscuro rincón. A veces le parecía escuchar un llanto entrecortado que brotaba de aquella misma oscuridad. Por la noche le resultaba casi imposible conciliar el sueño. Acostumbraba a dejar encendida una luz junto a la puerta, elegía un libro, y se tumbaba a leer hasta que le vencía el sueño. Solía amanecer antes de que se durmiera, solo cuando los primeros rayos de luz se colaban a través de las rendijas de la persiana se relajaba y se sumía en un profundo sueño. Dormía unas pocas horas y se despertaba bañado en sudor frío, con la sensación de haber tenido una terrible pesadilla. Hasta cierto punto era difícil afirmar que esas pesadillas existieran. Nunca recordaba nada, algunas veces había confundido las novelas que leía con sus propios sueños. La vigilia prolongada durante semanas le jugaba malas pasadas y comenzaba a dudar de sus sentidos y de su mente. ¿Acaso no le habría sucedido lo mismo al doctor Abraldes? Tal vez también Ernesto terminaría pasando el tiempo en el parque buscando nidos de gato o alguna absurdez mayor. Se entristeció al recordar al buen doctor, y se entristeció más aún al imaginarse a sí mismo en aquel estado.

   Ángela era una niña de diez años que jugaba cerca de la fuente de la tortuga aquella mañana de domingo. Lucía el sol pero hacía frío. Su pelota salió despedida más allá del camino, y la niña fue a recogerla mientras su madre mataba el tiempo rellenando un crucigrama. El grito de la niña fue como un rayo caído del cielo. Atravesó el alma de la madre igual que un cuchillo corta la mantequilla. Esta se levantó y salió a socorrer a su hija seguía gritando escondida por la vegetación.

─ ¡Oh Ángela, dios mío!

   La madre no fue capaz articular ninguna frase más. Atrajo a su hija junto a ella, y la rodeó con ambos brazos apartando la mirada de la niña del cuerpo del doctor Abraldes que pendía inmóvil de una soga. La tez azulada y la mirada vidriosa y tranquila fija en el horizonte se grabaron a fuego en el subconsciente de Ángela y de su madre. Solo un maullido rompió aquel gélido momento. Sobre la rama había un gato que se entretenía mordiendo la soga.

- V -
    Ernesto prefirió no asistir al funeral. La sola idea de visitar el cementerio le repugnaba. Había demasiados sentimientos escondidos tras aquellos muros que no estaba preparado para afrontar. En cambio decidió colarse en la consulta del fallecido. Desde aquel día en el parque había estado latente en su cabeza la idea de una incursión clandestina. Las extrañas circunstancias de la muerte del doctor le dieron el empujón final que necesitaba. Aquella misma tarde se presentó en la consulta vestido con ropas oscuras y cierto aire de misterio en sus movimientos. Se dirigió a la parte trasera del edificio a través del callejón hasta encontrar una pequeña ventana situada a unos dos metros de altura. Era la ventana del baño y sabía que el doctor siempre la dejaba abierta. Amontonó unos cuantos cajones rotos que encontró tirados en el suelo y se encaramó hasta la ventana. Con un suave balanceo similar al de un gusano fue introduciendo su cuerpo dentro del edificio hasta que sus manos prácticamente tocaron el suelo. Entonces se dejó caer y encendió la linterna.

    No sabía que buscar ni donde, así que se puso a pasear de un sitio para otro enfocando con la linterna cada rincón sombrío. La consulta era pequeña, constaba de un baño, una sala repleta de utensilios médicos y fármacos, dos despachos y una sala de espera. El despacho donde el doctor Abralde pasaba consulta parecía la estancia más prometedora, así que se puso a registrarla en profundidad. Sobre la mesa apenas había unos pocos papeles, la mayoría recetas corrientes para la gripe o la gota. Los cajones estaban vacios, excepción hecha de unas cuantas hojas de papel en blanco y un estetoscopio. Frente a la mesa había dos sillas, y tras ellas una camilla bastante antigua. Un poco más a la derecha dos archivadores metálicos completaban el escueto mobiliario de la consulta. Ernesto abrió uno de los cajones y vio que estaba lleno de expedientes médicos. Su corazón se aceleró, y casi pudo sentir como circulaba la sangre por sus venas a toda velocidad. Presa de la excitación se lanzó a una búsqueda frenética en los archivos. Varios expedientes se le escaparon de entre las manos y terminaron esparcidos por el suelo de porcelana blanca. Dio un respingo al encontrar el nombre de su esposa en el lateral de una de las carpetas azules en las que se guardaban los expedientes.

    Ernesto se sentó en una de las sillas de la consulta y comenzó a leer el historial médico. Pasó las hojas varias veces adelante y atrás como cuando se ojea una novela en una librería. Por alguna extraña razón tenía el presentimiento de que allí hallaría algo importante. Respiró profundamente para serenarse, así no iba a conseguir encontrar nada. Cuando sintió que la presión de sus dedos sobre las hojas de papel descendía volvió a abrir el expediente, esta vez lo leyó desde el principio. Repasó cada anotación con detenimiento. Allí estaba la vida de Diana reducida a un listado de enfermedades y tratamientos. Estaba su niñez: la varicela, el sarampión. Ver reducida de ese modo la infancia de su esposa le pareció descorazonador. Siguió leyendo el historial hasta que llegó a la época del embarazo.

    18 de abril: El desarrollo del feto parece normal, corrijo, formidable. El bebé cuando nazca pesará casi cinco quilos según mis estimaciones. Por lo demás no encuentro anomalía alguna. El latido de su corazón es firme y la madre goza de excelente salud.

    30 de abril: Diana ha venido hoy para realizar un chequeo rutinario. La he notado algo desmejorada. Todas las pruebas indican que no tiene problemas de salud pero ha perdido peso desde su última visita.

    14 de mayo: Aunque me asegura que como en abundancia la pérdida de peso es más que evidente. Quizás haya que adelantar el parto, si Diana sigue adelgazando a este ritmo no creo que quede más que un montón de huesos el día en que salga de cuentas.

    27 de mayo: Este es sin duda un caso inaudito. La madre parece estar siendo absorbida por el feto. Jamás había algo así. La madre está delgada en extremo, más que delgada desnutrida, mientras que su vástago posee un vigor poco común que lo encuadra al límite de la raza humana. He programado el parto para mañana.

    28 de mayo: El parto ha sido un auténtico fracaso. La madre ha fallecido víctima de su fragilidad. Un alumbramiento como este ha sido demasiado para su debilitado cuerpo. Su hijo nació muerto. Lo más extraño fue descubrir su estadio de desarrollo. Al contrario de lo que cabría esperar su tamaño era el de un sietemesino. Lo separé de la madre y regresé para coserla. No puedo describir con palabras el estupor que sentí, Diana tenía otro bebé en sus entrañas. Me sorprendió no haber oído sus latidos durante ninguna de mis consultas. Extraje el bebé de la parturienta. Primero aparecieron sus pies, luego sus piernas regordetas, más tarde su torso, y finalmente su horrible cráneo. No tenía malformación alguna, era tan solo horrible. Sus ojos abiertos parecían pequeños caramelos que miraban sin enfocar. Sus orejas eran puntiagudas y amarillentas como hojas de otoño. Sus labios cuarteados se asemejaban al cuero de unos zapatos usados. Miles de pensamientos arremetieron contra mi mente en un solo segundo. Di un paso atrás horrorizado sin saber cómo reaccionar. Aquel engendro no se movía ni lloraba como hubiera hecho cualquier ser humano corriente. Quizás también él había nacido muerto. Me acerqué y puse el estetoscopio sobre su corazón. Juro por dios que no escuché nada. Estaba muerto, tan muerto como el mármol que cubrirá su tumba. Y sin embargo, lloró. Lo que ocurrió después me colma de amargura y me hace sentir vergüenza de mi mismo. Pido a dios que me perdone por mis actos, pero en aquel momento actué enajenado por la visión del mismo diablo. Llené de algodón la boca del niño hasta que le fue imposible gemir o llorar. Le cosí la boca y lo volví a guardar en las entrañas de la madre, de donde no debió salir nunca. Todavía tengo el recuerdo de su mirada de caramelo azotando mi conciencia. Que dios me perdone, que dios me perdone.

    6 de junio: Durante varios días he sentido una presencia en la consulta. Siento que alguien me observa, que me sigue por todas las habitaciones. Era una sensación sofocante, como si una fuerza invisible que me oprimiese el pecho y no me dejase respirar. Hasta ayer era tan solo una sensación incómoda, pero esta mañana ha sucedido algo de lo que todavía no me he repuesto. Mientras sostenía en la mano un bisturí he sentido el deseo de cortarme. Me apetecía abrirme en canal y dejar que mis vísceras se esparcieran por el suelo. Resulta obvio porque describo esta extraña experiencia en este informe. Creo que ese engendro sigue aquí, conmigo. Me he resuelto a cerrar la clínica, no puedo soportar esta situación por más tiempo.
   
- VI -
    Los goznes de hierro chirriaron cuando Ernesto empujó la puerta del cementerio. Un grupo de nubes malhumoradas tronaban sobre su cabeza amenazando lluvia. El viento se colaba a través  del cuello de su abrigo. Caminó por el adoquinado que conducía hasta la lápida de su esposa. Se quitó el gorro de lana que llevaba en la cabeza y se santiguo mientras acariciaba la losa con la mano izquierda.

    Una vez más asió la pala y se puso a cavar. Esta vez lo hizo solo, no había nadie allí para disuadirle o consolarle. En esta ocasión debería enfrentarse solo a sus demonios. Tenía las manos entumecidas y la espalda le dolía de forma atroz. Pero la tierra no dejaba de volar a sus espaldas. Su rostro manchado por el barro parecía una caricatura grotesca, la representación de un monstruo sin entendimiento que actúa basándose tan solo en su instinto. Siguió cavando hasta que apenas sus ojos se asomaban al cementerio. La pala chocó con algún objeto de madera, sin duda el féretro pensó Ernesto. El final estaba a punto de desencadenarse. Se afanó en limpiar la superficie lacada con fuerzas renovadas. El sudor resbalaba por su rostro, a pesar del frío intenso, despejando el barro su fisonomía. Su apariencia feroz e indómita se marchitó al descubrir que el cuerpo de su esposa. Alguna cosa había salido de su vientre después de muerta. Una explosión interna había desgarrado los tejidos ya marchitos de Diana. Ernesto recordó las palabras que el doctor escribió en el informe de su esposa. Abralde no estaba loco, nunca había estado tan cuerdo como en sus últimos días de vida. Ernesto se estremeció dentro de aquel pozo de muerte en el que se encontraba. El cielo bramó y comenzó a verter litros de lluvia sobre su cabeza. Pronto la fosa quedaría anegada por el agua y se hundiría en el fango, quedando atrapado para siempre junto al cuerpo de Diana. Durante un momento aquella idea le reconfortó, se le antojó el más hermoso de los finales que un hombre puede tener. Una poesía lúgubre para cerrar este libro de sonetos que había sido su vida.

    Un llanto le devolvió al presente. El mismo llanto que tantas veces había escuchado en su casa durante aquellas tardes interminables, que precedían a las opulentas cenas y a las fiestas disparatadas. Pero hasta ese preciso momento jamás lo había escuchado fuera de la casa. Parecía que aquel fantasma se había instalado entre aquellas paredes y que no estaba dispuesto a abandonarlas. Más tarde comprendió que nunca había sido así. El doctor Abralde también había recibido las visitas de aquel engendro diabólico. Tal vez, incluso le hubiese ayudado a mecerse en aquel árbol del parque. Ernesto consumido por la ira y la confusión escaló la pared de la fosa para salir al encuentro de aquella abominación.

     Entre el estruendo de la tormenta se abría paso aquel llanto despiadado. Ernesto no era capaz de adivinar de donde provenía y corría por todo el camposanto con la esperanza de encontrarlo. Gritaba al viento, al dios de los hombres, o al señor del averno. Cuando sus fuerzas flaqueaban y estaba a punto de derrumbarse aparecieron ante él aquellos ojos de caramelo. Ernesto cayó al suelo rindiéndose a su vástago, ya no tenía voluntad para luchar, ni fuerzas para salir victorioso. El monstruo abandonó las sombras, ya no era un recién nacido, su cuerpo se había desarrollado de forma antinatural. Tenía el aspecto de un niño de diez años, y su único ropaje era la perversidad.

    Se acercó a Ernesto con paso decidido y lo empujó dentro del sepulcro. Ernesto incapaz de reaccionar cayó sobre la caja dejando escapar  un suspiro. Su mirada se cruzó con aquellos ojos de caramelo que lo estaban observando impasibles desde las alturas. Entonces escuchó el sonido de una pala horadando la tierra.
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