Muerte natural


- I -
    Las campanas tañeron con un quejido quedo y penetrante, mientras Ernesto Navais cargaba la pala que aprisionaba con sus manos desnudas. El olor a muerte hizo brotar de sus ojos lágrimas desconsoladas. Vertió la arcilla apelmazada sobre el féretro y cargó de nuevo la pala. Volvió a arrojar el contenido sobre la caja de abedul y se detuvo a contemplar como la tierra se escurría hacia el fondo como en un reloj de arena. El tiempo al igual que la muerte era implacable, y en este cuadro el artista había conectado a las dos bestias que gobiernan nuestro mundo. 

─ Está bien, déjalo ya ─ dijo Magaña apoyando su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Navais ─. Yo terminaré.
    Navais soltó la pala sin siquiera mirar a su amigo y caminó  con paso tedioso hasta desaparecer entre un grupo de cipreses. Cuando la silueta de Navais se hubo esfumado entre la arboleda, Magaña asió con fuerza la pala y se puso a trabajar con ahínco. Tan solo unos días antes su amigo había sido un hombre radiante, poseía un próspero negocio, tenía una bella esposa, y su primer hijo estaba apunto de nacer. Una semana más tarde tan solo quedaba el recuerdo de todo aquello, una especie de postal de un viaje hacia la felicidad, que no podría volver a permitirse. Diana murió durante el parto, arrastrando a su hijo con ella hasta fondo de aquel agujero que ahora Magaña se afanaba en rellenar.

Redención



Se despertó tarde, la cama de Rubén estaba vacia. Recordó la noche anterior, lo bien que lo habían pasado charlando y riendo. Parecía que  Rubén había dejado atrás su depresión de repente. Entonces descubrió un sobre sin destinatario apoyado en una botella de vino.