Zicatrizes, libro 2º, capítulo III: Zigoto




─ ¡Ostia puta! ¿Pero cómo puede ser? ─ exclamó Víctor al ver a su suegra.

─ ¿Sorprendido? Yo también he salido de mi tumba, o te crees que iba a ser menos que tú ─ respondió la vieja zombi.

─ No, no, claro que no... Claro que no... En fin... ¿Qué tal te encuentras?

─ Extraña, tengo un sabor muy fuerte en el paladar, como a orina. ¿A vosotros también os pasa?

─ Oh sí, sí, todo el rato. Por eso tomamos cerveza. Te ofreceriamos una, pero se nos han acabado ─ dijo señalando a la montaña de latas vacías.

─ Qué lastima, me apatecía una.

─ Tranquila, ya la probarás cuando la mee, vacaburra ─ masculló Víctor.

─ ¿Qué has dicho?

─ Que quería traer leche de burra... Pero no encuentro... Es que es muy buena para los zombis. Dicen que te deja las pústulas como las de un recién nacido.

─ ¿Y tú qué me cuentas guapo? ─ dijo guiñándole el ojo derecho a Ben.

─ Aquí andamos, ya sabes, inténtando pudrirnos con dignidad. Bueno, antes de que siquiera se te pase por la cabeza la idea... Me he quedado sin polla. Explotó. Buuuum. Fue como unos fuegos artificiales.

─ Oh vaya, qué lástima. A mí me duele la barriga todo el rato. Desde que desperté en el ataúd no dejo de sentir un dolor intenso, como si tuviera ratones en el estómago.

─ Así que dolor de estómago ─ balbuceó Víctor.

─ Sí, muy fuerte.

─ Esto se va a poner muy interesante querido amigo, pero que muy interesante.

─ Joder, ¿estás pensando lo mismo que yo?

─ Vaya qué sí. Lamento no haberte comprado ningún regalo. Un sonajero, unos pañales, cualquier detallito.

─ Chicos, algo me está saliendo de la barriga.

─ No te preocupes, serán gases.

─ ¡Qué gases ni que leches! ¿Pero no ves una cabeza igual qué yo?

Una cabeza de bebé se había abierto hueco en el abdomen de la suegra de Víctor. Comenzaban a asomar unos bracitos de color gris, cubiertos por pequeñas escamas supurantes, pero que se agitaban inquietos tratando de agarrarse a cualquier cosa.

─ ¡Enhorabuena! Acabas de ser papa Ben.

─ ¡Pero que coño! ¿Eso es mi hijo?

─ Venga, pero si sois clavaditos.

─ ¿Por qué no deja de salir orina de mi estómago? ─dijo la parturienta.

─ Debe de ser que retenías líquido, y al pudrirse tu cuerpo se ha convertido en orina.

─ Sí sí, a mi también me pasa, echo unas meadas que no son normales ─ se afanó a apostillar Víctor ─. Bueno, ¿y cómo le vais a llamar?

─ No lo he pensado. Me gusta Zacarías ─ dijo la orgullosa madre.

 ─ Me hacía ilusión tener un hijo, pero nunca había planteado que la madre fuese tu suegra, que quieres que te diga. Ahora casi me alegro de que se me cayese la minga.

─ Hubiera podido ser peor.

─ ¿Cómo qué?

─ Como que el que hubiese salido de la tumba hubiera sido mi cuñado.

─ Técnicamente mi hijo es tu cuñado, espero que lo trates mejor que al gilipollas ese.

─ ¡Cierto! Ahora somos familia ¡Eh papa!

─ Como me vuelvas a llamar papa, te meto una sandia por el ojete.

─ Vamos, vamos no te pongas así, que es un día de celebración. En fin, el pedo ya lo llevamos encima con las cervezas, solo nos falta la música.

─ Pues ya puedes empezar a cantar, anda anda, listillo.

─Mi novio es un zombi, es un muerto viviente...

Ben se le unió al instante pasándole el brazo izquierdo por encima del hombro. Ambos siguieron el compás con un balanceo de sus cuerpos, que les sumió en un extraño trance hipnótico. Como no recordaban toda la letra se centraron en repetir el estribillo una y otra vez hasta perder la cuenta. 

El recién nacido se había acercado a los pies de Víctor sin que nadie lo advirtiera mientras los cantos se esparcían en la fría noche del camposanto.

─ ¡¡¡¡Aaaahhh!!! ¡Será hijo de puta! ¡Me ha mordido el pie!

─ ¡Oye, sin faltar! ─ gritó su suegra.

Víctor se quitó al bebe de encima con una patada que le reventó la cabeza  como a una sandía.

─ ¿Pero que has hecho? ¡Has matado a mi Zacarías!

─ Es que me ha arrancado dos dedos del pie. Además, técnicamente ya estaba muerto.

─ Que muerto ni que leches. Le has abierto la cabeza como a un huevo. Ya le dije a mi hija que no eras trigo limpio, pero no hizo caso. ¡Nooo! Ella tenía que liarse la manta a la cabeza y casarse con el primer manta que se le cruzara en el camino. ¡Te voy a arrancar la cabeza! ¡Aaahggg!!

Gruñó como un gorrino el día de la matanza. Extendió sus putrefactos brazos en pos de su víctima, y comenzó una torpe carrera.  Víctor se quedó petrificado por la impactante escena que estaban contemplando sus ojos. La vetusta zombi resbaló con los líquidos viscosos mezclados con orina que habían emanado de su vientre al dar a luz a Zacarías. Cayó de bruces contra el suelo, y se aplastó el tabique nasal y partiéndose la mandíbula en varios pedazos. Ben se acercó al cuerpo que todavía se agitaba tratando de recobrar el equilibrio, y le machacó la cabeza con el tacón de su zapato hasta que desapareció cualquier signo de vida.

─ Bueno, se acabó tu suegra. Ahora no se levanta ni con una grua.
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