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Zicatrizes, libro 1º, capítulo I: Zipote


– Bueno, que era eso tan importante que tenías que decirme – dijo Víctor apenas se hubo sentado a la mesa.

– Mira, te lo voy a soltar a bocajarro, sin paños calientes – Ben hizo una pausa para dar un sorbo a la Mahou que le habían servido en una jarra –. Una zombi me mordió la polla. Menos mal que tenía unas gomas elásticas. Me las puse en la base del nabo a modo de torniquete y detuve la infección. Sino ahora estarías hablando con un zombi come cerebros.

Estiró su brazo hasta alcanzar sus partes, y las acarició por encima del pantalón como si fueran un cachorro.

– ¡Joder! Se me ha encogido solo de escucharte – dijo Víctor con sincera camaradería.

– Fue mano de santo, hombre. Desde entonces tengo el nardo más tieso que el mástil de un barco. Lo siento palpitar todo el día. Ahora mismo está palpitando.

–¿Ah sí? 

– Sí, me pide que le dé uso – rió tan fuerte que los ocupantes de las mesas vecinas se dieron la vuelta para ver qué pasaba –. Solo quiere chochitos el muy cabrón, y yo… 

– Al menos no te pide culos peludos – le interrumpió Víctor.

– Pues fíjate que ahora le están entrando ganas de tu culo, ¿vale? Maldito marica de los cojones. 

– Tranquilízate Ben, solo era una broma. No puedes negar que me la has dejado a huevo.

Esta vez fue Víctor quien rió a pleno pulmón. Todos los clientes del bar les miraron de nuevo, pero él no podía dejar de reír. 

– Es buena esa, eh Ben – balbuceo ahogado en sus carcajadas.

Ben se levanto de la mesa y dejó caer un billete de diez euros encima de la mesa. Sobraba para pagar las dos cervezas, y alcanzaba para que Víctor se tomase una tila para tranquilizarse. Salió del local y enfiló la calle con las manos metidas en los bolsillos.

– ¡Ben! ¡Para hombre!

Su amigo, ¿o debía de incluirlo ya en su lista de ex? Le estaba llamando desde la puerta del Bar Caza. Luego le oyó correr y en poco tiempo consiguió alcanzarle, a pesar de que Ben no había aminorado para nada su marcha.

Oye perdona, solo era una broma. Anda cuéntame más sobre tu cipote zombi.

Ben lo miró durante un buen rato de arriba a abajo. Su amigo era un capullo, pero habían pasado tantas cosas juntos que no era capaz de incluirlo en la lista, todavía… 
En una ocasión, cuando eran adolescentes, se había metido en un buen lío. No tuvo mejor idea que colarse en la granja de cerdos del director Sánchez para ordeñar a una gorrina, y hacer queso con sabor a jamón. Cuando la cerda le vio saltar el cercado salió de estampida, y varios cerdos más se le unieron. Ben terminó lleno de estiércol, encaramado a un árbol, y con la ropa hecha unos zorros. Por suerte su amigo Víctor estuvo allí para ir a comprarle ropa nueva, y así Ben pudo aparecer por casa fingiendo que tenía hemorroides, en lugar de el culo lleno de moratones. 

– Está bien, pero como vuelvas a hacer otra broma sobre culos peludos o algo así te tiro al río de una patada, ¿me oyes?

– Sí, sí. Anda cuéntame, ¿cómo pasó?

– Fue el sábado pasado. Me ligué a una zorra en Temple. Todo iba bien, la chica se ofreció a chupármela en el coche. ¿Te lo puedes creer? No tuve ni que pedírselo. Estaba en racha, y solo eran las once de la noche. Fuimos al parking y me senté en el asiento del copiloto de mi coche. La muy puta se puso de rodillas en el parking, y comenzó a darle caña al tema. Joder, como la trabajaba, empezaba a sospechar que era una profesional. Ya sabes, y yo no tenía más que 20 euros en el bolsillo. Bueno, pero a quien le importa eso en un momento así, ¿verdad?

– Verdad – ratificó Víctor.

– Entonces enredé mis dedos en su pelo, y tuve una sensación muy extraña. Acerqué la mano a mi cara, porque allí no había mucha luz, y no adivinarás lo descubrí. Tenía mechones de pelo rubio enrollados en los dedos. Pero no hablo de cuatro o cinco pelos, no. Podía hacerme una almohada con lo que había allí. 

– ¿Y qué hiciste?

– Nada, gritar. La muy cabrona me dio un mordisco que me hizo ver las estrellas. Entonces se la sacó de la boca e intentó morderme en el muslo. Pero tuve la suerte de poder soltarle una patada en la quijada, y la tiré al suelo de espaldas. Luego cerré la puerta del coche y me cambie de asiento. Arranqué y salí pitando de allí sin mirar atrás. Cuando estuve lo bastante lejos me paré, cogí las gomas elásticas que guardaba en la palanca del cambio de marchas, y me las puse. 

– ¿Has ido a la policía? 

– No, claro que no. ¿Tú sabes lo que les hacen a los zombis? No lo sabes, ¿verdad? Los meten en una picadora y los licuan como si fueran naranjas.

– Pero tú no eres un zombi.

– De polla para atrás no, pero ¿qué crees que le harán a mi bastón mágico? 

– Zumo de plátano…

– Exacto, y no pienso renunciar a mi bastón. Además, no hago mal a nadie, no puedo morder a nadie con el rabo. 

– ¿Todavía llevas las gomas elásticas puestas? – preguntó Víctor.

– No, fui a buscar un sex shop cagando leches, y me compré una de esas mierdas de sadomasoquismo que te cogen las pelotas, y te las aprietan hasta que te brillan como si fuesen dos bolas de billar.

– Vaya historia Ben, no sé si compadecerte o darte la enhorabuena. Pero oye, me tengo que ir. Mi mujer quiere que la lleve a no sé qué historia de su madre. A ver si hay suerte y se trata de su entierro.

– Nos vemos el próximo jueves, ya te contaré que tal se ha portado mi pistolita zombi este sábado – dijo guiñándole un ojo.

Había pasado una semana y Víctor esperaba sentado en la mesa de siempre. Se había bebido ya dos cervezas, y comenzaba a impacientarse. Ben no respondía al teléfono, en realidad no había sabido nada de él durante aquellos siete días. Seguro que se lo estaba pasando en grande, dándole lo suyo a toda mujer que se le cruzase en el camino. No pudo evitar dibujar una sonrisa al pensar esto. El muy cabronazo, y yo yendo de compras con mi mujer y mi suegra. Como no sea para comprarle un ataúd, no pienso acompañarla ni una sola vez más.

– Oye Víctor, ven conmigo al baño – dijo Ben sin llegar a sentarse en la silla cuando entró en el bar.

– ¿Pero qué pasa? Tienes muy mala cara.

Sigueme y no hagas preguntas.

Víctor le siguió hasta el baño de caballeros, se metieron en uno de los cubículos, y echaron el pestillo.

– Bueno, ¿qué pasa? – preguntó Víctor.

– ¿Qué qué pasa? ¿Qué qué pasa? Esto es lo que pasa.

Se desabrochó la bragueta y el botón de los pantalones, y los dejó caer hasta los tobillos.

– Joder, ¡vaya pedazo de nardo!

– Esto es un local familiar, ¡váyanse a un hotel depravados! – dijo una voz de viejo desde fuera. Luego se oyó un portazo y todo quedó en silencio.

– Se van a pensar que somos gays, como se entere mi mujer me echa de casa.

– Bueno, pues al menos así pierdes de vista a tu suegra de una vez. Óyeme, estoy metido en un lío bien gordo. ¿Has visto las noticias últimamente?

– Sí…

– ¿Has visto que mueren mujeres que están pariendo bebes zombis?

– Sí…

– ¡¿No lo pillas?!

– ¡¿Has dejado preñadas a todas esas?! ¿Pero no usabas condón?

– Sí, pero es que esto – dijo señalándose el miembro viril – tiene una potencia de varios megatones. Lo que yo te diga. Dispara con tanta potencia que rompe los condones. Luego probé a ponerme dos, pero aun así. Esto es un marrón tremendo, como la policía se entere de que he matado a seis chicas me va a freír en la silla eléctrica. 

– Pero si solo hace una semana de eso. ¿Cómo puede ser que ya estén desarrollados los bebes?

– Yo que sé, los zombis deben ser como las arañas o algo así, crecen tan rápido que  se tienen que comer a la madre.

– ¿Y qué piensas hacer?

Ben sacó un cuchillo de carnicero que llevaba escondido en la espalda, por dentro de la ropa.

– Cógelo.

– No me estarás pidiendo que  te corte la polla ¡¿verdad?!

– Hazlo joder, por nuestra amistad.

– No puedo, me da mucho asco.

– ¡Te digo que me la cortes! ¡Venga mamonazo!

Víctor se echó las manos a la cara. Sudaba y emitía gruñidos que no parecían humanos.

¡Joder! ¡Está bien! A ver, ponla encima de la taza – dijo resuelto a ayudar a su amigo.

Ben se arrodilló, reposó su cañón encima del inodoro, y cerró los ojos. Comenzó a musitar unas frases de despedida hacia el soldado caído, y apretó los puños para afrontar mejor el dolor que estaba por llegar.

– Esto tiene muy mala pinta amigo. Está hinchándose como una pelota de Nivea.

– No importa ya. Tú dale un tajo y se acabó.

– Te juro que esto tiene muy mala pinta. Yo de ti le echaría un vistazo.

Ben agachó la cabeza para mirar coincidiendo con la explosión de su pene. Restos carnosos mezclados con sangre salpicaron todo el compartimento. La fortuna quiso que algunos fueran a parar a sus bocas, y que a través de sus gargantas llegaran hasta sus estómagos.

– ¡¡No!! ¡Mi polla!

– ¡Estamos jodidos! Pero que muy jodidos. Nos hemos tragado carne zombi. Ya sabes lo que nos espera, ¿verdad? – dijo Víctor angustiado.

– Me temo que sí amigo. Siento haberte metido en esto. Pero veamos la parte positiva… 

– ¿Y cuál es?

– Ya no tendrás que aguantar a tu suegra.

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