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Tiempos de muerte



    –Un cúmulo de acontecimientos nos ha arrastrado hasta esta embarazosa situación.
    En efecto, no hubiera podido expresarlo con mayor precisión – asintió el hombre que le apuntaba con un revólver.
    –Agradezco sus palabras. Como narcisista que soy, el halago me reconforta, me colma de confianza – sus ojos brillaron como una fogata de campamento en la oscuridad de la noche –. Aunque reforzar mi confianza, quizás sea un error por su parte, dadas las circunstancias.
    –Le agradezco el consejo. Intentaré no acrecentar su ego desde este preciso momento.
    –¿Y Bien? ¿Va a apretar el gatillo? – preguntó al tiempo que levantaba el vaso de whisky, que sostenía con la mano derecha, para llamar su atención -. No quisiera derramar tan estupenda cosecha.
    –Todavía continúa el debate en mi mente. Puede bebérselo tranquilamente. Aunque espero que esto termine pronto, no quisiera llegar tarde para la cena.
    –Tampoco a mí me gustaría llegar tarde. Había prometido a mis invitados un plato exquisito. De lo más selecto, si me permite el comentario.
    –Estoy seguro de ello, pero de un modo o de otro, creo que no obtendrá tal placer esta noche. Tal vez nunca más. Depende de mí. De mi debate interno, ya me entiende.
    – Oh, por supuesto.
   –En estos momentos estoy prácticamente seguro de querer volarle la cabeza de un disparo – dijo mientras su brazo extendido se tensionaba un poco más.
    –¿Y qué le detiene?
   –No quiero ensuciar la alfombra, es persa – respondió esbozando una sonrisa.
    –Tiene usted un gran sentido del humor. Estoy seguro de que podría ser casi tan buen asesino en serie como yo.
     –¿Cómo usted? ¿No iba a convertirme en su primera víctima?
    –Desde luego, como yo. ¿Acaso no le parezco un psicópata de manual? He matado a mucha más gente de la que recuerdo. Todos se lo merecían. Me resultaban molestos. ¿Qué mejor motivo hay para matar a alguien? Estoy haciendo un mundo mejor. Limpiándolo de seres desagradables y grotescos. Hago un bien a la sociedad, por expresarlo de algún modo.
    –¿Y quién le limpia a usted? No temo equivocarme al afirmar que muchos le considerarán grotesco y desagradable.
    –¿Usted? Parece tener las aptitudes necesarias, y está en posición de hacerlo. Aunque si lo hace, será como yo. ¿No es así?
    –Veo que entiende mi debate. Si disparo y acabo con su vida, seré igual que usted. Un asesino psicópata.
    –Pero si quiere ser como yo, ¿por qué matarme? Seguro que apreciaría un amigo con quien compartir su nueva faceta psicopática. En cierto modo, yo ejercería una función terapéutica sobre usted.
    –Así es. Y en ambos supuestos yo no terminaría apretando el gatillo. Pero, ¿cómo estaría usted seguro de cuál de las dos opciones habría elegido yo?
    –No podría estarlo. Sería un gran dilema.
    –Lo cual pondría de nuevo en riesgo mi vida. Seguro que no desea contar en su círculo íntimo con un traidor.
    –Pues dispáreme entonces.
  –Me está resultando extremadamente molesto regresar siempre al punto de partida – dijo exasperado.
    –Le recuerdo que es ya casi la hora de la cena – le apremió después de tragar un poco más de whisky.
   –Está bien. He tomado una decisión – dijo lacónicamente el hombre que sostenía el revólver.
    Apuntó con pulso indeciso, y flexionó el dedo. El brillo de la pólvora alumbró por un instante la negrura de aquella habitación. Su mano soltó el revólver. Ya no podía sostener su peso por más tiempo.


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