El pozo del averno


-I-

– ¿Qué ves? ¡Vamos, dinos algo!

– No consigo ver nada. Bajadme un poco más, agarradme fuerte los tobillos – respondió una voz apagada por la tierra que le rodeaba.

Sus dos amigos se esforzaron un poco más por bajarle todo cuando les fuera posible. El sudor bañaba sus frentes y la tierra húmeda por el rocío de la mañana se les pegaba al cuerpo y a la ropa. Ya se habían ganado una buena regañida de parte de sus padres, así que no les importaba ensuciarse un poco más. 

– Dicen que un par de niños murieron aquí. El pozo se los trago – una voz adulta habló a espaldas de los muchachos.


Los niños se dieron la vuelta para ver a aquel desconocido de apariencia cansada. Sus ropas eran tan anticuadas como él mismo. Su cabeza estaba cubierta por  una gorra de cazador con orejeras, y sus pantalones  habían sido remendados por todas partes. Nadir y Fabián lo miraron horrorizados. Habían ido en busca de aventuras a aquel prado, pero solo se habían preparado psicológicamente para lo que pudieran encontrar en el pozo. Una aparición como aquella desbordaba sus tiernas expectativas.

– Jajaja, tendríais que haber visto vuestras caras. Malditos mocosos, está es una propiedad privada. ¿Qué hacéis husmeando por aquí? – dijo con un tono indefinido, que resultaba tan siniestro como su aspecto.

–  Sacadme de aquí – dijo la voz apagada emanaba de la profundidad del pozo.

Tan solo unos zapatos delataban su presencia en aquella grotesca escena. Sus dos amigos los sostenían con las manos manchadas de tierra, con más esfuerzo del que cabría esperar si se  tratase de unos zapatos  vacíos.

–  Está bien, sacadlo de ahí – ordenó el viejo.

Los niños obedecieron con presteza al desconocido. El señor Daza volvía a reír sonoramente, revelando a quien tuviera estómago para mirar, una boca colmada  de perlas negras,  fruto de la falta de higiene bucal. Los tres chicos salieron corriendo, sin esperar una nueva reprimenda. Atravesaban el prado a  toda prisa, y no se detuvieron hasta alcanzar los primeros árboles del bosque. En el aquel momento no repararon en la pintura que recubría los troncos. Se escondieron tras ellos, y apoyaron la espalda en los troncos un momento para recobrar el aliento, antes de proseguir con su huida.


-II-

Aquella misma tarde, la aldaba repicó tan fuerte contra la madera, que temblaron todas las paredes de la casa del señor Daza. No estaba acostumbrado a recibir visitas, y mucho menos cuando el sol comenzaba a declinar. Al abrir  la puerta, encontró en el soportal a una mujer de mediana edad, de cabello oscuro, y un tanto alterada.

– ¿Se puede saber qué le ha contado a mi hijo esta mañana?

– Disculpe señora, ¿quién es usted? – respondió un tanto desubicado.

– ¡No se haga el tonto! Mi hijo estuvo jugando aquí esta mañana, y usted le contó no se qué barbaridades sobre unos niños asesinados.

– Ah sí, ya veo. ¿Y es usted la madre de cuál de ellos? ¿Del rubio de ojos verdes?  Parecía tan asustado…

– Lo estaba. Le rogaría que en un futuro se abstuviera de contar ese tipo de historias a los niños. El pobre se ha pasado toda la tarde llorando. He visto el terror reflejado en su rostro.

– Entiendo – el viejo guardó silencio durante unos segundos, durante los cuales  se acarició la barbilla con la mano derecha con gesto pensativo –. Pero es que jugar en ese pozo es muy peligroso. No se hace  la idea de cuánto. Los peligros acechan a los hombres en cualquier lugar. Pero debe saber, que existen ciertos puntos geográficos donde las tinieblas construyen su hogar.

La señora Isern miraba con estupor a aquel hombre de aspecto extraño. Comenzaba a comprender porque su hijo había regresado a casa aquella mañana en estado de shock. El viejo estaba rodeado por un aura de misterio insondable. Y sus ojos tomaban un brillo especial cuando hacía a aquellos  asuntos.

–Señora, permítame que le cuente una historia. Pero tome asiento, no es una información fácil de asumir para el profano que se adentra en este mundo por primera vez – la mujer seguía mirándolo con desconfianza, aunque esta vez el tono del viejo había sido afable –. Oh, permítame que me presente, soy el señor Daza.

– Me llamo Olga Isern – respondió ella fríamente.

A pesar de sus reticencias decidió dar una oportunidad para excusarse a aquel pobre diablo. Al fin y al cabo, era un hombre solitario que no estaba acostumbrado a la compañía, y mucho menos a la algarabía infantil, que tan irritante puede resultar en ocasiones. Olga tomó asiento en el  viejo butacón destartalado que le había señalado el señor Daza. Sin embargo, todavía deseaba salir por aquella puerta y no dejar de correr hasta alcanzar la seguridad del bosque, como aquella misma mañana había hecho su hijo.

El hombre se había acercado hasta una librería cubierta de polvo que estaba en la pared opuesta de la habitación. Estaba levantando una nube de partículas con su trajín, intentando encontrar algo entre todo aquel desorden. Allí se apilaban grandes volúmenes y pequeños libros de bolsillo por igual. Tenía también reservada una zona para páginas sueltas, cosidas burdamente con cuerda entre sí. Parecían escritas a mano, y como el resto del papel que allí se amontonaban, debieron de ser escritas al menos un siglo atrás.

Regresó con un libro de aspecto extraño, y cubierto por telarañas y polvo. Pasó un suave trapo de seda para limpiarlo y lo abrió por una de las marcas de hilo. Pareció dudar en varias ocasiones, como si no estuviera seguro de si las palabras que iba a utilizar fueran las correctas.

– Creo que antes de hablarle de este libro, debería contarle una historia relacionada con el pozo donde esta mañana jugaba su hijo. Quizá así entenderá mejor mis motivaciones y mis actos.

» Un  predicador y su familia, formada por su esposa y sus tres hijos, se instalaron en estas tierras hace mucho tiempo. En aquella época este era un pueblo incipiente, pero la voz del Señor todavía no habitaba en él. Viajaron sin descanso durante quince días en una vieja carreta tirada por dos mulas flacuchas. Al llegar a este prado, ambas murieron. Fue una premonición, o mejor dicho, una consecuencia. La familia decidió honrar el sacrificio de los dos animales, y se instalaron aquí, en este mismo prado. Construyeron esta casa con sus propias manos, y la habilitaron también como iglesia. Enterraron las mulas en el sitio exacto donde murieron, junto a esos abedules que habrá visto al llegar. Y pintaron los troncos de color verde para que su recuerdo no se diluyera en el tiempo.

» Todo pareció marchar bien durante unos meses. Los campos dieron una buena cosecha, y los feligreses aumentaban día a día. Hasta que un día, los dos hijos mayores se metieron en el pozo. Nadie podría acusarles de no ser precavidos. Se ataron un extremo de una soga a la cintura, y el otro lo aseguraron a un árbol. Entonces descendieron. No se sabe cuánto tiempo transcurrió hasta que el  predicador notó su falta. Entonces salió a buscarles y encontró las dos cuerdas que se perdían en el pozo. En el mismo en el que esta mañana jugaba su  hijo. Las cuerdas estaban tensas, así que tiró de una de ellas con todas sus fuerzas, con la esperanza de recuperar a uno de sus hijos. Pero cuando final de la cuerda apareció, no había nadie atado a ella. Repitió con la segunda cuerda, pero con idéntico resultado. Mientras recuperaba las cuerdas, había podido sentir el peso de sus hijos en el otro extremo. Había sentido sus movimientos transmitidos a través del esparto. ¿Cómo era aquello posible?

» Entonces se asomó al pozo. Debió contemplar algo realmente terrible. Algo que supera la razón humana. Se retiró con torpeza, caminando hacia atrás hasta tropezar con una roca que había a su espalda.  Cayó al suelo  y comenzó a gritar a pleno pulmón; «¡Están ahí! ¡Devoran la oscuridad!» Gritó estas y otras frases sin sentido entre espasmos. Sus ojos inyectados en sangre escupían lágrimas de locura, y parecían buscar algo intangible en el firmamento. Algo que nadie más alcanzaría a ver, quizás ni él mismo fuese capaz. Pero la sola idea de que aquello estuviese allí desbordaba su cordura. Se metió en esta casa y salió de ella  transcurridos unos pocos minutos. Su mirada seguía siendo turbia, pero ahora también era decidida. Llevaba en la mano derecha un cuchillo y alambre de espino. Caminó deprisa hasta los árboles donde habían enterrado a las dos mulas. Se sentó junto a uno de ellos y se ató al tronco con el alambre, dejándose una mano libre. Miró otra vez al cielo, buscó de nuevo  aquello que nadie podía ver, y le gritó tan fuerte como le permitieron sus pulmones; «¡No conseguiréis mi cuerpo!» Luego rajó el abdomen con tal maestría, que sus vísceras escaparon de su cuerpo y se esparcieron sobre la hierba fresca. Así atrajo a alimañas y coyotes y fue devorado, y no quedó ni rastro de su cuerpo.

– ¿Y cree usted que esa historia es cierta? Parece un cuento para asustar niños. Y no tan niños…

–La respuesta a su pregunta es bien sencilla. Los niños que murieron aquel día en el pozo eran mis hermanos. Y siguen ahí dentro después de tantos años, nunca he tenido los arrestos necesarios para ir a rescatar sus cadáveres – se sirvió una copa de una botella sin etiqueta y la bebió de un solo trago. Pareció sentarle bien a pesar de la expresión de su cara al tragar el líquido parduzco.

– Desde la muerte de mi padre he dedicado mi vida a investigar sobre ese pozo, y a custodiarlo, para que no pueda volver a ejercer su influjo maligno sobre ninguna otra  persona – volvió a abrir el libro que había guardado durante la narración en su regazo.

– Conseguí este libro en una subasta, en una pequeña isla de Inglaterra llamada Inner Farne. Unos terribles sucesos ocurrieron en una casa. Le ahorraré los detalles de lo que allí sucedió, pero la consecuencia de aquellos desafortunados acontecimientos  fue que la casa quedó deshabitada, y los vecinos del pueblo decidieron subastar todo lo que ella contenía, para luego echarla abajo.  Por suerte acerté en visitar aquella subasta, en la cual adquirí este libro.

» Según se detalla en él, existen ciertos pasos entre nuestro mundo y el de las tinieblas. Estos Itinera tenebris fueron creados por seres arcanos, de cuya existencia no tenemos pruebas tangibles. Los únicos vestigios que dan fe de su existencia son estos pasos entre los dos mundos, y algunas burdas ilustraciones, que trataron de plasmar en un papel algo irreproducible por el ser humano.

Giró el libro para que la señora Isern pudiera ver los grabados. Su rostro palideció un poco más al contemplar las aberraciones que decoraban aquellas páginas. Su mente se debatía entre el horror que le producía toda aquella historia, y la negación de la misma. Aquello no podía ser real, no debía de serlo. ¿Cómo se había dejado embaucar de aquella manera? Solo había venido a defender a su hijo, y ahora estaba tan consternada como él.

– Como verá, es algo aterrador aun en la imperfección del dibujo. Después de estudiar en profundidad este libro llegué al convencimiento de que esos seres existen, y de que terminaron con la vida de mis hermanos.

– Es realmente aterrador pensar que algo así exista, y que esté al lado de nuestras casas. Me perdonará si no le creo a pies juntillas, pero esto es muy difícil de asumir para mí. Apenas si le conozco, y bueno, no quisiera ser grosera… Pero su apariencia es más la de un loco que la de un sabio.

– Sí, así es. Ya sabe que siempre estoy solo y que casi nunca salgo de aquí. Mi interés por la etiqueta ha decaído en los últimos… Cincuenta años – respondió el viejo –. De todos modos, no me queda mucho tiempo en este mundo, y  ya va siendo hora de que ceda mi testigo a alguien más joven – bebió otro sorbo del líquido parduzco –. Creo que usted hará bien el trabajo.

La tez de la mujer se había decolorado, y ya no quedaba rastro de su bronceado veraniego. Incluso su sombra sobre el suelo parecía haberse hecho más alargada y raquítica. 

 –Cuando llegué aquí me preguntó si era la madre del niño rubio. ¿Cómo lo supo? – habló con voz átona.

– Olga –dijo el viejo cogiendo las manos de la mujer entre las suyas – creo que ya conoce la respuesta. El niño rubio era el que bajó al pozo ayudado por sus dos amigos.

La señora Isern se puso de pie con la gestualidad de una muñeca. Sus ojos se perdían en el infinito de una mente desquiciada. Había sido presa del terror, y el señor Daza pensó que el pozo se había cobrado una nueva víctima en lugar de un nuevo enemigo. Sintió el fracaso recorriendo sus venas y arterias, extendiendo aquel veneno de derrota por todas sus células.

– Yo solo deseaba ayudarla. Tenía que hacerle comprender… – intentó explicarse el señor Daza.

Ella ya no podía escucharle.


-III-


El pequeño Ciro oyó la voz de su madre. Era casi inaudible, tan solo un susurro escondido en aquella oscuridad absoluta. Poco a poco la voz fue creciendo, y el susurro se transformó en palabras. Y las palabras en frases desesperadas. También oyó pasos, y puertas que se abrían y cerraban. La irrealidad lo envolvía todo, le parecía estar inmerso en un mundo de fantasía, como en una de esas películas de Tim Burton que tanto le gustaba ver junto a su madre, y que sin embargo, nunca había entendido. «Cuando crezcas un poco más las entenderás» le decía ella. Él crecía un poco más, hacía una nueva marca en la pared, justo por encima de su cabeza y se la mostraba a su madre. «Mira, ya he crecido, ¿será suficiente? Entenderé esta vez la película?» Ella asentía con una sonrisa sincera que hacía que ya no importara si la entendería o no. Se conformaba con aquella sonrisa que tan bien le hacía sentir.
Aunque esta vez no había sonrisa alguna. Ni si quiera su madre estaba junto a él. Aquel mundo irreal era solo suyo, y era frío como un témpano de hielo. La voz de su madre seguía oyéndose en la planta de abajo, junto con la de un hombre. Por un momento creyó reconocer aquella voz. Aquel viejo loco… ¿Aquel hombre estaba en su casa? No era posible, su madre nunca traería a alguien así.
– ¡¿Dónde está?! Por favor, ¡responde! – preguntó Olga exaltada.
– ¿Quién? ¿Ciro? – contestó su hija con desdén –. Subió hace un rato. Venía de una tienda de animales, y traía una pecera en las manos. Le dije que le castigarías por no haberte consultado, pero no me hizo ni caso. Se encogió de hombros y se fue para arriba.
Qué bien sentaba escuchar la voz de su madre, incluso en estos momentos en que estaba tan alterada. Quiso gritar, decirle que estaba allí arriba apaciguando su alma del único modo en que podía hacerlo. Pero no pudo, su voz se había perdido, había desaparecido entre la espesura de la noche,  dejando solo como recuerdo un silbido apenas audible.
– ¿De dónde viene este agua? –preguntó el señor Daza.
– ¡Arriba! ¡En el baño! ¡Oh dios mío! – la voz de Olga se había quebrado después de  la primera palabra. Al resto ya no se les podría llamar así, tan solo fueron vocalizaciones creadas por su desesperación.
Fueron dejando atrás los escalones que les llevaban a la planta superior. Se detuvieron en la puerta del baño, estaba entreabierta. Un miedo atroz recorrió de nuevo  el cuerpo de Olga. Había sido muy difícil llegar hasta aquella puerta, pero todavía lo sería más abrirla, y descubrir que se escondía tras ella. El vaho provocado por el agua caliente se escapaba por los escasos centímetros de separación entre la puerta y el marco. El vapor proporcionaba un áurea misteriosa a aquella entrada, de la que la señora Isern estaba convencida era la puerta al infierno. Tras un ligero empujoncito, se abrió emitiendo unos chirridos que erizaron los vellos del viejo y de la madre. Justo a sus pies, tiradas en suelo, encontraron unas tijeras ensangrentadas y una pecera vacía.  Por encima de la bañera asomaban algunos de esos mechones rubios, que participaban en hacer de Ciro el niño más guapo del colegio. Se acercaron a la bañera, y  aparecieron sus ojos, abiertos como dos lunas llenas y fríos como el mármol. Estaba cubierto de agua hasta el cuello. De agua teñida sangre. Y en ella vieron chapotear a las pirañas, que seguían cumpliendo eficientemente con la última voluntad del niño.
– ¡Ciro! - bramó la señora Isern – Cogió a su hijo por las axilas, en un esfuerzo estéril por sacar de la bañera lo que quedaba de él.
– No conseguiréis mi cuerpo – musitó Ciro antes de fallecer.
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