Carta a los reyes



Un cuento navideño, eso me proponía escribir. Uno de esos en el que alguien malvado descubre que morirá solo, sin ser amado, y en el que tras esta terrible visión de un futuro aciago, nuestro villano mudará sus sentimientos por pura compasión hacia sí mismo. Pero no he sido capaz. Mis dedos, rebeldes lapiceros de punta roma, renegaban de la tarea. Según deduje, contrariados por la simple idea de fantasear una historia que hablase de barrigones vestidos de coca-cola, de renos de granja explotados hasta la extenuación, y de deforestación de abetos que solo servirán como percha durante unos pocos días para unas bolas de colores fabricadas por niños en el gigante rojo.

Muerte natural


- I -
    Las campanas tañeron con un quejido quedo y penetrante, mientras Ernesto Navais cargaba la pala que aprisionaba con sus manos desnudas. El olor a muerte hizo brotar de sus ojos lágrimas desconsoladas. Vertió la arcilla apelmazada sobre el féretro y cargó de nuevo la pala. Volvió a arrojar el contenido sobre la caja de abedul y se detuvo a contemplar como la tierra se escurría hacia el fondo como en un reloj de arena. El tiempo al igual que la muerte era implacable, y en este cuadro el artista había conectado a las dos bestias que gobiernan nuestro mundo. 

─ Está bien, déjalo ya ─ dijo Magaña apoyando su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Navais ─. Yo terminaré.
    Navais soltó la pala sin siquiera mirar a su amigo y caminó  con paso tedioso hasta desaparecer entre un grupo de cipreses. Cuando la silueta de Navais se hubo esfumado entre la arboleda, Magaña asió con fuerza la pala y se puso a trabajar con ahínco. Tan solo unos días antes su amigo había sido un hombre radiante, poseía un próspero negocio, tenía una bella esposa, y su primer hijo estaba apunto de nacer. Una semana más tarde tan solo quedaba el recuerdo de todo aquello, una especie de postal de un viaje hacia la felicidad, que no podría volver a permitirse. Diana murió durante el parto, arrastrando a su hijo con ella hasta fondo de aquel agujero que ahora Magaña se afanaba en rellenar.

Redención



Se despertó tarde, la cama de Rubén estaba vacia. Recordó la noche anterior, lo bien que lo habían pasado charlando y riendo. Parecía que  Rubén había dejado atrás su depresión de repente. Entonces descubrió un sobre sin destinatario apoyado en una botella de vino.

Plaga


Todos mis amigos y conocidos se asombrarían, no quiero utilizar palabras más soeces, de encontrarme sentado en esta silla cochambrosa dispuesto a cortarme las venas, con un cuchillo no menos mugriento. ¿Qué importa eso? A estas alturas no me preocupa morir de una infección.  Tal vez no conozcáis la plaga, pronto la conoceréis. No ha dejado de extenderse desde que Martín Heredia estropeara la moqueta del despacho de la sucursal del Santander que dirigía. Lo encontraron tirado en el suelo, rodeado por una gran mancha de sangre que había brotado de alguna parte de su cuerpo. Fue un espectáculo dantesco, la señora Expósito entró en el despacho y sus gritos irradiaron de locura la sucursal.

Sepulcro


En esta carta le hago participe de una historia que me fue revelada hace muchos años, mientras cursaba mis estudios de medicina en la universidad de Blouton Dale. Ocurrió durante una visita al que más tarde sería buen amigo mío William Baker. Creo que por ser extraña y sobrecogedora a partes iguales puede ser de su interés.

William y yo habíamos coincidido en clase de fisionomía y entablamos una animada conversación al terminar el horario lectivo. Me invitó a proseguir la conversación en su casa de la calle Blind. Allí avivamos nuestras lenguas con un licor y pasada la medianoche William tomó la palabra.

─ A mediados del siglo XVIII la esposa de uno de los hombres más ricos de la ciudad murió repentinamente. Los doctores no acertaron a dar ninguna explicación al fallecimiento de la dama. El marido, llamado Arnold Spencer, se marchitaba por la pena de haber perdido a su joven esposa. El viejo la había conocido durante un viaje por el norte del país. Era hija de unos granjeros que no dudaron en desposarla a cambio de una bolsa repleta de dinero.

La celda aliñada: Gigante a la vinagreta



Como amante de la new age que me considero, creo fervientemente en que la nutrición es el primer estadio de la medicina. Sin embargo, mi filosofía vital se decanta hacia el deleite y la sofisticación.

Expuesta mi visión gastronómica a grandes rasgos, he decido, en consecuencia, darles la receta de un plato que combina ambas vertientes. Y que mejor plato puede representar a la alta cocina que un delicioso Gigante a la vinagreta.

Asesinas de felpa: Matilda


    Los padres de Irina despertaron aquella mañana de buen humor. Habían dormido plácidamente, y fueron a la habitación de su hija antes de  ir a tomar el desayuno. 

    La niña tenía pesadillas desde hacía tanto tiempo, que no era capaz de recordar cuando habían comenzado. Eras muy pequeña, le decían sus padres, no te preocupes, pronto desaparecerán. A estas alturas ya sabía que sus padres solo trataban de consolarla, las pesadillas no desaparecerían pronto, tal vez nunca. Sin embargo, sus palabras la reconfortaban, aunque fuese tan solo durante unos instantes. Unos valiosos segundos de calma en aquella tempestad constante que era su mente pueril. Entonces se acurrucaba en la cama y sonreía con profusión, tratando de disfrutar intensamente su tan etérea felicidad.
    Un día, viéndola sonreír, su padre decidió comprarle un muñeco de felpa para que lo abrazase y estrujase tanto como necesitara. Visitó varias tiendas de juguetes buscando el peluche perfecto para su amada hija. Al atardecer, ya convencido de que aquel día no encontraría el regalo adecuado, se sentó en un banco a la sombra de una encina. Entonces vió aquellos ojos clavados en él. Unos ojos de botón, de los que hoy en día ya no se encuentran, reemplazados por materiales plásticos más modernos. Quizás la muñeca no fuera la más bonita que hubiera visto aquella tarde, pero tenía un encanto especial. Poseía ese encanto que tienen las cosas antiguas hechas a mano, y que el tiempo se encarga de potenciar. 
    Sin pensarlo más, se levantó y cruzó la calle. Empujó la puerta de la tienda, entrando en la pequeña juguetería acompañado por un alegre campanilleo. 
    ─¿Qué se le ofrece? ─ preguntó el tendero. 
    El hombre se quedó esperando una respuesta mientras miraba por encima de unas gafas de lentes minúsculas, que se descolgaban de sus orejas. 
    ─Quiero esa muñeca vieja que tiene en el escaparate, por favor. 
    ─Ah, quiere a Matilda. Excelente elección, pero no hable así de ella, podría ofenderse.
    El tendero soltó una carcajada incómoda. Se secó las manos con nerviosismo en el delantal beige que llevaba a la cintura, y volvió a mirar al comprador con aquellos pequeños ojos de pescado.
    ─Está bien, está bien. Pues deme a esa encantadora muñeca del escaparate ─ dijo el padre de Irina dibujando una sonrisa forzada con sus labios ─. Ya es tarde, me esperan para cenar, no hace falta que la envuelva ─ añadió al ver la presteza con que se desenvolvía el tendero.

Wija


Seguro que también tú piensas que la ouija es un juego de niños, que no puede hacer ningún daño, y que su mala fama está forjada por leyendas urbanas. Así lo cree también una empresa de videojuegos. Hace un par de semanas puso en el mercado Wija, el clásico tablero para la Wi. Fui de los primeros afortunados en hacerme con en el juego. Desde niño me tentó aquel tablero de madera envejecida adornado con un alfabeto y unos símbolos extraños.

Había pensado en invitar a unos amigos aquel sábado para estrenarlo. Sería una velada inolvidable. Una de esas con misterio y tensión, que se recuerdan para siempre. Pero yo había aguardado durante demasiado tiempo ya. Una vida de espera era más que suficiente para alguien inquieto como yo.

La guillotina


Se abrió de golpe la puerta que daba acceso a la habitación de la colada. De allí salió mamá con cara de enfadada.

– ¿Qué te dije de desmembrar a tus amiguitos Damian?

El niño no supo que decir, odiaba contrariar a su madre, ya que era la persona a la que más admiraba en el mundo.

– Lo siento – terminó por decir con la cabeza gacha.

– Ay hijo mío, nunca aprenderás… Antes de desmenbrarles tienes que cubrirlo todo con plásticos, como te enseñé. No querrás que venga la policía para ver qué has hecho con sus niñitos, ¿verdad?

Cabal, Clive Baker

Autor: Clive Barker

Año de publicación: 1988

Género: Terror, fantasía


Sinopsis: Aaron Boone es un hombre atormentado por espantosas pesadillas. Su psicólogo, el doctor Decker le esnseña unas fotografías que muestran el resultado de unos horrendos crímenes. Boone termina convencido de que es el autor de tales atrocidades, y comprende que en el mundo no hay lugar para él. Más tarde descubrirá que estaba equivocado, también existe un sitio para gente de su condición. Ese lugar es Midian, un terrible y legendario lugar que alberga entre sus muros a las Razas de la Noche. El descubrimiento de Midian desencadenará los acontecimientos, y quebrará la paz de aquel siniestro lugar.

Misery, Stephen King

Autor: Stephen King

Fecha de publicación: 8 de junio de 1987

Género: Suspense, terror

Premios: Bram Stoker (1987)


Sinopsis: Misery es una novela que habla sobre la obsesión y la locura. Un escritor (Paul Sheldon), tras sufrir un  grave accidente con su camioneta de viaje hacia Los Angeles, recobrará el sentido en una apartada casa en el estado de Colorado. La propietaria es una antigua enfermera con un pasado turbio, pero que se destapará como la fan número uno del escritor. Este hecho junto a la extraña personalidad de la mujer, desencadenarán unos acontecimientos que cambiarán por completo la vida del escritor.

Tiempos de muerte



    –Un cúmulo de acontecimientos nos ha arrastrado hasta esta embarazosa situación.
    En efecto, no hubiera podido expresarlo con mayor precisión – asintió el hombre que le apuntaba con un revólver.
    –Agradezco sus palabras. Como narcisista que soy, el halago me reconforta, me colma de confianza – sus ojos brillaron como una fogata de campamento en la oscuridad de la noche –. Aunque reforzar mi confianza, quizás sea un error por su parte, dadas las circunstancias.
    –Le agradezco el consejo. Intentaré no acrecentar su ego desde este preciso momento.

El pozo del averno


-I-

– ¿Qué ves? ¡Vamos, dinos algo!

– No consigo ver nada. Bajadme un poco más, agarradme fuerte los tobillos – respondió una voz apagada por la tierra que le rodeaba.

Sus dos amigos se esforzaron un poco más por bajarle todo cuando les fuera posible. El sudor bañaba sus frentes y la tierra húmeda por el rocío de la mañana se les pegaba al cuerpo y a la ropa. Ya se habían ganado una buena regañida de parte de sus padres, así que no les importaba ensuciarse un poco más. 

– Dicen que un par de niños murieron aquí. El pozo se los trago – una voz adulta habló a espaldas de los muchachos.

El paciente silencioso


- ¿Dónde crees que vas?

Oliver se había incorporado en la cama cuando escuchó la voz del policía.

- Si quieres levantarte tienes que pedírmelo. Y no te oigo, m-e-m-o.

El muchacho apretó con fuerza los puños. Volvía a sentir aquella presión en el pecho, que tan bien conocía. Trataba de reunir la energía necesaria para golpear a aquel gordinflón, que vestía el uniforme azul marino de la policía. Sabía que solo así la presión desaparecería, que esa era la única vía de escape.

Padre e hijo


Tener un hijo había sido siempre uno de mis mayores deseos. Y mi alegría fue inmensa cuando Tod llegó. Aquel veintinueve de febrero fue inolvidable. Vino al mundo sano y fuerte, pero su  llegada, trajo también un gran dolor. Mi esposa murió en el parto, una hemorragia interna terminó con su vida, y con mi felicidad. 

Tod ha crecido mucho desde entonces, ahora es un jovencito muy bien parecido. Sin embargo, mis sentimientos hacia él, nunca han sido los esperados. Creo ver en él un halo maligno, que no puedo explicar, y sobre el que no me atrevo a hablar con nadie, por miedo a ser tachado de paranoico. Me he repetido tantas veces, en la soledad de mi alcoba, que son solo imaginaciones mías, fruto de la prematura muerte de mi esposa. Culpo al muchacho por su fallecimiento ¡Eso es! Y no es justo. Ante vuestros ojos debo parecer un hombre horrible.