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Mostrando entradas de septiembre, 2015

Infección

Fue aquella casa maldita la que perturbó mi mente. Infectó  mi inteligencia con la locura, y desde entonces ya no distingo entre sueño y realidad. Creo que ya no codicio la libertad. Quizás en otro tiempo la deseara, pero ya no. Este es mi hogar, y la locura me acuna por las noches.

Temo que algún día me abandone, aunque espero que  antes de que eso ocurra, salga mi encuentro la muerte. Ya no puedo vivir sin su compañía. Sin sus dulces caricias, que me hacen sonreír tras los barrotes de estas ventanas.

Una vez alguien me dijo que me marchara, que todavía estaba a tiempo. Sin duda fue una trampa para descubrir a los pobres de espíritu. Mi dama me ponía a prueba, solo pretendía certificar mi fidelidad. Y yo no le decepcioné. Le juré amor eterno, y solo el miedo a no ser correspondido me aparta de la felicidad más absoluta.

Escalera sin color

El salón estaba envuelto por una claridad espesa y lechosa. Apenas si podía recordar la noche anterior cuando abrió los ojos. Sentía cada parte de su cuerpo dolorida, «debió de ser una noche salvaje» pensó. Se incorporo en el sofá donde había pasado la noche, y se sirvió el poco burbon que quedaba en la botella en un vaso de plástico que encontró a mano.
Consultó el reloj de pulsera, eran las tres de la tarde. Descorrió las cortinas de terciopelo azul que ocultaban la ciudad. Con sorpresa vio que era de noche. Zarandeó su muñeca y golpeó con el dedo índice el cristal del reloj, pero este siguió dando las tres de la tarde. Lo desabrochó y lo dejó caer en el sofá. Saldría a comprar otro, se sentía descansado y no tenía asuntos que atender. Ya tenía las llaves en la mano cuando cayó en la cuenta. ¿De dónde procedía esa claridad lechosa? No había ninguna lámpara encendida en la casa, y fuera de ella, solamente la oscuridad de la noche.

Amordazados (Saga Oliver)

Solo el crujir de tablones rompía el silencio en el sótano de aquella casa. Amordazados y atados a sendas sillas, escuchaban las entrañas de la casa, que quejumbrosa, transmitía a quien quisiera oírla el nervioso devenir de su interior.
Habían aprendido a comunicarse tan solo con la mirada en pocos minutos. Pero sus ojos siempre repetían lo mismo, tengo miedo. El desenlace de su cautiverio se aproximaba tan rápido, que podía sentirse el viento que provocaba.


Arriba los tablones continuaban crujiendo. Nerviosa danza invisible, precedente a un obvio final. Abajo, los prisioneros compadecían de su aciaga fortuna. Maldecían en silencio, y luchaban contra sus ataduras, hasta desgastarse la piel.

Cuando las palabras no bastan (Saga Oliver)

- Está sentado al fondo, junto a la ventana.
- Gracias - dijo sin prestar atención a la enfermera.
- No estoy segura de que esto sea una buena idea señora...
Sara no se molestó en contestar. Recorrió el espacio que le separaba de aquel hombre de mirada perdida, y mente inaccesible. Los ojos del hombre, no podían apartarse del cartel que anunciaba  la llegada del Circo de las Sombras a Cave Weasel. A pesar de su aparente  tranquilidad, sus manos se aferraban con fuerza  los reposabrazos del sillón. La llegada de la mujer le provocó un pequeño tic en el lado derecho del labio superior. La medicación algunos efectos secundarios. Un eufemismo para esconder que provocaban estupidez temporal en el paciente. Quién sabe si crónica tras varios años  de tratamiento.