Un mundo sin tiempo - El espejo capítulo IV

Los pasos resonaban dentro de aquella gran sala de suelo de mármol. Pensó que jamás había visto nada igual, aunque en realidad, no había visto nada en su corta vida. Tan solo el interior de aquella casa, que ya no era suya.

Siguió avanzando hasta el altar, dejando unos viejos bancos de madera a cada lado. Eran viejos, desvencijados, pero tampoco en su mejor momento debieron ser gran cosa. Sin embargo, al llegar al altar, no pudo evitar dejar escapar un «oh». Allí todo era dorado y brillante. Estaba limpio, y la luz que se colaba a través de las vidrieras confería a aquel espacio sagrado una atmósfera irreal.

El viaje de un astronauta afortunado.

-¿Puedes creerlo? Han sorteado un viaje para viajar a Marte. ¿Qué clase de broma es esta? Antes los requerimientos para realizar viajes espaciales eran altísimos. Y ahora vale menos que un billete de autobús.

-Venga papá, no te enfades por eso. Los tiempos cambian. Ese hombre no habrá tenido más que abrocharse el cinturón y disfrutar de las vistas. Habrá otros dirigiendo la nave.

-¡¿Abrocharse el cinturón?! Seguro que no sabe ni subirse la bragueta.

El reloj de cuco

Aquel maldito reloj nunca callaba. Su tic tac me golpeaba una y otra vez, haciendo mella en mi mente, moldeándola a su antojo, como hace el agua con las piedras más duras. Posiblemente, yo no fuera tan duro como esas rocas, ese maldito reloj no necesitaría de siglos para erosionar mi razón.
Tic tac, tic tac, me repetía a mí mismo, intentando acallar, o quizás imponerme sobre el del maldito reloj. Pero el suyo era un sonido quejumbroso y oscuro, que yo no podía acallar, más bien, le hacía los coros, me convertía de este modo en un artista secundario en mi propia obra.

Pájaro de ébano

El cuervo sobrevuela la habitación,
Solo busca un cambio en mi condena,
Miel dulce para mis labios,
Una resaca para mi corazón.

Olvidé su rostro, escondido por el tiempo,
Cumbre de mi infinita amargura,
Hogar del pájaro o demonio,
Del que no puedo escapar.