La ciudad de las langostas: Capítulo V

Patrick Cripple, siempre había sido hombre de férreos de principios, aunque rudo en sus modales. Era alto,  de complexión fuerte y de andares oscilantes.

Aquella fría mañana, sus pies hacían crujir la lluvia de la noche anterior  en su caminar por la acera.  Marchaba canturreando, para distraer su mente atormentada. El corto trayecto, que llevaba desde la casa destartalada donde vivía hasta su negocio de antigüedades, era una zona neutral que separaba, la seguridad de la casa de su indeseable destino. Porque Patrick Cripple, creía en el destino. Y estaba a punto de alcanzarle. Todo lo que había sido en su vida, todos sus actos y todos sus sentimientos, estaban a punto de colapsar y de freír su cerebro, hasta convertirlo una viscosa masa informe y humeante.
En contra de su voluntad, aquel camino, volvió a conducirle hasta Cripple’s. Siempre que leía el rótulo de la tienda, pensaba que había sido poco original al elegir aquel nombre. No obstante,  llevaba veinte años leyéndolo, quizá fuera ya demasiado tarde para cambiarlo. Como tantas veces, rebuscó las llaves en el bolsillo equivocado. - ¡También hoy! -  se maldijo por su torpeza. Ya con las llaves en la mano, luego sonrió. Sabía que esta no sería la última vez que pronunciaría para sus adentros aquella manida frase, “¡Patrick, presta más atención, hombre!”.  Apartó estos pensamientos de su mente, encajó la llave en la cerradura, y la hizo girar.

Apenas si cruzó la puerta de la entrada. Quedó inmóvil, intentando captar algún sonido, mientras cerraba la puerta tras de sí. Pulsó, no sin  ciertas dudas, el interruptor. La sala, se iluminó completamente. Escudriñó con la mirada todos los rincones que estaban a su alcance, aunque siguió sin  separarse de la entrada. Cuando se dio por satisfecho, lanzó un largo suspiro.

Decidió ponerse en marcha, tenía mucho trabajo atrasado. Hacía un par de semanas que no había catalogado ninguno de los artículos adquiridos. Ser minucioso, era muy importante, debía conocer perfectamente la historia de los objetos, ver el estado de conservación, y efectivamente, ponerles un precio de venta. Sin embargo, desde que habían comenzado las anomalías, como había terminado por llamarlas, le resultaba muy difícil trabajar.

Todavía recordaba aquel lunes de principios de mes. Había adquirido un par de lotes de los que esperaba sacar un buen pellizco. Los dejó en la trastienda, junto a los demás objetos pendientes de catalogar, y volvió para despachar  a unos clientes.  Cuando por fin cerró la tienda, fue a la parte trasera para echarle un primer vistazo a su nuevo botín. Cogió uno de los objetos, y lo analizó en profundidad con la ayuda de una lupa. Jamás podría olvidar lo que sucedió en aquel momento.

Un sonido estremeció a Cripple. Era bastante similar al que produce una radio de amplitud modulada, cuando se hace una búsqueda en el dial. El sonido, fue aumentando de volumen con el transcurrir del tiempo. En ese momento, la mesa donde tenía los objetos pendientes de catalogar comenzó a vibrar. Al principio, fue un suave temblor, pero pronto se hizo más virulento. La mesa, ya casi se despegaba del suelo con cada vibración. Patrick, no podía más que asistir con incredulidad a lo que estaba aconteciendo. Y en un segundo, todo aquello desembocó en algo inimaginable. 

La mesa salió volando por los aires. Aunque quizá, fuera más correcto decir, que la mesa cayó al techo. Cuando Cripple se recuperó del shock inicial, se acercó un poco más al lugar donde había estado la mesa, hacía tan solo un minuto. Lanzó una mirada hacia el techo de la habitación. Tanto la mesa, como los objetos que habían estado sobre ella, estaban literalmente pegados al techo.  Sacó un bolígrafo del bolsillo delantero de su camisa y lo arrojó contra suelo . El resultado de su experimento confirmó sus sospechas. El bolígrafo no consiguió tocar el suelo con todas sus fueras. Antes de golpear las viejas láminas de roble, la  trayectoria del objeto cambio trazando una parábola que terminó con el bolígrafo pegado al techo. De alguna manera inexplicable, se había invertido la fuerza de la gravedad en esa parte de la habitación.

Sonó el tintineo habitual al abrirse la puerta de la tienda. Aquel campanilleo, arrancó al señor Cripple de sus recuerdos. Asomó la cabeza por el quicio de la puerta, sin levantarse de la silla de su escritorio. 

– Un momento, ahora mismo voy – dijo mientras escondía de nuevo la cabeza. Unos segundos después, volvía a aparecer, esta vez, de cuerpo completo. Se dirigió con cierta parsimonia al mostrador e interpeló al cliente. 

– Dígame señor, ¿en qué puedo ayudarle? – el cliente tardó unos segundos en responder, se limitaba a mirarle. Era bastante evidente que intentaba contener su nerviosismo. Cripple se armó de paciencia, tenía mucho trabajo y aquel bobalicón estaba despojándole de su valioso tiempo.

– Buenas tardes, señor Cripple – dijo con educación, mientras dejaba asomar algo parecido a una sonrisa –. Tal vez, le parezca extraño lo que voy a contarle – prosiguió diciendo, mientras carraspeaba para aclarase la voz.

– Vaya, parece que tengo un  pequeño circo aquí montado – le interrumpió Patrick lanzando una sonora carcajada al terminar la frase. El visitante, cambio su gesto radicalmente. Su rostro mostraba una mezcla transmitía desasosiego y sorpresa, hecho que evidentemente, no pasó desapercibido para el señor Cripple  –. Disculpe la interrupción, me iba diciendo que tiene algo extraño que contarme….

– Sí, en efecto. Como le comentaba, ha sucedido algo extraño que tiene que ver con usted. O más bien, con este lugar –. Se detuvo durante un instante, como para reunir fuerzas, exhalando una bocanada de aire, como conclusión a su pausa –. Verá señor. Paso por delante de su tienda casi a diario, estoy hospedado a unas cuatro manzanas de aquí, ¿sabe? – hizo una pausa valorativa, mientras intentaba descifrar el impasible rostro de Patrick –. Bueno, desde que llegué a este pueblo, he tenido un sueño recurrente. Subo esta calle andando, en dirección a High Park. Al pasar junto a su tienda, me veo a un hombre vestido con una especie de gabardina de color negro. La lluvia arrecia, sin embargo, aquel hombre está cerrando su paraguas. Parece que va a entrar a su tienda. Yo le miro fijamente, pero tras un par de segundos inmóvil, decdide retomar su camino.

 Más allá de que se haya convertido en un sueño repetitivo, no encuentro nada especial en lo que me cuenta. Si le preocupa  el asunto, quizá debiera visitar a un psicólogo. ¿Por qué ha venido aquí? – Patrick dijo aquellas palabras un tanto decepcionado, en el fondo, esperaba que aquel hombre aportara alguna respuesta a las anomalías de la trastienda.

– Porque mi sueño, señor Cripple,  acaba de convertirse en realidad  hace un minuto.

Aquellas palabras dispararon la imaginación de Patrick Cripple inmediatamente. Tal vez, no sea correcto atribuir  aquel remolino de ideas a su imaginación, sino, a la esperanza. A la esperanza de encontrar alguna respuesta a sus casi infinitas preguntas, pero sobre todo, a la esperanza de no tener que enfrentarse solo a todo aquello. Aquel hombre, era la prueba de que aquello formaba parte de algún plan de mayor calado, de que no era una simple casualidad.  Y con toda probabilidad, habría más casos extraños por toda la ciudad, quien sabe, si por todo el mundo.

De repente, se dio cuenta de que aquel hombre, lo estaba observando, como quien observa a una ave exótica en el zoológico. No sabría calcular exactamente cuánto tiempo había estado divagando su mente alrededor de sus renovadas esperanzas. Agitó su cabeza un par de veces, y optó por continuar como si aquel lapso nunca hubiera existido.

 Disculpe, señor…. – dejó la frase en el aire, al darse cuenta de que no conocía el nombre de su interlocutor.

– George Aaron Wiry – se afanó en completar la frase al darse cuenta de que todavía no se había presentado.

– Señor Wiry, ¿puedo ofrecerle una taza de té?  Venga conmigo, estaré encantado de charlar con usted sobre lo sucedido.


Ambos hombres, atravesaron el umbral de la trastienda. Cripple, fue sin tardanza al fondo de la habitación, donde había un pequeña cocina desvencijada, y llenó la tetera con agua.


0