Cuando las palabras no bastan (Saga Oliver)

- Está sentado al fondo, junto a la ventana.

- Gracias - dijo sin prestar atención a la enfermera.

- No estoy segura de que esto sea una buena idea señora...

Sara no se molestó en contestar. Recorrió el espacio que le separaba de aquel hombre de mirada perdida, y mente inaccesible. Los ojos del hombre, no podían apartarse del cartel que anunciaba  la llegada del Circo de las Sombras a Cave Weasel. A pesar de su aparente  tranquilidad, sus manos se aferraban con fuerza  los reposabrazos del sillón. La llegada de la mujer le provocó un pequeño tic en el lado derecho del labio superior. La medicación algunos efectos secundarios. Un eufemismo para esconder que provocaban estupidez temporal en el paciente. Quién sabe si crónica tras varios años  de tratamiento.

- Hola Oliver – dijo apocada.

Una chispa se encendió en los ojos de Oliver al reconocer aquella voz. Ladeó la cabeza y el tic retornó con más fuerza.

- No sé por dónde empezar. Oh Oliver, no sabes cuánto me duele verte así. Te resultará difícil confiar en mí. Yo solo cumplía con mi trabajo. Sé que me odias – continuó -. Pero he venido para arreglar las cosas. Ha pasado mucho tiempo, pero no he podido olvidarte. Haría cualquier cosa para poder dar marcha atrás. Aunque eso es imposible, sin embargo haré lo que sea necesario para conquistar tu amor.

La mirada fija de Oliver estaba clavada en Sara. Solo el movimiento incontrolado del labio lo convertía en un ser animado. Sara ya contaba con que sería difícil conquistar el corazón de Oliver, después de lo sucedido el día en que fue a su casa.

Oliver fue arrestado y llevado a comisaría. Los psicólogos del estado no tardaron en diagnosticarle enajenación mental  y psicopatía, y fue trasladado al sanatorio de St. Jean. Tras unos meses de tratamiento con electroshocks, durante los cuales no mostró signo alguno de mejoría, fue derivado al pequeño centro de Cave Weasel, población donde había residido durante algún tiempo en su época adolescente. Desde entonces languidecía en aquel viejo sillón. Con la mirada perdida en un horizonte inalcanzable. Quizás pensando en escapar, tal vez no quedara nada vivo dentro de él, y quien estuviera en el sillón, fuera tan solo un envoltorio vació.

- He venido para sacarte de aquí - dijo de repente tras un largo silencio.

Oliver continuaba mirándola directamente a  los ojos.

- ¿Me has oído Oliver?  Vas a salir de aquí. Huiremos juntos a donde tú quieras.

No hubo reacción alguna. Sara comenzó a desesperarse. Estaba preparada para que Oliver la abofetease, o para que la abrazase, pero no para esto. Unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas hasta humedecer sus labios. También sus labios comenzaron a temblar. Un dolor profundo le atravesó el alma, como un puñal incandescente que le recordaba su traición.

Se sentó en el suelo junto a Oliver. Apoyó la cabeza en el sillón, cerca de la mano de Oliver, y juntos miraron a través de la ventana hasta el atardecer.

- Está bien, sigue mirando por tu ventana – balbuceó Sara.

Se puso en pie y se sacudió la parte trasera del pantalón. 

- Te sacaré de aquí Oliver - repitió por última vez antes de abandonar el sanatorio.

Dejó a Oliver de nuevo en la soledad de su sillón. Viendo crecer la hierba. No había transcurrido mucho tiempo desde que Sara se marchara cuando algo llamó la atención de Oliver. Había alguien junto al cartel que anunciaba el circo, pero no podía ver con claridad lo que hacía. 

Cuando al fin se apartó para dejar visible su obra, Oliver vio un corazón rojo pintado en el suelo. Dentro del corazón, aún a aquell distancia,  podía leerse “Te quiero Oliver”. Junto al corazón estaba Sara, mirando hacia la ventana. Su boca todavía bombeaba el mismo rojo con el que había sido  pintado el corazón.


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