Amordazados (Saga Oliver)

Solo el crujir de tablones rompía el silencio en el sótano de aquella casa. Amordazados y atados a sendas sillas, escuchaban las entrañas de la casa, que quejumbrosa, transmitía a quien quisiera oírla el nervioso devenir de su interior.

Habían aprendido a comunicarse tan solo con la mirada en pocos minutos. Pero sus ojos siempre repetían lo mismo, tengo miedo. El desenlace de su cautiverio se aproximaba tan rápido, que podía sentirse el viento que provocaba.


Arriba los tablones continuaban crujiendo. Nerviosa danza invisible, precedente a un obvio final. Abajo, los prisioneros compadecían de su aciaga fortuna. Maldecían en silencio, y luchaban contra sus ataduras, hasta desgastarse la piel.

No habría síndrome de Estocolmo. Pues solo el odio florecía en sus jóvenes corazones. Su delicada situación trascendía más allá de la traición, de la violencia o del rencor.


Él levantó las cejas. Ella se encogió de hombros. Empezó a mirar alrededor, buscando algo con lo que poder escapar. Arriba, los crujidos habían cesado. En uno de los movimientos de cabeza de la mujer, el chico vio algo. Algo que podría librarles de las ataduras. Por un momento pensó que lo peor no era eso, sino la sensación de asfixia del trapo que le tapaba la boca y las ganas de vomitar que le provocaba el olor y la humedad de su propia saliva. Él, escrupuloso como era. Hizo un ruido con la garganta que chocó contra la mordaza. La mujer lo miró. Él levantó la barbilla. Ella entrecerró los ojos y pronto vislumbró en ellos la claridad del entendimiento. Giró la cabeza y el torso como un muelle. Y lo vio. Las sillas no estaban fijadas al suelo, y los muy imbéciles no les habían atado los pies, de modo que se alzó. Se acercó a la mesa y con la cabeza arrastró hasta el extremo el soplete; luego hizo lo mismo con el alargado mechero de cocina. A continuación la joven giró sobre sus talones y propinó un golpe a la mesa. Primero se precipitó el mechero, que cayó justo en la mano, y luego el soplete. Accionó el mechero y el soplete escupió la llama. Fue entonces cuando la danza invisible retomó su baile. La mujer corrió hacia la espalda del chico. Las cuerdas se rompieron al contacto del fuego. De inmediato, al son de unos pasos que descendían por la escalera, el joven aferró el soplete e hizo lo propio con las ataduras de ella. Se despejaron las bocas y rompieron en mudas carcajadas por lo absurdo de la situación. Hasta que el cerrojo de la puerta estalló en la estancia. Entonces el chico introdujo la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta de cuero, rodeando el mango de su preciado cuchillo, y la mujer se agachó para hacerse con su pistola personal. Los dueños de la casa que habían ido a robar también habían olvidado cachearlos. Esperaron junto a la puerta. Antes de que se abriera del todo y de acabar con la vida del matrimonio y del policía, oyeron al agente decir sus últimas palabras. —¿Están seguros de que son el paciente Oliver y la mujer que le ayudó a escapar del centro?




Relato escrito junto a Ricardo Zamorano para el concurso "Relatos A Duo II" de El Círculo de Escritores. 



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