La ciudad de las langostas: Capítulo IV

01/07/2015

Bajé las escaleras dispuesto a tomar un buen desayuno. Todavía me costaba mantener los ojos abiertos y los frotaba de forma compulsiva cada poco tiempo.

- Buenos días - dije -. ¿Qué tenemos hoy para desayunar?

- ¿Desayunar? ¿Pero de qué guindo se ha caído este? - preguntó al hombre que estaba sentado en la barra a mi derecha.

- ¿Qué hora es? - pregunté un poco avergonzado. 

- Son las cuatro de la tarde, amigo. Hasta las ocho no serviremos comida - añadió socarrón.
Asentí con la cabeza, y sin mediar palabra enfilé la puerta que daba a la calle. Era mi primer día en aquel pueblo, así que decidí dar una vuelta, con la esperanza de encontrar algo interesante que hacer. Un cartel colorido llamó mi atención en el otro lado de la calle.

- Museo de los prodigios - leí en voz alta.

Parecía un lugar idóneo para comenzar a conocer el pueblo. Eché un vistazo rápido a mi alrededor, buscando a alguien para preguntar por la dirección. Solo encontré a un muchacho de unos quince años. Estaba apoyado contra un pilar, recreándose en los cordones de sus zapatos.

- Ey muchacho - le grité mientras agitaba mi brazo derecho para llamar su atención.

Levantó la cabeza y me miró fijamente.

- ¿Dónde está el museo? - pregunté esforzándome en tener un tono afable.

Siguió mirándome, inmóvil. La situación comenzaba a ser incómoda. Ya iba a  dar media vuelta y buscar por mi cuenta.

- No haga caso a Oliver, no es muy hablador - dejó escapar una mueca cómica al terminar la frase.

- Discúlpeme, no pretendía molestarle. Quizás me pueda ayudar usted, quisiera visitarlo - dije señalando el cartel.

- ¡Estupendo, estupendo! Ya le dije al viejo Joe, que esto del museo atraería a turistas. Tuerza a la derecha en esa esquina y siga la calle, no tiene perdida. No se arrepentirá de la visita, vaya, vaya - se alejó haciendo gestos con la mano en la dirección que me había indicado.

No tardé en llegar al museo. Un cartel lo anunciaba sin mucho entusiasmo. Empujé la puerta y tras un mostrador de madera, encontré a un hombre de joven, que parecía no haber advertido mi presencia. Me acerqué  y vi que se distraía garabateando en un cuaderno sin mucho convencimiento del resultado.

- Fidias - dije para hacerme presente

Levantó la cabeza al oír su nombre.

- Lo he leído en tu placa - aclaré antes de que pensara que yo era digno de ser añadido a la colección del museo.

- Vaya desastre, esto es una mierda... algún día lo conseguiré. Sí sí, algún día... en fin... ¿Qué quiere?

- Una entrada, si no es mucha molestia.

- Está bien, es uno con sesenta y dos - dijo mientras cortaba la entrada por la línea de puntos.

- Gracias, desde luego que el precio no tiene competencia - cogí la entrada y recorrí el pasillo que conducía al mundo de los prodigios.

- Bonita cabeza - susurró Fidias audiblemente.

- ¿Qué ha dicho?

- ¿Qué?

Nos miramos en silencio durante un rato, hasta que decidí abandonar aquel callejón sin salida. Empujé la puerta y vi una gran sala, la única de que constaba el museo. Debí haberlo supuesto, pues el edificio no era más grande que la pensión en donde me alojaba. El techo era alto y grandes ventanales, daban luz más que suficiente para inspeccionar las vitrinas que atestaban la sala. Estaban colocadas sin orden aparente, formando un laberinto de estrechos pasillos, que apenas permitían cruzarse a dos personas en algunos de los tramos. La mayoría de las vitrinas contenían abominaciones; cerdos con dos cabezas, cabras con cinco patas, y otras aberraciones de la naturaleza, sin ningún interés. Anduve más deprisa, incomodado por la presencia de aquellos seres bañados en formol. Me acerqué a uno de los ventanales para tomar aire, pero no pude abrirlo. Apoyé la espalda en el ventanal, resignado, dispuesto a abandonar aquella sala del horror en cuanto me repusiera un poco. Entonces vi algo diferente, majestuoso. Un gran homínido, cubierto de pelo lanoso. De nariz gruesa y basta, que destacaba en un rostro afeado por infinidad de cráteres y pústulas. Quedé fascinado ante la presencia de aquel animal desconocido para la ciencia. ¿Sería real, o tan solo un burdo engaño para atraer turistas? Leí el cartel que identificaba al ejemplar de la vitrina, "Kang Admi". Anoté el nombre en una pequeña libreta que siempre llevaba en el bolsillo, y busqué la salida tan rápido como me fue posible. El olor a formol se hacía cada vez más presente en mis fosas nasales ,y si permanecía más tiempo allí, correría el riesgo de convertirme en uno de aquellos prodigios.

Estaba cruzando ya la recepción del museo, que no había sido tan prodigioso después de todo, cuando Fidias dejó escapar un susurro:

- No todo está en el museo.


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