Thorenor

- Soy Thorenor, hijo del rey enano de las Montañas de Hierro. ¿Podríais indicarme el camino hasta la fortaleza de Blackwoll? - preguntó el caballero a un campesino que trabajaba junto a la calzada.

- Debe seguir ese camino durante unas pocas leguas más, príncipe Thorenor - se afanó en responder.

- No me llames príncipe. Para los enanos, o se es rey, o solo un vasallo -dijo bastante molesto.

El príncipe Thorenor arreó su montura enfilando el último tramo de su viaje.

- ¡He dicho que no soy ningún príncipe! ¡Exijo un cambio de narrador! - Thorenor estaba fuera de sí.

- Tranquilícese. Yo mismo narraré la historia - respondió una voz desde alguna parte.

- ¿Y quién sois vos? Si puede saberse - preguntó confuso Thorenor.

- Soy el editor, pero descuide, también soy ágil con la pluma - respondió la voz.

Thorenor retomó la marcha, llegando antes del anochecer a la fortaleza Blackwoll. Irrumpiendo, en la sala del trono, montado en su corcel.

- Soy Thorenor, hijo del rey enano de las Montañas de Hierro. Me presento para ofrecer mis servicios a su majestad - dijo haciendo una reverencia.

- Así que han llegado hasta tan lejos las noticias del mal que nos asola... Sed bienvenido príncipe Thorenor, y sentaos a la mesa con nosotros - respondió el rey.

Thorenor abrió la boca para protestar por su inapropiado tratamiento de príncipe, pero se contuvo por estar tratando con un rey.

- ¿Cuán numeroso es vuestro ejército, príncipe Thorenor?

- Lamento contradeciros majestad, mas no ostento el título de príncipe - corrigió. 

- ¡Pero príncipe Thorenor! No seáis modesto. Y ahora, venga, responded a mi pregunta - dijo el rey ignorando las quejas de Thorenor.

- ¿Un ejército para tan poca cosa? - respondió socarronamente -. Los enanos somos los más  fieros masticando,  y también en el combate. No necesitará más que un solo enano para terminar con este banquete, y con todos sus enemigos.

- Dicen de los enanos que tienen rudos modales e higiene descuidada, pero veo que ambos rumores son infundados. Pues no son rudos sus modales, sino inexistentes, y el higiene está muy bien cuidado, pues ya alcanzo desde aquí a oler su fragancia.

- Bien habláis, y seguro que competís en ingenio con vuestros bufones. Pero la espada no es cosa de hombres, sino de enanos.

- ¿Llamáis espada a ese cuchillo que portáis entre las manos? No me digáis más, vuestra última víctima fue una hogaza de pan, y la combatisteis bien airado.

- No me equivoqué al juzgaros, entendéis de pan, y vuestro estómago... lo deja bien claro.

- ¿Me llamáis orondo? ¡En mi propia casa! ¿Deseáis morir sin ser juzgado? Os debo reconocer vuestro arrojo, vuestro impetu, y el valor de llamar a vuestra montura caballo. ¿No preferirías quizás elegir de entre alguno de mis galgos?

- Podéis de mi hacer mofa y burlaros, pero no consiento que os riáis de mi montura. Que si bien no puede compararse a vuestra barriga en tamaño, bien me ha servido en combate, y ha dejado atrás a muchos temerosos y apocados.

- Si bien decís entonces, me quedaré con el caballo. Y a vos, los guardias os conducirán a una celda. Donde seréis privado de morir con honor, combatiendo en la guerra. 

- Como antes os dije, basta con un enano para librar este combate. No importa quien sea hoy mi enemigo, pues vine a luchar y a morir, tenedlo en cuenta, pues a vos os lo digo.

Saltó con la espada y el escudo en sus manos, arrojándose al combate más justo que jamás había disputado. Salvar el honor de su caballo.




Concurso "Mundo Medieval" del Círculo de Escritores


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