Carpe diem

- Ya está, ha muerto - dijo el hombre de traje azul marino que estaba acuclillado junto al cadáver.

Los demás, reunidos entorno a él formando un semicírculo, asintieron. Uno tras otro, dieron media vuelta y abandonaron con parsimonia la escena del crimen.

Cuando todos se habían marchado, rebuscó en los bolsillos de la chaqueta del muerto. Sacó la cartera y un manojo de llaves y se las guardó. Su traje azul no difería en nada del suyo. Unos gemelos dorados eran lo único destacable en aquel uniforme intemporal. Su rostro, aún después de muerto, reflejaba el terror de un hombre sin futuro.

Lanzó una última mirada al cuerpo tendido en el suelo. Había quedado irreconocible. La brutalidad con que se habían empleado le hizo estremecer. Podría haberse tratado de él mismo. Pero se obligó a continuar, este era su momento.

Esperó a que todos se hubieran marchado del callejón. Se propuso buscar un taxi. Escaseaban a aquellas horas de la noche, pero de todos modos, seguía siendo su mejor opción. Emprendió camino por la acera en dirección al centro mientras esperaba a que  aparecía alguno.

Sus zapatos negros estaban empapados por la lluvia cuando el taxi se detuvo junto al bordillo. Plegó su paraguas y se sentó en el asiento trasero.

-Al Wanton Jazz - dijo al taxista.

-Serán veinte dólares por la carrera amigo - respondió el taxista con marcado acento británico.

Pocos minutos después se apeó delante de la entrada principal del Wanton Jazz, esa noche lo pasaría bien. Tenía una cartera repleta de billetes y toda la ciudad a sus pies.

Eligió una mesa retirada, junto a una pequeña ventana desde la que podía verse el Majestic. Levantó una mano para llamar a la camarera.

-Buenas noches señor Manifold, ¿qué se le ofrece hoy? - preguntó sonriente.

-Buenas noches, traigame lo de siempre - respondió un tanto desconcertado.

Un par de minutos más tarde, regresó con un rusty nail. Dio un pequeño sorbo al cóctel. Estaba preparado a su gusto. Aquello le desagradó, y no pudo evitar hacer una mueca al volver a dejar el vaso sobre la mesa. Permaneció todavía allí sentado unos minutos, moviendo con nerviosa cadencia ambos pies.

-Estoy harto de esto, es hora de divertirse - se dijo a si mismo en voz alta.

Dejó dinero de sobra para pagar la consumición y abandonó el local. Los coloridos neones del Majestic  lo atrajeron como a un insecto en cuanto pisó la calle.

-Pensaba que ya no te vería hoy por aquí Max - dijo un hombre sonriente que le daba golpecitos en el hombro con camaradería.

-También yo empezaba a pensar que no vendría - respondió con humor. - Discúlpame un segundo, he olvidado algo en el Wanton Jazz, en seguida vuelvo.

-No te preocupes Max, te espero dentro. He conocido a una chica increible, No tardes, ha venido con una amiga -  dijo guiñándole un ojo, y desapareció entre la muchedumbre que entraba al local.

Max Manifold caminó en dirección al Wanton Jazz, pasó de largo y torció la esquina de Lincoln con Massachusetts. Algo no estaba marchando bien, debía cambiar la rutina diaria o le darían caza. Hasta ahora solo se había preocupado de disfrutar, "carpe diem, el tiempo se acaba" se decía a si mismo. Pero eso ya no le servía. Él no era como los demás. Necesitaba sobrevivir.

Vagó durante horas por las calles de la ciudad. Compró comida china en un puesto ambulante y la engulló mientras caminaba. Estaba desesperado, no encontraba ningún sitio donde sentirse seguro.

Sobre las cinco de la tarde, la cartelera de un cine atrajo su atención. Había una sesión doble de terror. Odiaba ese género, así que compró una entrada. Se sentó en una de las butacas de las últimas filas y se acurrucó en el asiento usando su chaqueta como almohada. Allí estaría a salvo, no podrían encontrarle.

Una voz le despertó después de varias horas de sueño.

-Oiga, ya le dije la semana pasada que no puede quedarse aquí a dormir, búsquese un cajero.

La voz de aquel viejo todavía resonaba en su cabeza, pero sin terminar de entender lo que le decía. Max se levantó, tenía la mirada extraviada y el miedo tatuado en el rostro.

-¿La semana pasada? ¿Quiere decir que estuve aquí la semana pasada? - preguntó desorientado.

-Oye muchacho, no me gusta meterme donde no me llaman, pero creo que debería verte un médico. Tienes muy mala cara.

Max salió con premura del cine, sin mediar palabra. No podía creer lo estúpido que había sido. Miró su reloj y el corazón le dio un vuelco. Solo faltaban diez minutos para la media noche, podía conseguirlo, podía convertirse en el único.

Inspeccionó ambos lados de la calle, estaban despejados, sin embargo, era una calle muy solitaria. Decidió regresar a una vía principal, donde desaparecería entre la multitud. Pero la multitud que encontró al torcer la esquina no fue la que Max esperaba. Un ejército de hombres vestidos con traje azul marino le aguardaban formando un semicírculo.

-Esta bien Max, hoy es tu día, adelante - dijo uno de ellos.

Otro hombre salió del grupo y se plantó frente a Max. Eran como dos gotas de agua. Todos los hombres de aquel extraño grupo eran iguales que Max.

-Sabes que no es nada personal Max. Tu ya tuviste tu día, hoy es el mío - hubo un silencio que pudo durar horas, o solo un segundo. El silencio se rompió al sonar la alarma del reloj de Max, de todos los Max. Y un cuchillo se clavó en el costado del Max de ayer.

- Ya está, ha muerto - dijo el hombre de traje azul marino que estaba acuclillado junto al cadáver.



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