El autógrafo

No esperó a que la película terminara para abandonar la sala. Estaba enfurruñado. Era un gran cinéfilo, pero las producciones modernas no le satisfacían, añoraba los viejos tiempos. El cine clásico era su verdadera pasión. Casi a diario visionaba una y otra vez viejas cintas. Quedaba absorto por la historia, y la paladeaba como un verdadero sibarita.

Al abandonar la sala, entre quejas de los espectadores de su fila, se detuvo  ante un tablón que anunciaba los próximos estrenos. No tenía grandes esperanzas en encontrar algo interesante.

Pero su suerte había cambiado por una vez. El mal humor se transformó en ilusión al ver aquel rostro. Tras cincuenta años de ausencia, su actor favorito, volvía a aparecer en una película. ¡Era increíble! Su corazón comenzó a golpearle desde su interior tan fuerte, que creyó que terminaría por romperle los huesos. Anotó a fuego en su memoria el día del estreno. Aquel día sería especial, sería un día que recordaría para siempre. Después de todo, la tarde no había ido tan mal. Ya ni siquiera recordaba el título del bodrio que había dejado a mitad en la sala número seis.

En la oscuridad

El crujir de la madera, el goteo de una tubería y el hedor a fruta podrida, eran la única realidad que conocía desde que llegara a aquel lugar. Aquel era un sitio húmedo, de paredes rugosas y desniveladas, de techos bajos y espacio más bien reducido. Todo parecía preparado para el completo malestar de su inquilino. La comida le llegaba desde arriba. Se abría una trampilla y oía el golpe de un bote contra el suelo. Entonces tenía que tantear con la mano hasta encontrarlo. Si era afortunado, el bote estaba intacto y podía comer de su interior usando su mano a modo de cuchara. Si no lo era, el bote se rompía en la caída, y la comida quedaba esparcida por todas partes, sumándose a la podredumbre del lugar.

El monasterio del silencio

Fray Enrique se levantó rutinariamente a las seis de la mañana. Era el más madrugador de todos los frailes. No por necesidad, sino por puro placer. Disfrutaba de su trabajo en el huerto del monasterio. Saboreaba con placer los primeros rayos de sol de la mañana. "A esas horas, uno puede ver como crecen las plantas", se decía a sí mismo. 

Era invierno, y todavía no había amanecido cuando llegó al huerto. Tampoco le importó, cogió su pequeña azada y comenzó a retirar las hierbas alrededor de las tomateras.

Carpe diem

- Ya está, ha muerto - dijo el hombre de traje azul marino que estaba acuclillado junto al cadáver.

Los demás, reunidos entorno a él formando un semicírculo, asintieron. Uno tras otro, dieron media vuelta y abandonaron con parsimonia la escena del crimen.

Cuando todos se habían marchado, rebuscó en los bolsillos de la chaqueta del muerto. Sacó la cartera y un manojo de llaves y se las guardó. Su traje azul no difería en nada del suyo. Unos gemelos dorados eran lo único destacable en aquel uniforme intemporal. Su rostro, aún después de muerto, reflejaba el terror de un hombre sin futuro.

El hombre enjaulado

03/03/215

La trampilla se abrió de nuevo. El olor a podredumbre se coló en la celda antes que la comida.

-Ahí tienes lo tuyo degenerado - dijo una voz masculina desde el otro lado de la puerta. Dicho esto, volvió a cerrar la trampilla y sus pasos se alejaron.

Fritz dejó transcurrir unos minutos antes de ir  a recogerla. Prefería oler la comida, su sabor no era para nada de su gusto. De todos modos, la ingería a diario, sin dejar una miga, sin desperdiciar una gota.