La sombra

09/01/2015

Despertó tras una terrible pesadilla. No podía recordarla, pero todavía podía sentir el miedo. Era un temor irracional, imposible de describir y, sin embargo, tan familiar. Después de padecer aquellas pesadillas, se quedaba paralizado, incapacitado, con la mirada perdida. Era difícil calcular la duración de las  parálisis. En una ocasión permaneció alrededor de  treinta horas postrado en la cama, sin mover un solo músculo. Tuvo tiempo de pensar, de sentir. Fue consciente de cada corriente de aire, de cada partícula flotando en la habitación. Sintió la ingravidez de su cuerpo inerte. Reparó en la grandiosidad del cosmos, de las fuerzas ocultas que se hallan fuera de la comprensión del ser humano. Entendió entonces, que también las pesadillas formaban parte de ese universo, del que nada puede escapar, ni dejar de formar parte.

Allí inmóvil, sintió la luz desvaneciéndose. Las sombras comenzaron a tomar cuerpo, a materializarse. El techo, cada vez más oscuro, parecía atrapar cada gramo de negrura de la habitación. Una figura se formaba ante sus ojos. Al principio era solo una mancha desdibujada. Poco a poco se apreciaron sus extremidades, su torso y unos aterradores ojos, elaborados con tinieblas. Postrado en la cama, no podía más que admirar la perfección de aquel ser, culminación de la vileza del universo.  

La figura inicio un desplazamiento serpenteante, casi ritual. Sus movimientos se asemejaban a los de un reptil. Parecía acechar a su presa, dando rodeos, pero sin decidirse a atacar. La angustia ante aquella inquietante danza, creció en su corazón. Apenas si podía respirar. Se ahogaba en una respiración entrecortada, que escasamente hacía llegar aire a sus pulmones. El sudor frío, que había empapado su torso apenas unos minutos atrás, ahora se secaba y enfriaba  su cuerpo. Tiritaba de frío, de miedo, padeciendo cada segundo de su estática incertidumbre. ¿Qué deseaba aquella criatura abominable de alguien tan ordinario como él? La respuesta estaba fuera del alcance de su inteligencia. Pues la criatura, no formaba parte del mundo conocido por el hombre. Se dispuso a afrontar su muerte con dignidad. No suplicaría por su vida, pues nada podía ofrecer a cambio. No suplicaría, no lo haría, porque no deseaba darle tal satisfacción al ser que había nacido de la oscuridad, y que en ella se refugiaba. La muerte sería un remanso de paz, alejado aquella presencia de corazón ennegrecido. La deseaba, sería un regalo para su alma condenada. Ya casi podía sentir el oscuro y acuoso tacto en su piel. Sería liberado de su condena. De su invalidez intermitente, de sus pesadillas interminables, de sus pensamientos turbadores, de su vida miserable, condenada al sufrimiento y la desidia.

“Por fin me permites abandonar tu reino”, pensó aliviado cuando la negra figura se abalanzó sobre el cadáver que estaba tendido sobre la cama.


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