La factoría

25/01/2015

-I-

El coronel Podoriak miraba a través del cristal. Oculto tras el  espejo contemplaba la inmensidad de la fábrica. El ruido atenuado de las máquinas, resonaba en aquella sala como el latido de un corazón en plena carrera.  Parecía satisfecho de lo que estaba viendo. Tras unos pocos minutos, se dio la vuelta y miró al capitán Bleichne.

-Bien, ¿qué tal evoluciona el preso 7351/19? – preguntó.

Bleichne se inclinó sobre su despacho buscando el informe solicitado. No era un hombre muy disciplinado, ni tampoco un ferviente seguidor de los dogmas del gobierno. Pero su puesto le permitía ser violento con los presos, y aquello le encantaba. Disfrutaba de su trabajo, excepto en las contadas ocasiones en las que algún superior se pasaba por allí, para darle dolor de cabeza.

-Aquí está – dijo cuando el coronel ya parecía impacientarse. 

-¿Ha hecho algún progreso con él capitán? – preguntó Podoriak.

-No sé si he entendido bien la pregunta, coronel. Hemos estado observando a ese chico. No tiene nada de especial. Trabaja y vuelve a su celda, como todos los demás. No ha causado ningún problema. Eso es todo  – concluyó Bleichne.

-Así que es un dócil como una gatito – dijo visiblemente molesto.

-El informe lo confirma, señor. 

-¡No me lo trago! – gritó el coronel al tiempo que golpeaba con el puño la mesa. Sus ojos llenos de ira se mantuvieron clavados en Bleichne durante lo que pareció una eternidad. Tras aquellos tensos segundos, Podoriak recuperó la compostura, comenzando a pasear con paso calmado por la habitación.  – Mire capitán Bleichne, creo que no se está tomando a este muchacho en serio. Me da la impresión de que no ha leído el informe que le hice llegar sobre él. 

-Se equivoca señor. He sometido al preso a una estricta vigilancia – le interrumpió Bleichne.
-¡No me interrumpa, o terminará limpiando retretes! – bramó el coronel Podoriak. – Bien, espero que se tome este asunto con el debido interés, y que no vuelva a decepcionarme en mi próxima visita. Buenas tardes – dijo abandonando la sala con un sonoro portazo.

-Piérdete imbécil – musitó en voz baja Bleichne -. Pulsó un  botón de su intercomunicador para hablar su secretario, el sargento Kuppetz. – Sargento, quiero al preso 1573/19 a la sala de interrogatorios. Inmediatamente -. Soltó el botón y se puso en pie. Se dirigió a un armario situado a su derecha. Sacó una llave de un bolsillo de su pantalón y la metió en la cerradura, haciéndola girar. Expuestas en perfecto orden, todo tipo cuchillos, palos cortos y otro tipo de armas, esperaban a ser elegidas por el capitán. Cogió un par de ellas y se las guardó en el bolsillo de la chaqueta. Cerró de nuevo el armario y se dirigió hacia la sala de interrogatorios.

-II-

Un par de hombres uniformados se acercaron al puesto de trabajo de Víctor. Él siguió trabajando como si nada ocurriese, aunque notaba aquellos cuatro ojos clavados en su espalda. 

-Acompáñanos – dijo uno de los guardias. Víctor se dio la vuelta y pudo verles. El de su derecha le apuntaba con un arma, mientras el otro, guardaba sus manos en los bolsillos del pantalón. – Venga síguenos – añadió.

Caminaron hacia la zona de aparcamiento. Allí cogieron un vehículo eléctrico de cuatro plazas. Víctor era la primera vez que montaba en uno de esos vehículos, estaban reservados exclusivamente para los guardias. Los presos debían recorrer la factoría a pie, incluso para visitar el único baño de presos de toda la planta. Algunos hombres, para economizar fuerzas, preferían hacerse sus necesidades encima, antes que recorrer el quilómetro de distancia que les separaba de los urinarios. 

El guardia puso en marcha el vehículo utilizando su huella digital. El motor emitió un sonido apenas audible y se pusieron en marcha. El trayecto fue breve, y Víctor lo lamentó. Las rodillas le dolían, y este era el primer descanso en muchas horas. Se apearon del vehículo para entrar en la zona prohibida.  Un gran cartel rojo con letras blancas indicaba a los presos, que no debía traspasar esa puerta. Los pasillos se sucedían. Víctor estaba completamente desorientado en aquel laberinto de paredes de láminas de madera. El periplo terminó al final de un pasillo sin salida. A diferencia de todas las demás, esta sala no estaba rotulada. 

Otro guardia uniformado les esperaba junto a la puerta. Tras un laxo saludo militar, abrió la puerta y se apartó para dejar entrar a los tres hombres. La habitación estaba vacía, excepción hecha de una mesa y dos sillas de brazos. Le indicaron a Víctor que se sentara en una de ellas con un fuerte empujón. Lo anclaron a la silla utilizando dos juegos de esposas y acto seguido salieron de la habitación. 

Víctor no tuvo que esperar mucho tiempo antes de descubrir el objeto de su traslado a aquel lugar. Se abrió la puerta y entró un hombre de mediana edad, vestido con uniforme de oficial. Se plantó frente a él, sin sentarse y guardo silencio durante unos segundos, estudiando a Víctor de arriba abajo.

-Así que eres tú. No imaginar cómo puedes representar una amenaza – dijo en tono despectivo.

-No sé a qué se refiere, señor – respondió Víctor.

-Hay gente que está poniendo en duda mi trabajo. ¡Por tu culpa! Y desde luego, eso es intolerable. No sé quién te crees que eres, pero tus jueguecitos terminan aquí – su expresión severa y la contundencia de sus palabras, atemorizaban a Víctor, que no entendía nada de lo que ocurría. – Vas a decirme  todo lo que yo quiera saber. Y te aconsejo que no te hagas el valiente conmigo. No soy alguien delicado con los prisioneros – una sonrisa asomó en el rostro del capitán Bleichne al terminar de pronunciar la frase.

Sacó un cuchillo que llevaba escondido en uno de los bolsillos y lo acercó a la cara de Víctor. El aliento de aquel hombre olía a alcohol, como si se hubiera bañado en una tinaja de ron. 

-Muy bien, muchachito. ¿Qué estás tramando para escapar de aquí? O ¿acaso estás montando una revolución entre la escoria de la factoría? – preguntó, mientras rebuscaba en su chaqueta una petaca metálica a medio rellenar.

-No estoy haciendo nada de eso – respondió Víctor con aplomo. 

-Vaya, así que el muchachito se hace el héroe. Los que me conocen saben que no tengo mucha paciencia – antes de terminar la frase un puñetazo había impactado en la cara de Víctor. Este se sacudió en la silla, mientras de su mejilla comenzaba a brotar un hilo de sangre. – ¡Vamos habla! – gritó Bleichne.

-¡No tengo ni idea de lo que me está hablando! – gritó Víctor. Un segundo golpe hizo que se sacudiera de nuevo en su silla. Esta vez la silla estuvo a punto de volcar. Víctor había tenido más que suficiente, pero  el martirio aún no había terminado. Sintió el tacto del cuchillo en su cuello, recorriendo con suavidad su piel y dejando un fino surco púrpura a su paso. 

-¿No piensas hablar? Podemos pasar mucho tiempo juntos sí quieres. Seguro que terminamos siendo buenos amigos – rió estrepitosamente mientras fingía afilar el cuchillo con el canto de la mesa.

Media hora después el capitán Bleichne abría la puerta de la sala de interrogatorios. Los dos guardias que esperaban en la puerta recobraron la compostura para saludar al oficial. El uniforme del capitán estaba salpicado de sangre, y de su mano derecha goteaba sangre todavía fresca.

-Llevadlo a aislamiento – dijo escuetamente.

-III-

Los guardias  arrastraron a Víctor, en estado semincosciente, por los pasillos. Dejando un rastro de sangre tras de sí. Entre delirios Víctor gemía frases sin sentido. “Al bufón, persigue al bufón. El mató al rey”. Repitió frases como esta durante todo el trayecto, provocando las risas de los guardias, que disfrutaban de la locura del prisionero. 

Llegaron al sótano del complejo industrial. Allí las paredes forradas de madera habían desaparecido. Se podía sentir la humedad en los huesos. La mugre impregnaba las paredes y techos, creando una película pegajosa. A cada poco, un chorro de agua pestilente escapaba por alguna fuga de las tuberías. Aquel lugar convertía a la minúscula celda, que ocupaba diariamente, en un paraíso terrenal. 

Se detuvieron ante una puerta metálica, corroído por el ambiente. Uno de los guardias descorrió un gran pestillo que cedió entre chirridos. Empujó la puerta que cedió con bastante dificultad. Los indicios apuntaban a que no había sido utilizada en mucho tiempo. Algo no tan extraño, pues la totalidad del sótano era ocupado por celdas gemelas a esta. 

-Venga, a descasar – dijo un guardia entre risas al soltar a Víctor dentro de la celda. Apenas se inmutó cuando su cara golpeó el suelo. Solo dejo escapar un leve suspiro. Entonces perdió completamente la consciencia.

Cuando despertó, todo era oscuridad. Apenas si conseguía recordar nada más allá de los puños del capitán Bleichne. Más allá, solo había una niebla roja que emborronaba sus recuerdos. Comenzó entonces a sentir el dolor de sus heridas, de sus moratones y de sus huesos vapuleados. Penosamente consiguió sentarse, apoyando la espalda contra una de las paredes. Se cubrió el rostro con las dos manos. Lo hacía por costumbre cuando quería pensar. Pero esta vez sintió su propia sangre mojando las palmas de sus manos. Echó la cabeza para atrás y la recostó contra la pared. Tenía que prepararse para una larga espera sin horizonte. 

Tras varios días en la celda de aislamiento, Víctor había aprendido a escuchar y a sentir el viento como nunca antes lo había hecho. Reclinado en la puerta metálica, esperaba a que las ráfagas de aire se colaran a través de los orificios de respiración. Leía los olores y los sonidos que transportaban, como cualquier persona hace con el periódico de la mañana. Sabía cuando traían a un nuevo preso, cuando bajaban los guardias, cuando había cambios de turno, o cuando estaban a punto de traerle esa sopa a la que llamaban comida. Aprendió a medir el paso del tiempo según las raciones que le llevaban y los cambios de guardia. Estimaba la duración de su cautiverio en ocho días, desde que despertara en el interior de la celda. A la hora esperada se oyeron los pasos para servir la cena. Normalmente era un solo hombre el que servía la cena a los presos pero podía distinguir dos pares de botas esta vez. Los pasos se acercaban a  la celda sin detenerse. Cuando estaban a pocos metros, Víctor se apartó de la puerta y se incorporó, era evidente que iba a tener visita. El cerrojo de hierro se descorrió tras ocho días de cautiverio. Una tenue luz inundó la celda. Víctor tuvo que protegerse los ojos usando la mano a modo de visera. 

-Venga sal de ahí. Vuelves a la colmena – dijo Jerry Vakt, uno de los guardias que habían abierto la puerta. 

No recordaba si eran los mismos que le habían llevado hasta aquel agujero, pero tampoco importaba, no les guardaba rencor. Para Víctor todos eran igual de culpables por colaborar con la organización. Echó a andar lo más dignamente que pudo. Todavía le dolía todo el cuerpo, y la humedad había entumecido sus articulaciones. Fue un gran alivio llegar al ascensor y volver a subir a la superficie del complejo. Jamás hubiera sospechado que ver aquella factoría le produjese felicidad alguna.
Jerry Vakt volvió a la celda que había ocupado Víctor para retirar las bandejas de comida, antes de que llegara el siguiente huésped. Sacó una linterna de mano de la parte trasera de su cinturón y pulsó el interruptor. 

-¡¿Pero qué demonios es esto?¡ – exclamó al iluminarse la celda.

Las paredes estaban cubiertas de dibujos trazados con sangre. La sangre de Víctor había servido de tinta, y las paredes de lienzo. Y dentro de aquel galimatías destacaba una palabra “Rache”. Durante los ocho días de cautiverio, había dejado constancia de sus delirios, sus ideas y sus temores utilizando aquellas bastas herramientas. 

Jerry, inquieto por el aspecto de la celda, recogió las bandejas y salió atropelladamente del calabozo. Cerró de un portazo, corrió el cerrojo, y empujó el carrito con la comida que debía repartir a los presos.

-Maldito loco del demonio – masculló mientras se alejaba.

-IV-

Víctor se tumbo en el jergón de su celda y se durmió inmediatamente. No sabía cuánto tiempo tardaría en sonar la dichosa alarma que les ponía en pie cada mañana. Tenía de descansar todo cuanto le fuera posible para reponerse de los sucesos de la última semana.

La rutina se repitió. La alarma atronó por todo el pabellón. Les siguieron los gritos de los guardias, ordenando que estuvieran preparados junto a la puerta de la celda en cinco minutos. No era necesario darse mucha prisa, de todas formas. 

Empezó el desfile en dirección a la factoría y al llegar, cada uno ocupó su puesto. Víctor apenas si podía seguir el ritmo de la cadena de montaje. Se mantenía en su puesto gracias a su fuerza de voluntad. Pasó las primeras horas concentrado en su trabajo, sin mirar siquiera a sus compañeros, que lo vieran irse unos días atrás acompañados de dos guardias. Cuando llegó la pausa para comer, se le acercó Vrithrom, un hombre rubio de unos cuarenta y cinco años y de baja estatura. 

-Víctor, ¿qué tal estas? – preguntó – Estábamos preocupados por ti. 

-Tranquilo amigo. Gracias por preocuparte. Todo está bien – respondió Víctor.

-Entonces ¿todo sigue igual? 

-Sí, por supuesto. Nada puede frenar ya la rebelión – dijo con voz firme. Inmediatamente hizo un gesto con la cabeza a Vrithrom indicándole que se acercaba una pareja de guardias.



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