El regalo prometido

- ¿Me la trajiste papá? – le preguntó con ojos brillantes el pequeño Timmy Claus a su padre.

- Si mi amor, al fin encontré el tamaño exacto, podrás volver a caminar – respondió éste con una gran sonrisa -. No pongas esa carita Cindy, también traje algo para ti - sonrió con un guiño el barbón.

Santa extrajo lo deseado: la pierna recién cercenada del último niño que había visitado para Timmy, y luego esparció el cadáver desmembrado y todavía caliente de otro niño de edad similar.

-¡Papá! ¡El puzzle que te pedí! - dijo Cindy boquiabierta.



Relato co-escrito con Mendiel 

Una Navidad inolvidable

- ¿Qué haces durmiendo? ¿Dónde está tu hermano?

- ¡Ha venido Papá Noel! Esperaba a que se marchase y me dormí.

- Venga, mamá no está para bromas. ¿Dónde está Iván?

- Estará escondido. Seguro que también lo vio. 

- Y dime, niñita imaginativa. ¿Cómo es eso de que has visto a Papá Noel?

- Lo vi entrar, como no tenemos chimenea, se coló por la ventana de la cocina. Luego se comió toda la comida que le dejamos. Más tarde lo vi andar hacia el salón... luego me dormí... ¡Llevaba un saco bien lleno! ¡Qué ganas tengo de ver lo que me ha dejado!



La ciudad de las langostas: Capítulo V

Patrick Cripple, siempre había sido hombre de férreos de principios, aunque rudo en sus modales. Era alto,  de complexión fuerte y de andares oscilantes.

Aquella fría mañana, sus pies hacían crujir la lluvia de la noche anterior  en su caminar por la acera.  Marchaba canturreando, para distraer su mente atormentada. El corto trayecto, que llevaba desde la casa destartalada donde vivía hasta su negocio de antigüedades, era una zona neutral que separaba, la seguridad de la casa de su indeseable destino. Porque Patrick Cripple, creía en el destino. Y estaba a punto de alcanzarle. Todo lo que había sido en su vida, todos sus actos y todos sus sentimientos, estaban a punto de colapsar y de freír su cerebro, hasta convertirlo una viscosa masa informe y humeante.

50 locas de Grey

Cortó la mano derecha de Grey con maestría, con la precisión de un cirujano. El muñón comenzó  a sangran enseguida, casi antes de que fuera consciente del dolor. 

Ella se la acercó a sus sexo, no le importó demasiado la sangre, tenia el periodo en esos días, y comenzó a frotar su clítoris con los dedos, todavía calientes, de su victima.

Grey se mantenía consciente, a pesar del calvario que suponía la herida abierta. Se aferraba a la esperanza de que pronto se desmayaría por la pérdida de sangre. Le repetía a su corazón que bombeara más rápidamente, pero parecía no hacerle caso.

Mientras tanto, reclinada sobre un diván, ella seguía utilizando su mano tan diestramente como lo hiciera él en la mejor de sus noches de lujuria.

- Oh cariño, ¿lo sientes como yo? - repetía ella sin parar.

La soledad del demente

Coordenadas: Calle Kuphor, 12. Toledo. Restaurante "Matzumuto". 21:00h.

- ¿Ha visto la carta? ¿Quiere pedir ya? - el camarero le miraba sonriente.

- Creo que sí. He visto que sirven salsa de rocoto.

- Efectivamente señor.

A pesar de que su español era perfecto, el fuerte acento japonés del camarero le contrariaba. Estaba sacandole de sus casillas, aunque hasta el momento tenía controlados sus tics. Se apresuró a pedir la cena para perder de vista a Yamato, el cual llevaba escrito su nombre en una tarjeta clavada en la pechera.

El banquete

Creedme si os digo, que siquiera Júpiter, portador de la égida, hubiera construido tan monstruosa obra. Las paredes tiemblan bajo los pies de una plebe, que está deseando mi muerte. Cándidas almas que olvidan sus míseras vidas durante unas horas disfrutando del sufrimiento ajeno. El emperador los distrae con juegos auspiciados por Marte. Y estoy yo bajo sus pies, bajo los muros de esta colosal obra del hombre, que aloja cincuenta mil gargantas en sus escalones de piedra. 

Fui arrancado de mi patria, donde fui rey. Pertenezco a un linaje que comenzó antes de que Saturno gobernara a los Dioses, y sin embargo, he sido reducido a la esclavitud, y en el día de hoy me darán muerte. 

Este imperio insalubre, que toma lo que le place, irrumpió en mi vida y la corrompió. Conocí entonces el desierto, el agua salobre del mar, los verdes y fértiles campos, y finalmente la oscuridad de la mazmorra. En las tinieblas he estado esperando mi momento. Pero antes de entregar mi vida, regaré la arena con la sangre de mis enemigos y arrojaré sus vísceras, todavía palpitantes, a los pies del altivo emperador.

Feliz aniversario

Tañó la campana de nuevo, resonando lánguida en sus oídos. Conocía el significado de aquel melancólico canto de sirena. Había llegado la hora. Quizás otras personas estuviesen impacientes ante la visita de un ser querido, al que no han visto en mucho tiempo. El júbilo invadiría sus almas ante tal expectativa. ¿Quién no renunciaría a algo por poder pasar algo más de tiempo con un ser querido? Pero Ricardo no era así. Él no deseaba este reencuentro. La inquietud turbaba sus sueños desde ya hacía más de una semana. ¿Qué podría decirle? Ya nada les unía, tan solo un turbio recuerdo de un pasado hecho de retales inconexos. 

Pero ella nunca faltaba a su cita.

La carta

El conocimiento os hará libres, dicen los filósofos. ¿Qué sabrán de libertad? Son solo personas aburridas que invierten su tiempo en elucubraciones. Demostraré en esta carta lo equivocados que están.

No mucho tiempo atrás llegó a mi poder una nota amenazante. Era tan breve como terrible. La deslizaron por debajo de la puerta  una noche cualquiera. «Te mataré antes de que termine el año». Ocho palabras que bastaron para hacerme perder el juicio. Dejé de salir a calle. Cualquier ruido, por inapreciable que fuese, me alteraba. Pronto consumí los escasos ahorros que tenía, y mi dieta ha sido muy pobre desde entonces. He cubierto los espejos para no encontrarme esa esquelética silueta deambulando por la casa.

Esa es la libertad que me ha proporcionado conocer mi apremiante muerte. Pero no le concederé por más tiempo el placer de torturarme. Este revolver pondrá fin a todo. Ha llegado la hora.

Floky

Fue tan terrible como inesperado. Aquellos seres aparecieron por todas partes mientras dormíamos. Al despertar todos teníamos alguno en nuestra casa. Reaccioné de forma extraña. El miedo a lo desconocido se fundió con la ternura, similar a cuando encuentras un cachorro abandonado. Salí de la cama horrorizado, pero sin poder refrenar mi curiosidad. 

Aquel ser, Floky fue el  nombre que posteriormente le di, estaba acurrucado en un rincón de la habitación. Parecía tan asustado como yo, e intentaba ocultarse tras un montón de ropa. A pesar de la escasa luz que provenía de una farola de la calle, sentí como nuestras miradas se cruzaban. Un escalofrío me recorrió, pero no pude detenerme. Me acuchillé frente a Floky, escasamente a un metro de distancia. Él comenzó a emitir unos extraños sonidos. Quizá estuviera hablándome, o tal vez gritaba de terror. Extendí con suavidad el brazo hacia él, hasta casi rozarlo. Movió su pequeña cabeza en todas direcciones, parecía buscar una salida con desesperación.

Infección

Fue aquella casa maldita la que perturbó mi mente. Infectó  mi inteligencia con la locura, y desde entonces ya no distingo entre sueño y realidad. Creo que ya no codicio la libertad. Quizás en otro tiempo la deseara, pero ya no. Este es mi hogar, y la locura me acuna por las noches.

Temo que algún día me abandone, aunque espero que  antes de que eso ocurra, salga mi encuentro la muerte. Ya no puedo vivir sin su compañía. Sin sus dulces caricias, que me hacen sonreír tras los barrotes de estas ventanas.

Una vez alguien me dijo que me marchara, que todavía estaba a tiempo. Sin duda fue una trampa para descubrir a los pobres de espíritu. Mi dama me ponía a prueba, solo pretendía certificar mi fidelidad. Y yo no le decepcioné. Le juré amor eterno, y solo el miedo a no ser correspondido me aparta de la felicidad más absoluta.

Escalera sin color

El salón estaba envuelto por una claridad espesa y lechosa. Apenas si podía recordar la noche anterior cuando abrió los ojos. Sentía cada parte de su cuerpo dolorida, «debió de ser una noche salvaje» pensó. Se incorporo en el sofá donde había pasado la noche, y se sirvió el poco burbon que quedaba en la botella en un vaso de plástico que encontró a mano.

Consultó el reloj de pulsera, eran las tres de la tarde. Descorrió las cortinas de terciopelo azul que ocultaban la ciudad. Con sorpresa vio que era de noche. Zarandeó su muñeca y golpeó con el dedo índice el cristal del reloj, pero este siguió dando las tres de la tarde. Lo desabrochó y lo dejó caer en el sofá. Saldría a comprar otro, se sentía descansado y no tenía asuntos que atender. Ya tenía las llaves en la mano cuando cayó en la cuenta. ¿De dónde procedía esa claridad lechosa? No había ninguna lámpara encendida en la casa, y fuera de ella, solamente la oscuridad de la noche.

Amordazados (Saga Oliver)

Solo el crujir de tablones rompía el silencio en el sótano de aquella casa. Amordazados y atados a sendas sillas, escuchaban las entrañas de la casa, que quejumbrosa, transmitía a quien quisiera oírla el nervioso devenir de su interior.

Habían aprendido a comunicarse tan solo con la mirada en pocos minutos. Pero sus ojos siempre repetían lo mismo, tengo miedo. El desenlace de su cautiverio se aproximaba tan rápido, que podía sentirse el viento que provocaba.


Arriba los tablones continuaban crujiendo. Nerviosa danza invisible, precedente a un obvio final. Abajo, los prisioneros compadecían de su aciaga fortuna. Maldecían en silencio, y luchaban contra sus ataduras, hasta desgastarse la piel.

Cuando las palabras no bastan (Saga Oliver)

- Está sentado al fondo, junto a la ventana.

- Gracias - dijo sin prestar atención a la enfermera.

- No estoy segura de que esto sea una buena idea señora...

Sara no se molestó en contestar. Recorrió el espacio que le separaba de aquel hombre de mirada perdida, y mente inaccesible. Los ojos del hombre, no podían apartarse del cartel que anunciaba  la llegada del Circo de las Sombras a Cave Weasel. A pesar de su aparente  tranquilidad, sus manos se aferraban con fuerza  los reposabrazos del sillón. La llegada de la mujer le provocó un pequeño tic en el lado derecho del labio superior. La medicación algunos efectos secundarios. Un eufemismo para esconder que provocaban estupidez temporal en el paciente. Quién sabe si crónica tras varios años  de tratamiento.

Vesanía (Parte II)

La vigilia terminó. La vida como la había conocido había llegado a su fin. Ahora solo conozco el frío. Habitaciones vacías, que no saben guardar silencio. Juegos de luces y sombras, deformados por un velo de irrealidad. Y momentos de calma corrompida por una fingida soledad.

¿Qué hay más allá? No reconozco nada. Ira, lujuria, retazos de alegría, locura. Nada queda. Escenarios vacíos, que no me son familiares, y a los que jamás regresaré. Nada perdura en este tránsito. Mi existencia se ha convertido en un desfile de sombras, en un teatro de marionetas. Me pregunto quién será el titiritero que las maneja. Un hombre o un demonio, o quizás un ser con varios rostros.

Vesanía

Ocurrió casi sin darme cuenta. Un día lo simplemente lo vi. Tenía la espalda apoyada contra la valla que separaba la calle del jardín de Drattyfield.  No iba a prestarle atención, no iba a hacerlo, pero cuando pasé junto a él,  oí una carcajada. Aquella risa pareció salida de una caverna oscura y sin fondo. Me estremeció de tal modo, que no me atreví a voltear la cabeza para mirarlo. Pero lo vi. No sabría explicar cómo sucedió. Yo miraba al frente, caminando tan rápidamente como mis temblorosas piernas me permitían.

Aquellos extraños ojos estaban clavados en mi espalda. Aquella mirada parecía saberlo todo sobre mi persona. Se burlaba de mi futuro. Se mofaba de mi muerte, ocaso de la vida tal como todos la conocemos. Su sonrisa era grotesca, llena de malicia. Su rostro había sido labrado con profundos y extraños pliegues. Su físico no podría definirse como humano. Era algo indefinido, pero evidente para un buen observador.  Luego guardó silencio. Solo aquella risa. Una carcajada que volví a escuchar en mis sueños aquella misma noche. Y la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente...

Huellas en la nieve

Pensaba en el café caliente que había tomado aquella mañana. En el agradable tacto de la taza en las yemas de los dedos. Pensaba en el bullicio del comedor durante el desayuno. La felicidad estaba tan próxima, y a un mismo tiempo tan lejana.

Era de noche, y tumbado boca arriba contemplaba las estrellas. Hacía más de una hora que se había derrumbado. El frío y el cansancio habían ganado la partida, se decía resignado. Intentaba engañarse a sí mismo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Solo deseaba que la muerte le encontrase antes que aquel horrible monstruo.

En tierra os convertireis

El frío tacto de las cadenas todavía me hace estremecer. La rutina no ha apaciguado mi alma, solo la muerte lo hará. Víctima o verdugo en este juego delirante. ¿Qué importa ya si vivo o muero?

Comenzó hace unos meses, como un rapto más. También yo pensaba que era más inteligente que el resto, que a mí no me sucedería...

Los cadáveres nunca han sido encontrados. Ahora ya sé porqué. Es mejor que tú no lo sepas. No imaginarias que formas de placer puede hallar un hombre. Ahora que has encontrado esta nota, no intentes buscarme. Ya habré muerto. Corre tan lejos como te permitan las piernas, porque el mal que acecha esta negra tierra, habita bajo tus pies. 




La ciudad de las langostas: Capítulo IV

01/07/2015

Bajé las escaleras dispuesto a tomar un buen desayuno. Todavía me costaba mantener los ojos abiertos y los frotaba de forma compulsiva cada poco tiempo.

- Buenos días - dije -. ¿Qué tenemos hoy para desayunar?

- ¿Desayunar? ¿Pero de qué guindo se ha caído este? - preguntó al hombre que estaba sentado en la barra a mi derecha.

- ¿Qué hora es? - pregunté un poco avergonzado. 

- Son las cuatro de la tarde, amigo. Hasta las ocho no serviremos comida - añadió socarrón.

Tempus ex machina

- Buenas tardes Alonso. No lo vas a creer, pero acabo de viajar en el tiempo.

- ¿Qué tonterías dices? Eso es imposible.

- ¡Claro que sí! Yo soy la prueba. Te lo demostraré.... El partido de esta noche, puedo darte el resultado.

- Eso no demuestra nada. Podrías ser vidente.

En mi cabeza

- No se callan. Son como cucarachas arañando mi cerebro.

- Entonces, ¿no oye voces? ¿Solo le duele la cabeza?

- Ellos... ellos dicen cosas, pero no hablan

- No entiendo, ¿cómo pueden decirle cosas sin hablar?

- ¡¿Y eso qué importa?! Ahora me dicen que le mate.

Thorenor

- Soy Thorenor, hijo del rey enano de las Montañas de Hierro. ¿Podríais indicarme el camino hasta la fortaleza de Blackwoll? - preguntó el caballero a un campesino que trabajaba junto a la calzada.

- Debe seguir ese camino durante unas pocas leguas más, príncipe Thorenor - se afanó en responder.

- No me llames príncipe. Para los enanos, o se es rey, o solo un vasallo -dijo bastante molesto.

La venganza invisible

TRANSCRIPCIÓN DE LA DECLARACIÓN DE ALISSA JULIA ROBERTSON:

Ya saben lo ocurrido ¿no? Yo llegué a la fiesta cuando había empezado. Hasta olvidé traer mi regalo... para el juego. Llegué y me puse a beber. ¿No van a detenerme por eso, ¿verdad? Todos los jóvenes lo hacen... solo fueron unas copas, lo prometo. 

Sí, claro, el asesinato. No recuerdo gran cosa, estaba medio pedo... De repente Josephine gritó. No dijo nada, solo era un grito. Todos fuimos corriendo a la cocina, y allí estaba. La señora Adler estaba en el suelo, ensangrentada, inmóvil. Fue horrible. Yo también me puse a gritar. Ahora lo pienso y debí parecer una tonta. Luego me eché a llorar, y nada más. No recuerdo más que eso. Luego toda la casa se llenó de policías, de ruido y de sirenas. Me dolía mucho la cabeza... pero ya no, ya se me ha pasado la resaca.

Un mundo sin tiempo - El espejo capítulo IV

Los pasos resonaban dentro de aquella gran sala de suelo de mármol. Pensó que jamás había visto nada igual, aunque en realidad, no había visto nada en su corta vida. Tan solo el interior de aquella casa, que ya no era suya.

Siguió avanzando hasta el altar, dejando unos viejos bancos de madera a cada lado. Eran viejos, desvencijados, pero tampoco en su mejor momento debieron ser gran cosa. Sin embargo, al llegar al altar, no pudo evitar dejar escapar un «oh». Allí todo era dorado y brillante. Estaba limpio, y la luz que se colaba a través de las vidrieras confería a aquel espacio sagrado una atmósfera irreal.

El viaje de un astronauta afortunado.

-¿Puedes creerlo? Han sorteado un viaje para viajar a Marte. ¿Qué clase de broma es esta? Antes los requerimientos para realizar viajes espaciales eran altísimos. Y ahora vale menos que un billete de autobús.

-Venga papá, no te enfades por eso. Los tiempos cambian. Ese hombre no habrá tenido más que abrocharse el cinturón y disfrutar de las vistas. Habrá otros dirigiendo la nave.

-¡¿Abrocharse el cinturón?! Seguro que no sabe ni subirse la bragueta.

El reloj de cuco

Aquel maldito reloj nunca callaba. Su tic tac me golpeaba una y otra vez, haciendo mella en mi mente, moldeándola a su antojo, como hace el agua con las piedras más duras. Posiblemente, yo no fuera tan duro como esas rocas, ese maldito reloj no necesitaría de siglos para erosionar mi razón.
Tic tac, tic tac, me repetía a mí mismo, intentando acallar, o quizás imponerme sobre el del maldito reloj. Pero el suyo era un sonido quejumbroso y oscuro, que yo no podía acallar, más bien, le hacía los coros, me convertía de este modo en un artista secundario en mi propia obra.

Pájaro de ébano

El cuervo sobrevuela la habitación,
Solo busca un cambio en mi condena,
Miel dulce para mis labios,
Una resaca para mi corazón.

Olvidé su rostro, escondido por el tiempo,
Cumbre de mi infinita amargura,
Hogar del pájaro o demonio,
Del que no puedo escapar.

El autógrafo

No esperó a que la película terminara para abandonar la sala. Estaba enfurruñado. Era un gran cinéfilo, pero las producciones modernas no le satisfacían, añoraba los viejos tiempos. El cine clásico era su verdadera pasión. Casi a diario visionaba una y otra vez viejas cintas. Quedaba absorto por la historia, y la paladeaba como un verdadero sibarita.

Al abandonar la sala, entre quejas de los espectadores de su fila, se detuvo  ante un tablón que anunciaba los próximos estrenos. No tenía grandes esperanzas en encontrar algo interesante.

Pero su suerte había cambiado por una vez. El mal humor se transformó en ilusión al ver aquel rostro. Tras cincuenta años de ausencia, su actor favorito, volvía a aparecer en una película. ¡Era increíble! Su corazón comenzó a golpearle desde su interior tan fuerte, que creyó que terminaría por romperle los huesos. Anotó a fuego en su memoria el día del estreno. Aquel día sería especial, sería un día que recordaría para siempre. Después de todo, la tarde no había ido tan mal. Ya ni siquiera recordaba el título del bodrio que había dejado a mitad en la sala número seis.

En la oscuridad

El crujir de la madera, el goteo de una tubería y el hedor a fruta podrida, eran la única realidad que conocía desde que llegara a aquel lugar. Aquel era un sitio húmedo, de paredes rugosas y desniveladas, de techos bajos y espacio más bien reducido. Todo parecía preparado para el completo malestar de su inquilino. La comida le llegaba desde arriba. Se abría una trampilla y oía el golpe de un bote contra el suelo. Entonces tenía que tantear con la mano hasta encontrarlo. Si era afortunado, el bote estaba intacto y podía comer de su interior usando su mano a modo de cuchara. Si no lo era, el bote se rompía en la caída, y la comida quedaba esparcida por todas partes, sumándose a la podredumbre del lugar.

El monasterio del silencio

Fray Enrique se levantó rutinariamente a las seis de la mañana. Era el más madrugador de todos los frailes. No por necesidad, sino por puro placer. Disfrutaba de su trabajo en el huerto del monasterio. Saboreaba con placer los primeros rayos de sol de la mañana. "A esas horas, uno puede ver como crecen las plantas", se decía a sí mismo. 

Era invierno, y todavía no había amanecido cuando llegó al huerto. Tampoco le importó, cogió su pequeña azada y comenzó a retirar las hierbas alrededor de las tomateras.

Carpe diem

- Ya está, ha muerto - dijo el hombre de traje azul marino que estaba acuclillado junto al cadáver.

Los demás, reunidos entorno a él formando un semicírculo, asintieron. Uno tras otro, dieron media vuelta y abandonaron con parsimonia la escena del crimen.

Cuando todos se habían marchado, rebuscó en los bolsillos de la chaqueta del muerto. Sacó la cartera y un manojo de llaves y se las guardó. Su traje azul no difería en nada del suyo. Unos gemelos dorados eran lo único destacable en aquel uniforme intemporal. Su rostro, aún después de muerto, reflejaba el terror de un hombre sin futuro.

El hombre enjaulado

03/03/215

La trampilla se abrió de nuevo. El olor a podredumbre se coló en la celda antes que la comida.

-Ahí tienes lo tuyo degenerado - dijo una voz masculina desde el otro lado de la puerta. Dicho esto, volvió a cerrar la trampilla y sus pasos se alejaron.

Fritz dejó transcurrir unos minutos antes de ir  a recogerla. Prefería oler la comida, su sabor no era para nada de su gusto. De todos modos, la ingería a diario, sin dejar una miga, sin desperdiciar una gota.

Noche sin luna


24/02/2015

La noche sin luna desteñía sus cabellos. Diluido en la multitud, nada lo distinguía de los demás. Solo era un caminante entre tantos otros, en aquella populosa ciudad, en una noche cualquiera. 

Pero su noche nada tenía que ver con las otras. No era efímera, ni joven, y nada deseable. La suya era una noche fría, persistente, protectora del dolor de su alma.

Le resultaba difícil calcular cuanto tiempo había transcurrido desde que le sobreviniera la noche. En realidad eso tampoco importaba. En un mundo estático no existía el futuro ni el ahora. Tan solo el recuerdo. Pero también la noche le protegía del él. Le protegía de aquello que se hubiera convertido en su única certeza y referencia, y que habría derivado en locura desde aquel primer y único momento.

El circo de las sombras

22/02/2015

El circo había llegado a la ciudad de Blouton Dale. La avenida principal se había llenado de carteles coloridos durante la noche.  Ya nadie tenía interés por el circo, tan solo subsistía gracias a los niños. Ellos traían de la mano a sus padres. Pero incluso los niños, ya no sentían afección por el mayor espectáculo del mundo. Ahora era denostado como un entretenimiento menor y arcaico.

Sin embargo, este no era un circo como todos los demás. El Circo de las sombras no prometía diversión ni risas. Esos tiempos habían quedado atrás con la muerte del viejo Guigha. Él fue un payaso de los de antes, de los de nariz roja y zapatones. Pero con su muerte, Marcel  heredó el circo.

Secuencia final

Sintió palidecer su alma aquella mañana de otoño. Se sentó frente al televisor, como cada día antes de ir al trabajo. En todos los canales aparecía la misma noticia. Reporteros en la calle narraban el sentir de la gente, mediante entrevistas fugaces a los transeuntes. 

Arrojó la botella de cerveza, que se estaba desayunando, contra el cristal del televisor con todas sus fuerzas. 

-Hoy iré a por otro, siempre he querido tener uno de cuarenta pulgadas - dijo en voz alta.

El teatro del destino

13/02/2015

El hombre está sentado en la escalinata del viejo teatro de Blouton Dale. Su tez, bañada por lágrimas de lluvia, delata su impaciencia. Toda su vida ha estado esperando este día, porque el hombre, conoce su destino. 

En la solitaria noche espera a que algo ocurra. Su vida ha sido larga y tediosa. Nunca ha querido aprender, y ha tratado de olvidar todo cuanto sucedía, pues nada tenía que ver con su destino.

En el viejo teatro se oyen unos pasos. Algunos creen que está habitado por un hombre, por un viejo mimo. Pero es solo una leyenda, nadie ha visto jamás a aquel viejo, después de que todo ardiera.

Yo, espíritu

04/02/2015

Atravesaron el umbral. Una mujer, de gesto avinagrado, les indicó con un gesto que esperaran la llegada del brujo. Tras los cortinajes de terciopelo verde, que separaban la entrada del resto de la casa, se escuchaban varias voces, aunque era imposible distinguir sus palabras. Parecían irritados, y durante algún tiempo, pensaron que llegarían a las manos. La mujer que había abierto la puerta, asomó la cabeza entre las cortinas y las voces callaron. Un silencio sepulcral se apoderó de la casa. Podía sentirse el crujir la madera en aquel viejo caserón. La cabeza de la mujer regresó a la entrada indicándoles que pasaran, mediante un susurro inaudible.

Encontraron una gran sala vacía, excepción hecha de una mesa redonda de tamaño medio, rodeada por cinco sillas viejas, fabricadas con madera de roble.

La factoría

25/01/2015

-I-

El coronel Podoriak miraba a través del cristal. Oculto tras el  espejo contemplaba la inmensidad de la fábrica. El ruido atenuado de las máquinas, resonaba en aquella sala como el latido de un corazón en plena carrera.  Parecía satisfecho de lo que estaba viendo. Tras unos pocos minutos, se dio la vuelta y miró al capitán Bleichne.

-Bien, ¿qué tal evoluciona el preso 7351/19? – preguntó.

Bleichne se inclinó sobre su despacho buscando el informe solicitado. No era un hombre muy disciplinado, ni tampoco un ferviente seguidor de los dogmas del gobierno. Pero su puesto le permitía ser violento con los presos, y aquello le encantaba. Disfrutaba de su trabajo, excepto en las contadas ocasiones en las que algún superior se pasaba por allí, para darle dolor de cabeza.

La marca del arlequín

18/01/2015

Eric esperaba en la acera, junto a una pastelería de la calle Blarhta. Para entretenerse, miraba el escaparate de la tienda, con la frente apoyada en el cristal. Los dulces tenían una pinta fantástica, no podía dejar de mirarlos, como cuando era un niño regordete. Se deleitaba tan solo con imaginar que sabor tendría cada uno, en función de su textura y color.

-Hola Eric, ten cuidado, no vayas a romper el cristal. – dijo alguien  interrumpiendo sus pensamientos. Eric se volvió al reconocer aquella voz familiar. Hacía meses que no había visto a Víctor. Desde que este marchara a la universidad, no se habían vuelto a ver. Víctor parecía cambiado. Su modo de vestir, incluso su peinado eran diferentes.

La sombra

09/01/2015

Despertó tras una terrible pesadilla. No podía recordarla, pero todavía podía sentir el miedo. Era un temor irracional, imposible de describir y, sin embargo, tan familiar. Después de padecer aquellas pesadillas, se quedaba paralizado, incapacitado, con la mirada perdida. Era difícil calcular la duración de las  parálisis. En una ocasión permaneció alrededor de  treinta horas postrado en la cama, sin mover un solo músculo. Tuvo tiempo de pensar, de sentir. Fue consciente de cada corriente de aire, de cada partícula flotando en la habitación. Sintió la ingravidez de su cuerpo inerte. Reparó en la grandiosidad del cosmos, de las fuerzas ocultas que se hallan fuera de la comprensión del ser humano. Entendió entonces, que también las pesadillas formaban parte de ese universo, del que nada puede escapar, ni dejar de formar parte.

Creadores de destinos

07/01/2015

-I-

Víctor despertó con un fuerte dolor de cabeza. Lo que pudo ver le recordó un quirófano. Estaba tumbado, mirando al blanco techo de la estancia. Las paredes eran verdes, sin decoración alguna. El único mobiliario visible eran unas vitrinas hechas de metal y vidrio, que contenían utensilios médicos. Sobre él colgaban unos potentes focos, que desprendían un calor abrasador. Se sintió atado de pies y manos, lo que aumentó su nerviosismo. Todavía desconcertado, no tardó mucho tiempo en recibir visita; debían de haber estado observándole a través de alguna cámara instalada en aquella habitación.