La isla de Psiche: Capítulo IV: Tacet larvis

27/12/2014

Aquella noche dormí en el bosque. Temía que Morgan hubiera advertido a algún conocido sobre su visita a mi cabaña. Preparé una bolsa con víveres, agua y ropa de abrigo y me adentré en el bosque. Durante varios días estuve alerta, pasaba el tiempo vigilando el camino que traía hasta la casa. Mi estancia en el bosque fue de lo más desagradable. El frío y la humedad me calaban hasta los huesos. La comida se descubrió insuficiente tras un par de días de acampada. Tuve que racionarla y complementarla con algo de caza menor y raíces que pude encontrar. Créanme si les digo, que por nada del mundo volvería a repetir aquella dieta.

Pasados varios días, llegué a la conclusión de que nadie había salido en mi búsqueda. Jason debió dirigirse aquí fruto de su ira, sin meditar en absoluto las consecuencias de sus actos. Cuando este razonamiento se asentó definitivamente en mi inteligencia, decidí que lo más conveniente sería continuar con mis actividades cotidianas, y regresar al pueblo al final del verano, tal y como estaba previsto.

Paradójicamente fueron mis días más felices en aquella isla. La tranquilidad de aquel bosque solitario y la satisfacción de mi victoria sobre Jason Morgan, apaciguaban mi alma a partes iguales. Sin embargo nunca dejé de pensar en aquella misteriosa puerta, que tanta desazón había causado durante mi último mes de estancia en casa de los Clarke.

* * * * * * *

Era principios septiembre cuando volví a la casa. Me sorprendí al encontrarla vacía. No dejé pasar la oportunidad. Fui directamente hacia la puerta. Esta vez no pensaba marcharme de allí sin traspasar el umbral. Busqué una maza y la golpeé hasta que rompí la cerradura. El miedo a ser descubierto era ya cosa del pasado. Mi confianza había crecido hasta límites que jamás había podido imaginar. Abrí la puerta de una patada y por fin penetré en la misteriosa estancia. A primera vista era una habitación como cualquier otra. Llena de polvo y telarañas, pero en nada diferente a otras que había visto en la casa. También sus muebles guardaban consonancia con la decoración de las otras habitaciones. Junto a la ventana tapiada, que había intentado asaltar meses atrás, había un escritorio con una lámpara de gas arrinconada en la parte derecha, contra la pared. El resto de la mesa contenía infinidad de libros esparcidos en completo desorden, apilados asimétricamente, algunos de ellos abiertos. La pared de la derecha estaba cubierta por grandes estanterías, que se extendían hasta el techo de la habitación. En frente, pegada a la pared opuesta, una cama sin hacer. Debió usarse por última vez en otoño, a juzgar por el grosor de las mantas. No había mucho más mobiliario en aquella habitación, excepción hecha de un viejo balancín de madera. 

A pesar de la aparente normalidad, había algo que me resultaba extrañamente familiar entre aquellas paredes. La parte más interesante me pareció la biblioteca, así que comencé a  ojear los volúmenes que se apiñaban con cierto desorden en las estanterías. Junto a libros de lectura corriente, había entremezclados otros como el Tacet larvis. Ha llegado a trascender que en  este libro se narran leyendas, aunque otros autores las consideran historias reales, de los hombres sin rostro. Estos relatos, han sido tomados como base fundamental sobre la que se sustenta el rito de los seguidores de las máscaras. Esta logia o dogma rinde culto enfervorizado a los hombres sin rostro. Jamás persona alguna ha presenciado tales ritos, mas es ampliamente aceptado, que los ritos se relatan con gran detalle en su libro sagrado, el Tacet larvis. Aquel libro requirió de mi atención por encima del resto. No solo por su contenido, que tan atrayente resultaba para un profano como yo. Sino también por su encuadernación. Recorrí con el índice de mi mano derecha el lomo del libro. Su tacto era esponjoso pero rugoso a un mismo tiempo. Al pasar el dedo noté  unas inscripciones que a simple vista no era posible detectar. Al tiempo que iba recorriendo la inscripción, se iban formando las palabras en mi mente. Caí en la cuenta de que mi cerebro  finalizaba las palabras incluso antes de haberlas terminado de recorrer con el dedo. En poco tiempo me  encontré recitando el texto completo. Lo conocía de memoria.

Miles de imágenes y recuerdos se acumularon en mi cerebro. Cada segundo de mi vida fue restituido a mi mente. Podría atribuirse este hecho a la magia del libro, aunque tampoco es conclusiva esta tesis. Ya que, volver a la habitación en la que había pasado mi infancia, pudo sin duda activar algún resorte que desencadenara la recuperación de mi memoria.

Con que clarividencia se desplegaban ante mí los acontecimientos ahora. Lo que había sido ignorancia y oscuridad unos pocos minutos antes, se transformó en luz y conocimiento. A mí acudieron la muerte de Victoria, nunca debió rechazarme. Su falso arrepentimiento no pudo salvarla. ¿En verdad pensó por un momento qué sus suplicas harían mella en mi espíritu? También rememoré la venganza de Jacob. Esta vez con extrema claridad.  Sentí sus golpes en mi rostro, y como casi muerto, me arrojó al mar.
Un tanto aturdido, me senté en el viejo balancín. Comenzó a crujir con cada movimiento producido por el impulso de mi cuerpo. Me sentí reconfortado por el balanceo, y fui asumiendo toda la información que acababa de recibir. 

No sabría concretar cuanto tiempo transcurrió hasta que alguien regresó a la casa. Unos pasos se acercaban por el largo pasillo. Ya podía notar la presencia cerca de la puerta. Los pasos se detuvieron unos metros antes, solo por un momento, haciéndome saber que la duda, o quizás el miedo, acompañaban mi visitante. La silueta de la señora Clarke cubrió parcialmente el hueco de la puerta, que permanecía entreabierta.

- ¡Oh, dios mío! – dijo con estupor mientras se cubría la boca con su mano derecha. 

- Hola madre, te estaba esperando. 

-Veo que has recuperado la memoria, hijo. – su voz sonaba insegura.

-Pasa y cierra la puerta, por favor. Tenemos algunos asuntos que resolver. – dije con cierta soberbia.

La mujer cerró la puerta tras de sí, sin pronunciar queja alguna. Estaba dispuesta para expiar sus pecados. Quedamos frente a frente durante un tiempo indeterminado. En silencio, mirándonos a los ojos, intentando escrutar nuestro interior.

-He matado a ese maldito Jacob Morgan. Fue en defensa propia. Aunque comprendo su odio hacia mí. Asesiné a su prometida, yo hubiera.

-¡¿Por qué lo has hecho?! Habíamos conseguido ser felices, éramos una familia. – comenzó a llorar desconsolada ocultando su rostro tras sus manos.

-Yo nunca hubiera podido ser feliz. Durante este tiempo he notado un vacío en mi interior. Creo que en el fondo conocía mi esencia y he estado luchando contra ella. Sin embargo, ahora me siento en paz.

-¿Cómo hemos llegado hasta aquí, Jeremy? Me costó tanto convencer a nuestros vecinos de que te perdonaran. De que no eras la misma persona que había matado a Victoria. Hacerles entender que no recordabas nada de lo ocurrido, que su corazón era bueno y puro ahora.  Y estaba siendo así. Tenía que ser así. – volvió a echarse a llorar, su alma estaba rota. Había sido duro perder a su hijo una vez, pero perderlo una segunda vez la destruir

-No permitiré que sufras más madre. – dije levantándome del balancín. Me acerqué para abrazarla. Me rodeó con sus brazos entre llantos. Fue escurriéndose entre mis brazos, sin vida. Había llegado el momento de abandonar aquella isla.

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