La isla de Psiche: Capítulo III: Victoria

27/12/2015

Tras varias horas de marcha me sentí hambriento en extremo. Ya había amanecido y se me ocurrió intentar cazar. No era un experto cazador, pero durante el tiempo vivido en la cabaña, había hecho grandes progresos. Con una cuerda que llevaba conmigo conseguí fabricar tres trampas de lazo. Las escondí en lugares que parecían transitados por animales con  cierta asiduidad. Las cubrí con hojas secas, hasta que no pudieron distinguirse del resto del terreno, y me senté a esperar. Después de una larga noche de marcha sin descanso, el cansancio se apoderó de mi cuerpo. En pocos minutos quedé dormido y volví a soñar con la insondable puerta.

Esta vez los sueños fueron más extraños. Me veía a mi mismo abriéndola. Introduciendo con sigilo mi cabeza dentro de la habitación. Esperando encontrar algo espantoso en el interior. Pero en mi sueño todo era oscuridad.
No distinguía objeto alguno, tan solo un sonido constante y repetitivo. Podría asegurar que correspondía a la oscilación de algún artefacto hecho de madera. Al margen de eso, nada más podía conjeturarse. Al permanecer allí de pie, en la oscuridad, una sensación de desamparo y pérdida se apoderaba de mí.

Abrí los ojos sobresaltado, no sabría concretar si la causa fue la pesadilla o  los gritos de dos ardillas que habían caído en sendas trampas. Cuando retomé el dominio sobre mis sentidos, corrí hacia las trampas antes de que los roedores escaparan. Así fuertemente al primero de ellos y con un certero corte le quité la vida. Mientras cocinaba la primera ardilla en la lumbre, que a duras penas había conseguido encender, comencé a pensar en mi sueño, en los sentimientos que en mí provocaba. Me sentía sobrecogido al abrir aquella puerta, pero al penetrar en la habitación, a pesar de la insondable oscuridad, mi alma sentía el cálido abrazo de la cotidianidad. Aquella sensación tan extraña como real, creaba un conflicto interno dentro de mí. Nunca antes me había sentido así. Sin embargo, desde la irrupción de aquella puerta en mi vida, todo se había vuelto turbio e ignoto. No encontraba estímulo que apartara mi conciencia de aquella puerta. No conocía el reposo ni la quietud.

Envuelto en estos pensamientos y en otros parecidos no presté atención a mis actos. Mis manos actuaban al margen de mis pensamientos en aquellos momentos de introspección. Cuando abandoné mi trance, descubrí con que crueldad había actuado. Clavada al suelo mediante cuatro pequeñas estacas, que había fabricado con increíble maestría, estaba la segunda ardilla. Practiqué las incisiones con tal habilidad, que el desgraciado animal todavía seguía con vida. Sentí cierto placer malsano en mi fechoría. Tuve sentimientos contradictorios, que derivaron en una crisis nerviosa. Sentí la necesidad de levantarme, de convulsionar, de gritar al viento mi ira. Tras un minuto frenético, durante el que actué de modo tan extraño, que a vuestros ojos parecería el más loco de los hombres, caí exhausto al suelo. Entre jadeos y desorientado, me recosté en el tronco de un árbol cercano para recuperar mis facultades. Una vez calmado, cené rápidamente y apagué el fuego. Si andaba deprisa, la noche siguiente podría dormir en una cama, después de tres días de intensas caminatas.

No fue hasta la tarde del siguiente día que arribé a la cabaña. Tuve aun que salir con las ovejas, pues llevaban varios días sin comer. Al volver, presa del agotamiento, me acosté en el catre sin quitarme siquiera los zapatos y me dormí al instante. Desperté al día siguiente sin sentirme bien y decidí pasar el día en la cabaña. Calentándome gracias al sol y bebiendo cerveza. Si algo bueno tenía aquella cabaña, era un gran tanque de cerveza, que encontré a rebosar a mi llegada. 

-¡Maldito desgraciado! 

Una voz había surgido del bosque. Siguiéndola de cerca, llegó una andanada de piedras. Muchas quedaron cortas, pero una me golpeó en el hombro izquierdo. Abandoné el confort de mi butaca para dar un salto y ponerme en guardia. 

Me protegí tras un grueso pilar de madera que sostenía el porche de la cabaña, donde esperé a que el asaltante diera la cara. Al fin apareció. Debí haberlo imaginado, Jacob Morgan volvía a cruzarse en mi camino. 

-¡No te escondas! – volvió a gritar. - Esta vez acabaré contigo. Sabía que volverías a hacerlo. Te he estado vigilando, ¿sabes? 

-¿Pero de qué me estás hablando? ¡Solo quiero que me dejes en paz loco del demonio! – respondí desde mi parapeto.

-Que importa eso ya, ¡Voy a matarte! ¡Voy a matarte! – terminó su macabro discurso con una prolongada risotada que me heló la sangre.

Jacob cargó contra mí, con tal virulencia, que el suelo tembló bajo sus pies. Pensé que la muerte al fin me había dado caza. Pero pude esquivar su primera embestida y pasó corriendo a mi lado, terminando por caer de bruces contra el suelo. Había superado el primer contratiempo. Pero aquel hombre no iba a rendirse. Huí hacia el establo, corrió tras de mí. Yo recordaba haber dejado una pala al volver la esquina. Me detuve y la cogí confiando en que decantaría el combate con aquel golpe. Si fallaba, mi muerte sería segura.

Torció la esquina casi sin darme tiempo para prepararme. La pala cortó el aire con un sonido peculiar e impactó certeramente en la testa de mi agresor. Se tambaleó y terminó por fin cayendo al suelo. Aproveché para golpearle nuevamente. Se cubrió con el brazo, impidiendo un golpe mortal. Pero su derrota era cosa hecha. Sin fuerzas para volver a ponerse en pie, fue presa para mi ira. En un último esfuerzo, desprotegió su cabeza alargando el brazo. Intentaba agarrar el colgante que pendía de mi cuello, y que ahora se balanceaba ante su vista debido a los desmanes de la batalla. 

Asesté entonces el golpe de gracia. Justo en aquel momento, una última palabra surgió de su boca, «Victoria». Continué golpeándole con la pala todavía durante algún tiempo. Su cuerpo yacía ya sin vida, pero eso no me importaba. Había despertado algo en mi interior con aquel nombre.  Mientras le golpeaba una y otra vez, se me aparecían imágenes extrañas y aterradoras. Me veía empujado al mar desde la cubierta de un barco. En mi caída arrancaba el colgante del cuello de mi asaltante. Del cuello de Jacob Morgan. 

No sabría concretar durante cuánto tiempo estuve golpeando aquel cuerpo inerte. Cuando me detuve, apenas si podía reconocerse un cuerpo humano en el interior de aquellas ropas ensangrentadas. Sin embargo, no sentí repulsión, en realidad me sentía eufórico. Una sensación de fortaleza y plenitud recorría mi cuerpo.

Canalicé esta energía deshaciéndome del cadáver. Cavé en medio del bosque una profunda zanja y arrojé el cuerpo dentro. Volví a rellenarla con tierra y cubrí la tierra removida con hierba y matorrales. Seguidamente limpié la sangre junto al establo. Todo quedó tal cual había estado siempre, no había rastro de la pelea. No pude dejar de estar satisfecho de mi trabajo, una vez  terminado.

Pronto aquella sensación de embriaguez finalizó. Mis pensamientos volvieron al recuerdo en el que Jacob me empujaba al mar. ¿Sería un recuerdo real, o fruto de mi imaginación? Yo había aparecido en la playa, golpeado y con el colgante en mis manos. Ese mismo colgante que Morgan pareció reclamar con su última palabra. ¿Cómo sino conocía la inscripción? ¿Acaso Jacob y James no son el mismo nombre? ¿Era aquel James que mencionaba la inscripción? ¿Y qué tenía todo aquello que ver conmigo? 


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