La isla de Psiche: Capítulo II: La habitación hermética

27/12/2014

Llevaba casi un mes viviendo con los Clarke cuando caí en la cuenta de aquella puerta. No tenía nada de especial, era como todas las demás. Había pasado delante de ella infinidad de veces, pero jamás había llamado mi atención. No sabría decir que me impulsó a fijarme en ella. Me detuve frente a la puerta, embaucado por su opacidad. Tras un par de minutos de ensimismamiento, comprendí porque la miraba. Nunca había sido abierta en mi presencia, a diferencia del resto. No se hablaba de ella, ni se hacía referencia en modo alguno. En cierto modo, era como si no existiera, como si yo fuese la única persona que pudiese verla.

Mi imaginación se disparó. Cuando tenía cualquier momento, pensaba en el posible contenido de la habitación. Tal vez fuera una mazmorra, o un lugar para realizar extraños cultos a divinidades monstruosas. Aunque la lógica me decía que debía tratarse  de un trastero donde guardar cosas viejas.

De vez en tanto, me descubría a mi mismo delante de la puerta, obnubilado, sin encontrar razón alguna. En cierta forma estaba obsesionado con aquella puerta y comencé a preocuparme. Tomé la decisión de evitarla lo más posible, teniendo en cuenta que se encontraba en el mismo corredor que mi habitación. Incluso creé una especie de ritual para no encontrarme nunca cara a cara con ella. Recorría partes del pasillo de lado o de espaldas. Contaba los pasos, y mis movimientos los tildaría de ceremoniales. Sin duda, una escena absurda para un extraño.

Durante un tiempo mi rutina fue efectiva. Evité de esta forma quedarme plantado ante aquella puerta, esperando quizás, a que se abriese sola. No obstante, el ritual no hacía más que recordarme su presencia, por no mencionar el riesgo a ser descubierto por los Clarke mientras lo ejecutaba. Me tomarían por un demente. Y nadie quiere tener a un trastornado bajo su mismo techo.

En un intento de terminar con aquella obsesión, decidí mudarme temporalmente a una pequeña cabaña al norte de la isla, con la excusa de encontrar un mejor pasto para el ganado. El rebaño de ovejas de los Clarke no era grande, como nada en aquella isla. Se trataba de unas cuarenta ovejas lanares, con las que recorrí a pie en un par de días la distancia hasta la cabaña.

Para mi agrado, el establo se conservaba en perfecto estado, apenas si tuve que reparar un par de goteras en el tejado y todo quedó listo. Después limpié la cabaña, que aunque en perfectas condiciones, estaba sucia tras tantos meses deshabitada.

 A partir de aquel momento mi vida se tornó más monótona si cabe. Mi única dedicación, al margen de salir con el rebaño, era tumbarme en la cama a imaginar historias. Cuando los días eran soleados, me sentaba en una vieja silla de madera. Me deleitaba con la brisa primaveral y la luz del atardecer. La paz me acunaba en su regazo y me sentía liberado de mis pesadillas, pero al llegar la noche, la puerta reaparecía en mis sueños.

Harto de soportar aquel desasosiego,  tracé un plan que terminara con mi zozobra. Viajaría de vuelta a la residencia de los Clarke. Entraría en la casa cuando estuvieran ausentes y asaltaría aquella maldita habitación. Solo así mi alma se sosegaría.

Decidí atravesar esta vez los campos de labranza, acortando así en media jornada el camino. El ansía me empujaba y a la vez demandaba premura a mis actos. Al llegar la noche, me detuve a descansar debajo de un árbol y rendido por el cansancio me quedé dormido.

-¿Se puede saber qué haces durmiendo en mis tierras? – dijo una voz en medio de mis sueños.

Abrí los ojos y mis peores temores se confirmaron. Jacob Morgan me miraba desde las alturas. Me sentí empequeñecido y menospreciado por aquel gigante del demonio. Apreté el puño conteniendo mi rabia antes de responder.

-Discúlpame Jacob. Me extravié y al llegar la noche busqué un sitio donde dormir. No tenía idea de que estás tierras fueran tuyas.

-Lárgate de aquí inmediatamente, estás contaminando mi propiedad con tu presencia. – dijo encolerizado. Sus ojos mostraban un odio irracional hacia mí. Aquel hombre debía de ser una especie de psicópata, de eso no me cabía la menor duda.

Me levanté sin mediar palabra y comencé a andar intentando guardar la compostura. Me dirigí hacia el camino más próximo y me caminé hacia el norte, hasta asegurarme que quedaba fuera de su vista. Entonces volví a cambiar mi rumbo, y continué viajando campo a traviesa en dirección sur.

Poco después de medio día llegué a la casa de los Clarke. Me agazapé tras unos arbustos y esperé a que marchasen para continuar con su trabajo en la granja. Cuando ya se hubieron alejado lo suficiente, rodeé la casa hasta encontrar la ventana de la habitación. Estaba cerrada. La contraventana me impedía ver el interior. Era de madera de roble y no parecía tener debilidad alguna en su estructura. La forcé empujando con ambas manos, pero no cedió lo más mínimo. Además, la ventana estaba protegida por barrotes de hierro, hondamente clavados en la pared. Sin herramientas me sería imposible doblarlos o cortarlos. Determiné entonces entrar en la casa. Corría un gran riesgo, pues si volvían y me encontraban en ella, quizás me acusasen de robo. De todas formas me arriesgué. Accedí a la casa por la puerta principal, teniendo sumo cuidado al abrir y cerrar la puerta, evitando causar el menor ruido.

Rebusqué por toda la casa, con extrema paciencia, dejando todo como lo había encontrado antes. Fue un trabajo minucioso, de cirujano. Cualquiera que hubiera visto la casa antes de mi exhaustivo registro, no habría percibido ningún cambio una vez finalizado  el mismo. Pero tras horas de búsqueda no hallé llave alguna. No pueden imaginar cual fue mi grado de frustración. Sentí tal furia que hubiese derribado la puerta con un solo golpe. Pero me contuve, busqué la calma en mi interior y fabriqué una pequeña ganzúa con la que desbloquear la cerradura.

A punto estuve en varias ocasiones de abrir la cerradura, pero la ganzúa no era tan robusta como se necesitaba y terminó por romperse. Me di cuenta entonces de la hora. Estaba anocheciendo ya. Oí unas voces acercándose. Las reconocí al instante. Se trataba de los Clarke que volvían para la cena. Me invadió un nerviosismo irracional. Sabía que estaba allí de forma ilícita, vulnerando su confianza. Corrí por toda la casa buscando una salida. Me sentí atrapado, todas las ventanas estaban enrejadas. Tenían barrotes idénticos a los que encontré en la habitación misteriosa. Ya se oía el chirriar de los goznes de la entrada principal. Justo a tiempo recordé la ventana del baño. Esa ventana no tenía barrotes. Se consideraba muy alta y estrecha para ser asaltada, pero por suerte, yo era menudo y enjuto. Me arrojé de cabeza a través de ella, cayendo al suelo con un golpe seco. Me levanté con premura, a pesar de los dolores que me acuciaban, y me escondí rápidamente. No creo que fuera oído por mis benefactores, pues no se asomaron a ninguna de las ventanas ni alzaron la voz en absoluto. Respiré aliviado y me di unos minutos para recuperarme del golpe

Ya bien cerrada la noche, me levante de nuevo y comencé el penoso camino de vuelta a la cabaña. Abatido y magullado emprendí la senda de la derrota.

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