La isla de Psiche: Capítulo I: Náufrago

28/12/2014

Mi nombre es Francis Emerson. Estoy a punto de narrarles ciertos acontecimientos de mi vida. Pero no se inquieten, no les aburriré con interminables datos biográficos y anécdotas banales, pues mi vida comenzó hace apenas un par de años. Seguramente se sorprenderán al leer esto, pero permítanme aclarar este punto. Si bien es cierto que mi edad ronda los treinta y cinco años, al menos esa edad demuestro. Mis recuerdos no se remontan más que al mes de marzo del año pasado.

Arribé a la playa traído por la mar embravecida. Era un hombre prematuramente envejecido por ira de Neptuno. Tenía los cabellos largos y enmarañados.  También lo estaba mi abundante barba. Olía a salitre y mar.

Todavía conservaba mi ropa, un fajín rojo, una camisa blanca y unos pantalones marrones. Todas estas prendas sucias y andrajosas. Enrollada en el antebrazo derecho, una cadena que ataba un broche de oro. En el broche una inscripción "Para mi amado James". En la otra cara del broche  había una firma "Victoria".

Mis ojos no se habían acostumbrado a la oscuridad de la noche. Todavía no era capaz de pensar con claridad, aturdido por el frío. Pero me obligué a levantarme, a andar hacia un grupo de casas con las ventanas iluminadas, no muy lejanas a la playa.  El tortuoso camino agotaba mis ya mermadas fuerzas  y temí, durante el trayecto, por mi vida. Tan desorientado como frágil, llegué por fin ante la primera de las casas.


No era una casa suntuosa, ni siquiera bonita. Estaba construida con piedras de un gris muy oscuro, sin decoración alguna, excepción hecha de la balaustrada que rodeaba toda la casa. Aunque oxidada, todavía conservaba cierta belleza. Estaba ricamente decorada con infinidad de gárgolas, todas ellas diferentes. En la oscuridad de la noche, y  abatido por el cansancio, resultaban un tanto siniestras. Pero fue tal la alegría que me produjo arribar a la casa, que su recuerdo, aún hoy, me produce un júbilo indescriptible.


No me entretuve en observar nada más de aquella casa, que a pesar de su sobriedad, tenía un tamaño desmesurado. Así la aldaba, y golpeé la puerta con las escasas fuerzas que conservaba todavía. Tan solo pude dar dos golpes antes de quedar agotado. De inmediato me apoyé en la pared del portal para descansar mi fatiga. Quedé esperando durante un tiempo, no sabría calcular cuánto, a que alguien en la casa abriera la puerta. Cuando vi una lámpara encendida a través del ventanillo de la puerta, que permanecía abierto, no alcanzarán a creer la alegría que me embargo.  Me incorporé al oír descorrerse los cerrojos y picaportes del postigo. Adopté la postura más decorosa de que fui capaz y esperé con ansiedad a que se abriera la puerta.


Tras un chirriar de goznes y un crujir de leños, la lámpara que había visto avanzar por el corredor de la casa, me alumbró, obligándome a cubrirme los ojos. Cuando me acostumbré a la cegadora luz y pude por fin mirar al frente, descubrí a una mujer observándome. Estimé su edad en unos cincuenta y cinco años. Su pelo estaba recogido detrás de su cabeza formando un moño. Sus manos eran fuertes, castigadas por los trabajos propios de la vida en el campo. Vestía un camisón blanco, sin ornamentos, quizás ancho para su figura, lo que me hizo pensar en que probablemente hubiese adelgazado recientemente.


Se quedó allí de pie, manteniendo la lámpara por encima de su hombro, sin pronunciar una sola palabra. Su rostro demostraba inseguridad, tal vez miedo. Comprendí entonces que debía de dar alguna explicación a mi presencia en aquella casa, para tranquilizar a la patrona.


- Déjeme explicarle señora - dije con un hilo de voz -. Soy un naufrago salido del mar hace apenas unos minutos. No se asuste, solo ando en busca de un sitio caliente donde descansar. Le prometo que no le causaré molestia alguna.


La mujer quedose mirando todavía durante unos segundos más. Alcanzó en ese momento la entrada otra persona. Ella se volvió y ambos cuchichearon con frenesí antes de dejarme entrar en la casa.


La entrada no desentonaba del exterior. Unos muros de piedra sin pintar, y un par de robustas sillas de madera de nogal, eran todo lo que podía verse allí. Me hicieron pasar hasta una de las estancias, que al parecer, no estaba ocupada, me desvestí y me tumbé en la cama.


Desperté sin saber cuánto tiempo había durado mi sueño. El sol lucía con fuerza y me sentí revitalizado, aunque tremendamente hambriento. Encontré mi ropa limpia y seca junto a la cama. Me vestí e intenté abrir la puerta de la habitación para encontrarme con mis benefactores. Cuál fue mi sorpresa al encontrarla cerrada con llave. Estaba cautivo y comencé a perder los nervios. Sentí una opresión en el pecho, me asfixiaba, necesitaba salir de allí. Fui hacia la ventana pero barrotes eran recios y demasiado cercanos entre sí para que cupiese mi cuerpo. Mi ansiedad aumentaba,  así que decidí sentarme en la cama para tranquilizarme.


Esperé en mi encierro durante algunas horas antes de que la casa volviera a estar habitada. Para entonces ya había conseguido recuperar la calma e invertía mi tiempo en tratar de recordar algún hecho anterior a mi llegada a la playa. No fui capaz, mi mente era como una página en blanco que alguien hubiera olvidado escribir.


Se oyó el voltear de la llave en la cerradura. Aproveché para incorporarme antes de que mi visitante se presentara ante mí, para recibirlo con dignidad.


- Veo que está levantando. Llevaba cinco días durmiendo. Me alegro de que se encuentre mejor señor... - dejó esta última palabra en el aire, invitándole a terminar la frase.


- Me gustaría responder a su pregunta señora, pero no recuerdo mi nombre. Sin embargo, puede llamarme Francis. He tenido tiempo para pensar, y es un nombre de mi agrado.


- Oh, Francis es un nombre muy bonito. Por lo de la memoria no se preocupe, seguro que la recuperará no a mucho tardar. ¿Se encuentra con hambre, Francis?


- En verdad que estoy hambriento señora - respondí sinceramente.


- Muy bien, pues le esperamos para comer en media hora. - dijo mientras abandonaba la habitación y volvía a cerrar la puerta.


Media hora más tarde compartía mesa con los Clarke. Se mostraron muy amables conmigo, incluso diría que disfrutaban de mi presencia en su casa.

Estuvimos charlando profusamente sobre mi extraña llegada a su propiedad, sobre mi absoluta amnesia, sobre el lugar en el que me encontraba, incluso elegimos un apellido para mí, ya que, obviamente también eso había olvidado.

Una minúscula isla de Inglaterra llamada Inner Farne era mi nuevo hogar. Habitada por unas pocas familias. No había más que hacer, que ocuparse de la granja o salir a faenar en busca de una buena pesca. Pronto me decanté por los trabajos de la granja, ya que sufría de fuertes nauseas en el mar.


En este punto debo comentar que no fui recibido con el mismo entusiasmo por el resto de gentes de la isla. Si bien todos me trataban con respeto, mantenían una cierta distancia respecto a mí. Primeramente lo atribuí a la lógica desconfianza por la llegada de un completo desconocido a su pequeña comunidad. Sin embargo, con el paso de los meses no pareció disminuir la tirantez de aquellas gentes hacia mi persona.


Debo remarcar, que de entre todos los habitantes de la isla, había un hombre que me era especialmente arisco. Se llamaba Jacob Morgan. Debía contar aproximadamente con mi misma edad. Era un hombre de gran talla, me atrevería a calificarlo de fornido. Sus cabellos negros se enmarañaban sobre su cabeza dándole un aspecto salvaje, desaseado, pero al mismo tiempo feroz. Al parecer era un personaje bastante influyente dentro de la comunidad, y muchos le apoyaban en su odio hacia mí. Quizá como un reflejo, comencé a odiarle yo también. Su actitud me desagradaba y cuando estaba junto a él, incluso se me erizaban los bellos de los brazos, tal era mi repulsión.


Sin embargo, debido a su rango, y no puedo ocultarlo, a su portentoso físico, me mantenía alejado lo más posible. Aún así, en un lugar tan pequeño eran inevitables ciertos encuentros fortuitos.


En un par de ocasiones mencioné esta circunstancia a los Clarke, pero respondieron con algunas vagas excusas sobre el peculiar carácter de los habitantes de Inner Farne.  Aunque parecían querer protegerme de nuestros vecinos, su inconcreta respuesta me perturbó sobremanera. No sabría explicar el motivo de mi desazón, pero sin duda era algo profundo y arraigado en mi alma.

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