La caja Feldman

28/11/2014

El señor Éndoxos Johnson era un reputado abogado de la pequeña ciudad de Magnolia. Demasiado inquieto y ambicioso, pensaba mudarse a una ciudad mayor en el transcurrir de pocos años.

Un hombre vestido con un traje impecable, aunque anticuado, abrió la puerta de su despacho. Era espigado y de entre el resto de su cuerpo, destacaba una gran nariz aguileña. Se presentó a si mismo como señor Feldman. En su mano derecha, cogida por un asa de cuero negro, traía una caja de madera envejecida, no demasiado grande, y no demasiado pesada en apariencia.

Acordó en dejar la caja  bajo custodia de Éndoxos a cambio de una suma de dinero, que haría efectiva mensualmente durante los próximos años. Para su extrañeza, Feldman no fijó una fecha límite en la que recuperar la caja. De lo cual  Éxodos infirió que se convertía, de facto, en el albacea de Feldman.


Quedó mirando a hurtadillas por la ventana hasta que Feldman cruzó la calle. Cuando le vio subir a un coche que lo estaba esperando, descorrió la cortina para que se colara más luz en el despacho, y se puso a escudriñar la caja. Aunque era bastante bonita, no había nada destacable en ella, más allá de unas asas laterales fabricadas en plata. Sin embargo, ejercía una atracción malsana sobre él. Concluyó, tras varias horas de ensimismamiento ante la caja, en guardarla en la caja fuerte del despacho. Quería apartarla de su vista, sin embargo, también deseaba mantenerla cerca.

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Un par de meses más tarde, esperaba en el café Confluence a su querido amigo William Blind. William era marchante de arte, profesión que se adaptaba perfectamente a su carácter bohemio. Mientras tomaba un té para matar la espera, alguien se sentó, casi a hurtadillas, en una de las sillas que correspondían a su mesa.

- Disculpe que me presente así en su mesa señor Johnson. Le he visto y no he podido dejar de pasar saludarle -  Feldman sonreía abiertamente sentado a la mesa.
- Vaya sorpresa, pensaba que se trataba de un amigo con el que voy a reunirme. ¿Qué le trae por aquí? Tenía entendido que usted no reside en Magnolia - dijo tan sorprendido como incomodo.
- Sí, cierto, estoy solo de paso. Me han traído ciertos asuntos legales. ¿Está recibiendo con regularidad mis cheques? No quisiera verme privado de la caja que le encomendé. Sabe, es muy valiosa - dijo Feldman con cierto aire de misterio.
- Por supuesto. La caja está muy bien custodiada, nadie conoce su paradero. No tiene de que preocuparse señor Feldman. - respondió evitando mirar a los ojos a su interlocutor.
- Bien, siendo así, le dejo para que se reúna con su amigo - Se levantó de la mesa e hizo un gesto con la mano  a modo de despedida.
- Hola Endo - dijo una voz familiar.
- ¡William! no te vi llegar, estaba hablando con un cliente con el que me he encontrado accidentalmente aquí en el café - respondió Éndoxus con tono alegre.
- ¿Ahora mismo? No es posible, estabas solo en la mesa, incluso antes de que yo entrara al café. Te he visto a través de la cristalera - dijo con preocupación.
- Cierto, eso ocurrió hace un buen rato, he debido sumirme en mis pensamientos por más tiempo del que creía - dijo restandole importancia.

Charlaron animadamente durante una hora antes de volver a sus obligaciones. Una hora en la que no pudo dejar de pensar en aquel misterioso hombre. Cuando despidió finalmente a su amigo ante la puerta principal del Confluence, corrió hacia su despacho. Estaba decidido a abrir aquella caja negra.

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Traspasó el umbral del número diez de Mississippi Street y subió por las escaleras hasta su oficina. Allí encontró a Mary Blackwell, su secretaria, rellenando un informe. Era justo la persona con quien necesitaba hablar en aquellos momentos.

-Mary - comenzó a decir sin siquiera saludarla -, ¿recuerda aquel hombre que trajo una caja negra hace unos dos meses? El de la gran nariz aguileña - preguntó con ansiedad.
-No, señor Johnson, nunca he visto a ese hombre, y desde luego ninguna caja negra. - respondió un tanto desconcertada.
-¿Está segura de eso? ¡Piénselo bien! Es muy importante que lo recuerde.
-Desde luego señor Johnson. Me esta asustando. ¿Se encuentra bien? Sabe que tengo buena memoria, ese hombre jamás ha estado aquí - su voz sonaba insegura y preocupada.
-Sí, si, en efecto, estoy bien - quedó pensativo durante unos segundos -. Me quedaré toda la tarde en mi despacho, que nadie me moleste, gracias.

Cerró la puerta del despacho tras de si. Quedóse contemplando la sala, ahora sombría y exenta de su calidez habitual.  Se sentía como un extraño en el que fuera su reino personal hasta aquella misma mañana. ¿En qué extraña locura se había visto atrapado? Nunca fue hombre dado a la superchería ni las artes ocultas, a pesar de estar en alza en aquellos tiempos. Muchos conocidos desperdiciaban su tiempo arrojándose en los brazos de espiritistas y hechiceros. Éndoxos nunca sintió ese deseo, era un racionalista confeso y devoto. Su biblioteca la poblaban Descartes, Hume o Kant, No había lugar en su mundo para lo que estaba sucediendo. Sumido en tales pensamientos, se derrumbó sobre el mullido sillón de cuero rojo, junto a la ventana.

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Histeria. Esa era la palabra que mejor definía el estado mental de Éndoxos. Su mente era un torrente de pensamientos, que intentaban explicar los últimos sucesos. Todos ellos nocivos y delirantes. No obstante, se decantó por la más racional de las teorías, la esquizofrenia. Sería encerrado en un sanatorio mental. Compartiría celda con algún loco, que se daría cabezazos contra la pared, o peor, intentaría estrangularle en plena noche con sus propias manos.
Se levantó y inició un paseo en círculos alrededor de la mesa. Sus brazos parecían tener vida propia. Alternaban el reposo con grandes aspavientos, que resultaban prácticamente cómicos. Entre toda aquella locura gritó dos palabras. "¡La caja!". Cuando la tuvo en sus manos, se sentó y la situó sobre su regazo. Comenzó siendo sutil. Intentó abrirla haciendo palanca en los bordes usando un abrecartas. Cuando terminó por doblarse la improvisada herramienta, perdió la paciencia. Arrojó la caja contra el suelo con todas sus fuerzas. Rebotó y salio despedida contra la pared. La recogió, pero no tenía más que unos pequeños arañazos en la superficie.

-Veo que tiene mucho interés en descubrir el contenido de la caja - dijo una voz a su espalda.
-¿Cómo ha entrado usted aquí? ¡Ah claro! es una alucinación, olvidaba que soy esquizofrénico - comenzó a reír nerviosamente casi antes de terminar la frase.
-Creo que no piensa con claridad ahora mismo.
-¡Cállese! - espetó - En realidad soy yo quien debiera callarse, ya que usted está en mi cerebro. - Volvió a reír sonoramente mientras daba pequeños círculos sobre si mismo con la mirada puesta en el techo de la estancia.
-Usted no me recuerda. Nos conocimos hace un par de meses.
-Por supuesto que le recuerdo, vino a este despacho a entregarme la maldita caja - le interrumpió.
-En realidad nos conocimos tres días antes. Me presenté ante usted ofreciéndole un trato, un buen trato sin duda.
-¿De qué me está hablando? - preguntó.
-Usted había sufrido un accidente, estaba al borde de la muerte. Yo estaba allí, me gusta visitar los hospitales¿sabe? Usted pedía clemencia. Pedía una nueva oportunidad. No se hace la idea de cuanto sufría, de lo cerca que estaba de la muerte...
-¿Dónde quiere ir a parar con todo esto?
-Seré breve. Como le decía, le ofrecí un trato. Le concedí una vida a cambio de lo que hay en esa caja. Pero para ser justos, la caja debe tenerla usted durante los próximos años, solo después me pertenecerá legítimamente - Feldman guardó silencio esperando alguna reacción.

El tiempo iba pasando y Éndoxos Johnson permanecía de pie, impertérrito, escrutando al vacío. Parecía estar catatónico. Tras varios minutos sumido en la más profunda introspección, volvió a dar signos de vida.
-¿Y cómo puedo tener la certeza de que lo que dice es cierto? Seguramente usted solo sea producto de mi imaginación.
-Está bien, no me cree, abra la caja  - concedió finalmente Feldman.

Para su sorpresa Éndoxos levantó la tapa sin esfuerzo. Miró en su interior. Algo intangible escapó de su interior. Comenzó a sentirse débil y sufrió un vahído. Cuando despertó, se encontraba en un hospital. Apenas si tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos, pero antes de cerrarlos por última vez, alcanzó a ver a Feldman abandonando la habitación con meditada parsimonia.


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