Despertar reptiliano

Era el tercer lagarto, como les llamaba casi todo el mundo, que se dejaba ver aquella soleada mañana de primavera. Dada la temprana hora del día, todavía no habían recuperado completamente sus facultades. De todos modos, aquello era completamente anómalo. Solían permanecer ocultos hasta el medio día, desperezando sus escamosos cuerpos, ocultos en sus nidos. En realidad, lo que conocíamos como nidos, eran simples agujeros escavados con poco esmero en tierra húmeda.Al alba podían verse montículos, que se extendía durante varios kilómetros, esparcidos sin orden, por los márgenes de ríos y lagos. Allí esperaban a que el sol calentara sus cuerpos. Entonces su voluntad volvería a ser la ley en las desvalidas tierras de Blotseyburg.

En la asamblea de insurrectos se había propuesto, en numerosas ocasiones, un ataque a los reptiles durante la noche, cuando eran más vulnerables. No obstante, el  miedo les atenazaba. Temían las represalias de los posibles supervivientes. Quizás llegasen nuevas naves. Era demasiado arriesgado, no se rebelarían. Esta misera vida era lo único que les quedaba, y no deseaban perderla.

La servidumbre nunca fue lo mío. Arengué a los miembros de la asamblea para comenzar una revuelta. Nunca creí que el género humano pudiera soportar tanto tiempo aquella humillación sin combatir. Pero estaba equivocado. De nada sirvieron mis discursos. Así que decidí aguardar mi oportunidad. Y curiosamente los propios reptiles estaban a punto de concedérmela. Se estaban adaptando, por no citar los efectos de la terraformación. Su planeta debía de parecerse ya mucho a esto en que habíamos convertido la Tierra. Pronto ya no nos necesitarían, seríamos un estorbo, o peor, su alimento. Nos encerrarían en granjas, como habían hecho con el resto de primates.

Me acerqué descuidadamente a uno de los reptiles que merodeaban la zona. Este clavó su mirada indescifrable sobre mí. Me quedé sin respiración durante unos segundos. Entonces refunfuñó algo en su extraña lengua, y me propinó un empujón que casi me derribó. Desenvainé el cuchillo que escondía en la pernera de mi bota derecha. Grité con todas mis fuerzas y lo hundí en el cuello de aquel lagarto.

La rebelión había comenzado.


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