Confesión

14/11/2014

Volvió a sentirse un nuevo temblor. Más fuerte, más aterrador si cabe. Las luces de las velas titubeaban, avivando los miedos de  los feligreses. 
Hoy el templo estaba abarrotado. Tomás, el párroco, se lamentaba de que los seísmos hubieran cumplido en una semana, lo que él no había sido capaz en diez años de sacerdocio. Sin embargo, la iglesia rebosaba de gente, "eso es lo que importa", pensó para si mismo. Dios le enviaba los terremotos para ayudarle en su tarea. Ahora el debía de estar a la altura. Se dedicaría en cuerpo y alma a extender la palabra de Jesús.

Mientras tanto, las puertas no dejaban de abrir y cerrarse. Todavía seguían llegando personas, muchas de ellas a medio vestir, la mayoría con rostro desencajado y todas buscando la protección del templo de Dios. Buscaban algún rincón donde sentarse y descansar. Pero el tiempo, que se dilata en situaciones como esta, les terminaba empujando hacia su mundo interior. Pronto se veían repasando sus actos, los que les llenaban de orgullo y también los que les avergonzaban. Y así muchos comenzaban a rezar, a confesarse ante un altar, un retablo o el reverso de un calendario que portaban en su cartera.

De entre todos ellos, solo León estaba allí por verdadero arrepentimiento. Suya era la responsabilidad de lo que estaba ocurriendo. Como director del proyecto de almacenamiento subterráneo de gas, conocía los riesgos, pero los intereses de la compañía había prevalecido. Un ecologista le había advertido, "a la naturaleza no se le puede engañar",  le dijo, pero en aquel momento no le importó. 
Ahora lloraba ante el altar, intentando expiar sus culpas. Llevaba horas allí arrodillado, rodeado de tanta gente, sin que nadie le prestase atención. Ya no podía soportar por más tiempo el dolor de sus piernas. Dio la espalda al altar para alejarse.

- Sabes que yo perdono - dijo una voz desde un lugar inconcreto.


1º Concurso "Arma una historia basada en una canción" - Círculo de escritores

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