La ciudad de las langostas: Capítulo II

Las primeras casas estaban bastante desperdigadas. Se esparcían rodeadas de grandes jardines, cubiertos en su mayoría por maleza. En la acera derecha, junto a la carretera, destacaba uno entre los demás. La tierra desnuda, de color rojizo, le daba un cierto aire marciano. No había ni una sola brizna de hierba en la parcela. Resultaba inquietante en cierto modo, incluso el abandono de los otros jardines, me parecía reconfortante en contraste con este.

No vi a ninguna persona mientras avanzaba calle arriba en dirección al centro. Finalmente, las casas se convirtieron en adosados, tenían un pequeño porche en la parte delantera. Todavía tardé un par de minutos en ver a alguien. Comenzaba a pensar que el pueblo estaba abandonado. Una mujer cruzó la calle agarrada a un cesto de mimbre. Era esbelta, bastante guapa, aunque su rostro ya estaba moldeado por el tiempo. Vestía un traje muy clásico, tal vez obsoleto, más propio de principios del siglo xx. No pudo evitar mirarme durante un par de segundos, aunque no redujo la marcha en ningún momento. Me detuve. Creo que por primera vez me di cuenta de lo descabellado de mi aventura.

- Oiga, ¿busca algo? - Una voz áspera salió de uno de los porches. Un hombre sentado en una vieja mecedora me miraba oculto en la sombra, solo pude distinguir la lumbre de la pipa que estaba fumando.

- Buenos días. Verá, ando buscando algún hostal donde pueda alojarme. ¿Conoce usted alguno? - Respondí con el tono más afable que me permitió la tensión del momento. 

- Aquí nadie se queda. - Se interrumpió para lanzar un audible escupitajo - Y ¿qué diantres se le ha perdido aquí? - Agregó tras la tregua.

- Oh, bueno, quisiera hacer un poco de turismo. Quería aislarme por un tiempo, ya sabe, disfrutar de la tranquilidad. Un buen amigo me recomendó este pueblo. - La pregunta me había pillado por sorpresa y apenas supe que responder.

- En ese caso, vaya a la taberna de Joe Bristol, está siguiendo esta calle. A lo mejor tiene una habitación, nunca se sabe. Ese viejo loco es capaz de todo. - dijo.

- Así lo haré, gracias señor... - esperaba que completase la frase indicándome su nombre, pero solo escuché una nueva calada a su pipa. - Un placer, muchas gracias por todo. 

Seguí avanzando por aquella calle polvorienta, de casas viejas hechas de madera y tonos ocres. A lo lejos ya podía verse un cartel de letras poco legibles. Unos cuantos pasos más y comencé a distinguir las letras. La tipografía era muy extraña. Eran letras muy altas, las terminaciones eran puntas de flecha y el espaciado era irregular. De todas formas, ya me había plantado junto a la puerta del local cuando pude leer bien el cartel. La Taberna de Joe se podía leer a duras penas. "Bueno, vamos a conocer a Joe", me dije mientras empujaba la puerta del local.

El interior lo calificaría de lúgubre. Estaba mal iluminado, excepto la barra, donde un par de tubos fluorescentes la hacían destacar. Allí había un par de hombres bebiendo en silencio. No destacaban por nada en especial. Vestían ropas de campo y estaban encorvados, sentados sobre sendos taburetes y con los codos apoyados en la barra de madera. Todo el mobiliario era rústico, de maderas oscuras e incrustaciones herrumbrosas. Tras la barra el camarero secaba copas sin mucha prisa. Era un hombre alto, cercano a los dos metros, delgado hasta la estenuación. Podría estrujar una sandía con una sola mano, sin embargo, parecía que no era buen luchador. Su nariz estaba achatada como la de un boxeador. Me acerqué inmediatamente, pues ya comenzaban a lanzarme miradas intimidantes.

- Buenos días, tu debes de ser Joe, ¿verdad? - dije con un amplia sonrisa.

- No. Joe está muerto. Ahora dirijo yo esto

- Discúlpeme, no sabía....Estaba buscando una habitación.¿Dispone de alguna? - dije con tono avergonzado.

- Si claro, tengo una, son cincuenta pavos la noche. La segunda puerta a la derecha. - Mientras decía esto, dejaba caer una llave sobre la barra. Seguidamente apuntó con un movimiento de cabeza hacia unas escaleras estrechas que subían al primer piso. Cogí las llaves y caminé hacia las escaleras.

- Por adelantado. - Se oyó tras de mi. Me di la vuelta y vi al camarero con la palma de la mano extendida esperando recibir su dinero.  Cumplí con el trámite y subí las escaleras. Me apetecía descansar, seguramente pasaría la tarde en la cama viendo la tele.

La puerta de la habitación tenía rotulado el número veintidós. Curiosamente el resto de puertas no tenían número. Quizá estuviesen ocupadas por los dueños, o se utilizasen como almacén. Giré la llave y empujé la puerta. No había mucho que ver. Una cama grande y presumiblemente ruidosa. Un armario viejo, aunque de gran capacidad. Una mesita de noche a juego con el armario. Y frente a la cama una cómoda con un espejo. Delante del espejo un viejo televisor acumulaba polvo. Me acosté en la cama sin deshacer el equipaje y encendí la televisión. En la pantalla solo aparecieron puntos negros y blancos sobre un fondo gris. Sufrí una pequeña decepción, pero estaba demasiado cansado y de todas formas no tardé en dormirme.

- ¿Quién eres?

Me desperté sobresaltado al oír aquella voz. Cuando recuperé mis sentidos vi en la puerta a un niño de unos diez años. Era rubio, sus ojos eran azul caribe , de todas formas, sus rasgos no eran nada agradables. Nada destacable en realidad, era el conjunto lo que provocaba cierto desazón al mirarlo.

- Me has asustado, he alquilado la habitación por unos días. ¿Vives aquí? - Le pregunté curioso por saber quien era aquel muchacho. Sin embargo, guardo silencio, me miraba fijamente, como intentando percibir algo intangible.

- Karl, ¿qué haces aquí? anda, vuelve abajo. - El camarero al decir esto le señalaba vehementemente con el brazo el camino hacia las escaleras. Finalmente el muchacho se fue a regañadientes.

- Perdone a mi hijo, es sordomudo, no le volverá a molestar. - Cerró la puerta tras de si y volví a quedarme solo en la habitación. La televisión seguía emitiendo aquellos puntos blancos y negros.



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