La ciudad de las langostas: Capítulo I

Esta historia no habla sobre odio, miedo o traición. Habla de instintos. De sed y de hambre. De redención y de muerte. Y empieza conmigo, llegando a Cave Weasel, un pequeño pueblo rural atrapado entre el mar y las montañas. Un lugar en el que Dios nunca ha creído y al que nadie ha amado.

Me presenté en el pueblo sin un motivo de peso. Quizás la estupidez sea la razón que explique mejor la mayoría de mis actos, y este no fue una excepción. Habían llegado a mis oídos ciertas historias que hablaban de un pueblo maldito.
Todas eran extrañas, diría que inverosímiles, pero tenían algo en común. Todas eran diferentes. En unas se hablaba de asesinatos, otras hablaban de hombres deformes, algunas de fantasmas. Aquel pueblo era un cajón desastre de lo oculto y lo fantástico. Y esa era razón más que suficiente para husmear donde no iba a ser bien recibido.

Preparé mis cosas. El equipaje estaba formado por una sola mochila, no demasiado grande. Me gustaba viajar ligero. Cogí el primer autobús a Sandville. Era uno de los antiguos, con suspensiones tan desgastadas que parecía que ibas montado en la espalda de un cojo. Me consolé al ver que el autobús viajaba medio vacío y podría usar dos asientos durante las cinco horas de trayecto. 

Fabriqué una almohada improvisada con la mochila. No era nada cómoda, ni siquiera comparada con un trozo de granito. Tras propinarle varios puñetazos en los riñones, la aplasté contra la ventanilla y me proclamé vencedor del combate apoyando la cabeza contra ella. 

Cuando me apeé en Sandville todavía no estaba seguro de poder recuperar la movilidad de mi cuello algún día. Andaba por la estación rígido como un palo, a pequeños pasos, como si necesitara un chute de lubricante de motor. Le pedí a la taquillera un billete para Cave Weasel, pero su respuesta me contrario. "No hay autobuses para Cave Weasel señor, solo llegamos hasta Blouton Dale, desde allí tendrá unos ocho kilómetros más".  En cualquier caso aquella hubiese sido una mala noticia. Pero en mi estado, aquello era una catástrofe. Tendría que buscar un sitio donde dormir en Blouton Dale.

Aquella noche dormí como un tronco. "Un mal viaje garantiza un buen sueño" pensé. Desperté con unos golpes en la puerta. Instintivamente di un salto en la cama. No estar en casa me ponía en alerta. 

- Servicio de habitaciones señor. Son las doce y debe abandonar ya la habitación. - dijo una voz femenina desde el otro lado de la puerta. 

- Sí, sí, pase. Recojo mis cosas y me voy, no se preocupe. He hecho tarde para el desayuno, ¿verdad? - le dije convencido de que la pregunta me hacía quedar como un imbécil.

Me miró con cara de sorpresa y esbozó una sonrisa que no consiguió disimular. Finalmente con tono desinteresado respondió - Sí señor. El desayuno es hasta las diez.

Me tomé un café el bar del hotel antes de salir a la calle. El día era soleado, algo frío, de esos en los que la gente anda por el lado de la calle donde el sol abriga. La avenida principal, era bulliciosa. más de lo esperado para una ciudad pequeña como esta. Tanto ajetreo me animó. Seguro que me sería fácil encontrar un medio de transporte hasta Cave Weasel. 

Abordé un taxi y nos pusimos en marcha. El taxista tenía aspecto extranjero, de indio o paquistaní. Su piel color aceituna contrastaba con el blanco del tapizado interior del taxi. Sin duda debía de ser muy cuidadoso con su Mercedes clase CLA. En la radio sonaba The ghost of Tom Joad de Bruce Springsteen.. Estabamos a punto de llegar a un semáforo en verde cuando el taxista comenzó a mirar por el retrovisor al asiento trasero.

- Buenos días señor, me llamo Rachid. Y bien , ¿dónde le llevo? - Su acento indio explotó rompiendo la armonía de la canción. 

-¡Discúlpeme! Estaba pensando en mis cosas - dije un poco avergonzado - lléveme a Cave Weasel, no se preocupe, le pagaré también la vuelta, no tendrá que esperarme. 

Rachid frenó el vehículo a pesar de que el semáforo todavía estaba verde. Se giró en su asiento para hablar cara a cara.

- Lo siento señor, no hacemos viajes a Cave Weasel. - Nos quedamos en silencio unos segundos antes de que añadiera una aclaración. -  Quiero decir, que ningún taxista va a ese pueblo. Nadie va a ese pueblo, ¿comprende?.Algunos vienen aquí de vez en cuando, pero ellos no usan taxis. Creo que tendrá que ir andando señor. - Volvió a su posición original y quedó a la espera de que me apeara del Mercedes, cosa que hice sin tardanza. Era evidente que aquel hombre no iba a dirigirme más la palabra. 

Me cambié de calzado sentado en el bordillo de la acera. Paseé un poco en busca de una cafetería para tomar un desayuno decente antes de partir hacia aquel maldito pueblo, que parecía alejarse a cada paso que daba. 

Tras andar alrededor de una hora y media llegué a un cartel donde estaba escrito: "Bienvenido a Cave Weasel". Era un cartel de madera carcomida. Las letras estaban pintadas a mano, con trazos poco fiables en color blanco sobre un fondo, que alguna vez debió de ser verde. El sol y la humedad lo habían convertido en un gris de tono  indefinido. 

Tragué saliva antes de seguir avanzando. La reputación de este lugar intimidaba incluso antes de haber puesto un pie encima. Tras una curva hacía la izquierda, escondida tras el cartel de bienvenida, podían verse al fin las primeras casas.



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