Traspasando los sueños

30/10/2014

Sentí su tacto en la oscuridad. Era frío e hiriente. Su respiración me golpeaba el rostro. Me obligó a ladear la cabeza para poder soportar el olor. 

Aquel monstruo había traspasado mis sueños. Quise volver a dormirme para escapar de esta pesadilla. Sería mi último sueño. Pero sería un sueño apacible, porque ahora, Él habitaba en el mundo real. Al fin todo terminaría.

Me armé de valor y encendí la luz de la mesilla para mirarle cara a cara antes de morir. Comencé a reír como un loco. Mi perro estaba ansioso por salir a pasear.


1º Concurso "Microterror" - Círculo de escritores

La palabra maldita

Era una palabra maldita, pero yo la pronuncié. Kloptey se apoderó de mi vida. Me convirtió en uno de sus siervos. Cometí las más horribles atrocidades en su nombre. Atormenté a inocentes para posteriormente ofrecerlos como hecatombes a mi Señor. 

Disfruté de la impunidad de mis actos, al amparo de la divinidad de las Tinieblas. De la liberación y del gozo de mi propia maldad. Todo gracias a mi Señor. 

Mas tanto los que me odiáis, como los que me compadecéis, sabed que mi final y mi dicha están próximos. Pues esta noche, tendré el honor de alimentar a  Kloptey.


1º Concurso "Microterror" - Círculo de escritores

El proyecto Marley

- Como le decía, el experimento Marley ha dado resultados positivos, señor. De todas formas todavía está en fase de desarrollo. No hemos conseguido eliminar ciertos efectos secundarios. - El coronel Dawson intentaba contentar al General Hamond sin concederle demasiadas esperanzas. - Estamos todavía en una fase temprana de investigación, supongo que se hará cargo de la situación.

- ¿A veinte millones de dolares le llama usted una fase temprana? La paciencia se ha agotado en el Pentágono, coronel Dawson. Nos exigen resultados inmediatos, en caso contrario, suspenderán el proyecto. ¿No querrá cargarse el proyecto, y de paso su carrera? ¿verdad coronel? - dijo agriamente Hamond. - Los peces gordos asistirán a una demostración mañana a las dieciocho horas. Este preparado. Puede irse. - Dio media vuelta a su sillón para mirar por la ventana. Mientras tanto, Dawson abandonaba el despacho con extremo sigilo. 

Duelo en el Arizona Saloon


Clic, clic, clic. clic. El golpear de las espuelas de Jason Blake se detuvo frente al Arizona Saloon. Aquel día había tomado un buen baño al levantarse, y se vistió con la ropa de los domingos, a pesar de ser martes. Limpió sus botas y se colocó su Colt 45 en el cinturón.

George Watch era como muchos hombres de aquella región, un borracho y un mal jugador de pocker. Sin embargo, hasta a un inepto como él, podía sonreirle la suerte de vez en cuando. Jason Blake había perdido mucho dinero aquella noche. Más dinero del que podría reunir en toda su vida. Decidió saldar su deuda aquel martes, antes de la puesta de sol. Conocía bien las costumbres de George. A estas alturas debía de estar ya como una cuba. Fanfarroneando de como había limpiado los bolsillos del gran Jason Blake. Estaría acompañado de sus tres hermanos. Eran tan estúpidos como él, pero no dejarían que su hermano se enfrentase solo al gran Blake.

Desesperanza

Despertó con un fuerte dolor de cabeza. Aquel hombre registraba con ansiedad entre sus cosas. 
Parecía un vagabundo y apestaba a alcohol. Su mirada vidriosa y enajenada era perturbadora.

-¡¿Dónde están las joyas zorra?! - antes de terminar la pregunta, ella ya había sentido la bofetada en su rostro.

-¡¿Por qué no te mueres?! - gritó llena de odio.

-Ya le concedí ese deseo a otra persona - respondió esbozando una sonrisa.

El libro de Olaus Magnus


Bjarne abandonó el paritorio a toda prisa. Corrió escaleras arriba hasta el desván. Había perdido el aliento, una presión le oprimía el pecho de tal forma que no ya podía respirar. Al entrar en la habitación se arrodillo, apoyó las manos en el suelo y comenzó a hablar entre jadeos. Sus palabras eran ininteligibles, parecía recitar algún salmo o sortilegio sagrado. 
Cuando se sintió con fuerzas, se acercó al atril donde estaba el libro de Olaus Magnus. Lo encontró cerrado. Envuelto por una gruesa capa de polvo. La portada estaba ilustrada con un magnífico lobo negro. Tenía las fauces abiertas y su mirada se proyectaba más allá del dibujo, amedrentando a quien ponía su vista sobre él. Bjarne dudó todavía unos segundos antes de abrir el libro. Le atemorizaba la posibilidad de estar en lo cierto. Inspiró profundamente y eligió una página al azar. 

Fue recorriendo todas las hojas con premura. Su mirada zigzagueaba a lo largo de las páginas buscando aquel párrafo. Ya estaba a punto de sumirse en la desesperación cuando, por fin, encontró el turbador pasaje, que había leído alguna vez hacía ya tantos años. Volvió a hacerlo, pausadamente, preocupándose por entender cada palabra "Y cuando una mujer dé a luz seis niñas y nazca un séptimo varón, este será un licántropo".

La ciudad de las langostas: Capítulo II

Las primeras casas estaban bastante desperdigadas. Se esparcían rodeadas de grandes jardines, cubiertos en su mayoría por maleza. En la acera derecha, junto a la carretera, destacaba uno entre los demás. La tierra desnuda, de color rojizo, le daba un cierto aire marciano. No había ni una sola brizna de hierba en la parcela. Resultaba inquietante en cierto modo, incluso el abandono de los otros jardines, me parecía reconfortante en contraste con este.

El engendro mecánico

Desde pequeño me sentí diferente a todos los demás. Sin duda, residir en una incubadora los primeros veintidós meses de mi vida, reforzó ese sentimiento de soledad en un mundo repleto de gente. En el colegio fui apartado por mis compañeros casi siempre, aún hoy creo que no sabían muy bien porque, pero  percibían mi singularidad más allá del limitado entendimiento de un niño.

Cuando llegué a la adolescencia las cosas tampoco mejoraron. Las crueles burlas me torturaban a diario, en un día afortunado no pasaban de hirientes insultos. Las peores jornadas las terminaba en urgencias, a media tarde, jugando a las cartas con Roberto, mi tutor. 

Ese fue el único lugar en el que me sentí cómodo durante toda mi vida. En urgencias era alguien especial. Conocía al personal médico y me trataban con verdadero respeto, incluso me tenían cierta estima. Aunque en el fondo siempre supe que yo era para ellos un pequeño regalo caído del cielo. Un caso excepcional como el mío era tratado a menudo por personal sanitario de un ambulatorio cualquiera.
Nunca intenté averiguarlo, pero quizás eso les diera cierta fama o reconocimiento dentro del universo sanitario. Yo prefería seguir ignorante. Destruir mi único refugio en la Tierra no hubiera sido una decisión inteligente por mi parte.

La caza

- ¡Nos han descubierto! - el grito de Mayze sonó desesperado. 

- Tranquilo, explícame que pasa ¿Cómo nos han podido encontrar? - le respondió Gregory con la voz más calmada que le fue posible entonar. Mayze era nuevo en esto, y debía transmitirle la impresión de que lo tenía todo bajo control. Sería trágico que él entrara en pánico.

- He visto acercarse por el este una columna de soldados del barón Von Stenberg. Diría que son alrededor de dos cientos. Creo que Fritz nos ha delatado, nadie más conocía nuestro paradero ¡Ese malnacido! ¿Qué vamos a hacer ahora? - Mayze era un manojo de nervios, quizá Gregory se hubiera equivocado al reclutarlo. Pero fue tan insistente... parecía que tenía lo necesario para llevar esta vida. Ahora estaba seguro de que se había equivocado.

La ciudad de las langostas: Capítulo I

Esta historia no habla sobre odio, miedo o traición. Habla de instintos. De sed y de hambre. De redención y de muerte. Y empieza conmigo, llegando a Cave Weasel, un pequeño pueblo rural atrapado entre el mar y las montañas. Un lugar en el que Dios nunca ha creído y al que nadie ha amado.

Me presenté en el pueblo sin un motivo de peso. Quizás la estupidez sea la razón que explique mejor la mayoría de mis actos, y este no fue una excepción. Habían llegado a mis oídos ciertas historias que hablaban de un pueblo maldito.

Sábanas blancas

Abrí los ojos después de mucho tiempo. No estaba segura de cuánto tiempo había transcurrido desde mi operación. La habitación estaba en penumbra y aunque nada parecía haber cambiado, tuve una sensación extraña. Era un sentimiento de inseguridad, perturbador, que no se sustentaba en nada, tan solo en mi intuición. Giré la cabeza hacia mi izquierda y vi la cama vacía. Debieron darle el alta a mi compañera de habitación durante mi inconsciencia. Me alegré por ella, había sido muy amable, pero no pudo dejar de extrañarme. Su estado no parecía haber mejorado desde que ingresó en el hospital. Harta de esperar y de mirar al techo, dejando pasar las horas, me levanté hambrienta en busca de algo que echarme a la boca. 

El pasillo estaba desierto. Avancé por el corredor con el alma encogida, envuelta por sombras cambiantes que nunca me daban un respiro. Llegué, por fin, a la entrada de la planta de neumología. Estaba cerrada, agarré el pomo con fuerza e intenté girarlo para abrirla. Quedé sorprendida ya que no opuso resistencia. Tiré de la puerta asomándome con cautela a una sala sin ventanas, cuya luz procedía de dos grandes fluorescentes colocados en mitad del altísimo techo, esplendoroso, tan blanco como las paredes, contrastando con las cagadas de moscas que pululaban alrededor. Al fondo, dos camas cubiertas con sábanas blancas, con bordes rematados en azulina y letras blancas, donde podía leerse: Hospital Universitario Nuestra Señora de la Resurrección. Sobre una de ellas, un bulto que no llegaba a concretarse y al que no di importancia entonces.

Kang Admi



Llegué a la ladera sur, del monte Kailash, poco tiempo después de anochecer. La ascensión a plena luz del día, me había mostrado la cara amable de la imponente montaña. El níveo brillo del glaciar guiaba mi marcha, como lo haría un faro con un buque en una noche de tormenta. Con las fuerzas intactas, avanzaba a buen ritmo en mi carrera hacia la cima. 

Ahora, la oscuridad de la noche, había convertido la montaña en un mar de rocas negras, algunas de ellas con formas aterradoras para una mente sugestionada por el terror a lo desconocido. Desde que vi aquel monstruo merodeando cerca de la cima no hubo descanso ni para mi cuerpo ni para mi alma. Corrí en pos de mi hogar como Odiseo, entorpecido por los dioses y los elementos. Temiendo quedar atrapado durante años en un viaje sin fin, que iría corroyendo mi espíritu, con la única esperanza de  que mi mundo no se hubiese desmoronado a mi vuelta.