Ventana a la oscuridad


Aquel gigantesco globo ocular volvió a asomar por el ojo de buey. En estado de seminconsciencia lo había visto ya un par de veces. Sin embargo, mi aturdido cerebro no había procesado la información. Ahora, ya despabilado, un terror ácido recorrió mi cuerpo. Intenté mantener la calma para no mover ni un solo músculo y contuve la respiración. Me creía más seguro si seguían pensando que permanecía inconsciente. En realidad, sabía que mi protección era tanta como la que ofrece una sábana a un niño en una noche de tormenta. No obstante, esperé hasta que el ojo desapareció.

Lancé un sonoro suspiro de alivio. Comencé entonces a explorar mi prisión con la mirada. Estaba en penumbra y apenas si conseguía alcanzar a ver los dedos de mis manos. Era inútil, si pretendía obtener información de mi presidio, tendría que moverme. Me incorporé demasiado confiado, algo golpeó fuertemente mi cabeza. El pánico fue tan grande, que casi no sentí el dolor. Pronto comprendí que había sido mi cabeza la que había golpeado el techo de la celda. 

Comencé a avanzar con las manos por delante, a pasos cortos y con la espalda encorvada. Decidí acercarme  al ojo de buey e intentar averiguar lo que había al otro lado. 

Oía en la cabeza cada latido de mi corazón, prácticamente sentía la sangre recorriendo mis venas, apunto de hacerlas estallar. El sudor, a pesar del frío metálico de la habitación recorría mi espalda. Sabía que corría el riesgo de ser descubierto, pero aquel cristal era lo único que separaba la luz de la oscuridad.

Finalmente me asomé tímidamente desde abajo. La visión era borrosa y tardé un poco en comprender lo que sucedía. Quizá asimilar la realidad fue lo más duro y aterrador de toda aquella extraña experiencia. Mi celda formaba parte de una prisión submarina, dirigida por una especie de peces con   residuos de humanidad. Jamás imaginé que aquella atrocidad, propuesta por la naturaleza, pudiera existir. 

Sin embargo, mi infortunio no había terminado aquel aciago día. Fue entonces, cuando el proceder de mis captores, aclaró mi destino y determino la causa de mi apremiante muerte. Con precisión programada, los escamosos carceleros introducían en las celdas centenares de pequeñas crías para que se alimentasen de nosotros.


En homenaje a H.P. Lovecraft
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