El señor Infante


Miraba impertérrito aquella caja, más bien, debiera tratarse de un pequeño estuche de madera. Es lo que parecía al tacto. La había depositado cerca del borde de la mesa y me había sentado en una de las sillas que la rodeaban. La miraba fijamente, como esperando que en algún momento el paquete se abriera solo. Quizá fuera un comportamiento un tanto pueril, sin embargo, la curiosidad me mantenía absorto.


No sabría decir con seguridad cuanto tiempo había transcurrido desde que el cartero llamara a mi puerta. Con el desinterés que causa el hábito diario, me entrego el paquete, sin percatarse si quiera de que mi nombre no coincidía con el del destinatario. 
Cerré la puerta rápidamente y deambulé por toda la casa sin saber que hacer. Mi moralidad y mi curiosidad habían iniciado una batalla de incierto desenlace ¿Quién sería aquel señor Infante, a quién iba dirigido el paquete? Primeramente, pensé en el anterior inquilino de la casa. Aunque descarté la idea tan velozmente como había aparecido. No era probable que una viejecita de origen alemán fuera el señor Infante. De eso no cabía duda. 

Mi impaciencia decanto finalmente aquella batalla interior que me mantenía estancado desde hacía ya un buen rato. Cogí el paquete y comencé a desenvolverlo con ansiedad. Arrancaba pedazos de papel a tirones, incluso con los dientes. Y finalmente, el estuche de madera quedó expuesto ante mis ojos. Levanté el pasador y lo abrí. Dentro, había una maqueta de un tren de vapor. Era la maqueta que había pedido por navidad cuando tenía diez años y pero que nunca llegó. Comprendí entonces, que yo era aquel señor Infante.
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