El camino de la muerte


La rutina, había trazado aquel camino, despoblándolo de hierba. Atila, lo transitaba desde hacia ya tanto tiempo, que se había convertido en un hábito insalubre. Aquel, era el trayecto hacia su particular reino de ultraje e infamia. Un lugar donde ser él mismo, un jardín del Edén, donde poder vivir sin sentir pudor.

Su teatralizada vida,  estaba cobrándose un alto precio. El desconsuelo por el rechazo hacia su naturaleza, invadía poco a poco, una nueva porción de su alma. Sin embargo, esto no siempre había sido así. 

El señor Infante


Miraba impertérrito aquella caja, más bien, debiera tratarse de un pequeño estuche de madera. Es lo que parecía al tacto. La había depositado cerca del borde de la mesa y me había sentado en una de las sillas que la rodeaban. La miraba fijamente, como esperando que en algún momento el paquete se abriera solo. Quizá fuera un comportamiento un tanto pueril, sin embargo, la curiosidad me mantenía absorto.


No sabría decir con seguridad cuanto tiempo había transcurrido desde que el cartero llamara a mi puerta. Con el desinterés que causa el hábito diario, me entrego el paquete, sin percatarse si quiera de que mi nombre no coincidía con el del destinatario.