Geiderman


- Señor Geiderman, no creo nada de lo que usted me ha contado. Desde que se sentó en esta silla, ha inventado una serie de historias descabelladas, que me inclino a catalogar como mamarrachadas. - Mientras decía esto, parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas.
 El señor Geiderman, se acomodó en la silla deslizándose suavemente hacia el borde de esta. Quedó aun unos segundos mirando fijamente a su acuciante interlocutor antes de hablar. - Mire usted señor... -espero unos segundos, pero su interlocutor no terminó la frase que había dejado en el aire. - Lleva tres largas horas preguntándome sobre no sé que demonios de un hombre desaparecido. Y creo que usted, espera que yo le dé respuestas. Pues bien, yo se las he dado, aunque quizá no sean de su agrado. ¿Desea otras respuestas? También puedo dárselas. 

Come


Desperté despabilado por un olor agrio y penetrante. Y por primera vez, fui consciente de aquel susurro. Me encontraba atado a una silla por las muñecas y los tobillos, con tal fuerza, que el dolor resultaba casi insoportable. Levanté la mirada y al otro extremo de la gran mesa, vi a aquella mujer. Su aspecto era miserable, casi demoníaco. Lucía un elegante vestido, que el tiempo había convertido en harapos. Su pelo estaba sucio y raído. Su expresión facial no era más que una simple mueca, que reflejaba la locura de su interior. Su frágil salud mental, había sido infectada por la soledad y la incomprensión, convirtiéndola, en la sombra de la mujer que una vez había sido. A pesar de ello, pude reconocerla.