La espera

Me senté a esperarle con mi escopeta de caza recostada sobre el hombro derecho. Elegí un lugar soleado y una vieja mecedora de madera para que la espera me fuera más llevadera. No sabía cuánto tiempo podría tardar. Maldije por no haber preparado nada para comer. Malhumorado, alcancé el teléfono con la mano izquierda y marqué mecánicamente el número de la tienda de comida para llevar. Pedí una pizza medina, para variar. Seguramente, en cuanto ven el número de mi casa, automáticamente anotan el pedido sin esperar a atender la llamada.

Colgué el teléfono y lo volví a dejar encima de la mesilla de la biblia. Vino a mi memoria mi difunta esposa. Ella siempre estaba leyéndola. Recitaba los salmos todo el día. Tenía uno para cada situación que pudieras imaginarte. Yo, en cambio, la hubiera usado como combustible para la chimenea. Que quieren que les diga. Soy un hombre sencillo. He trabajado duro toda mi vida, y nunca vino dios a ayudarme. Tampoco ayudó a mi esposa. Rezó muchísimo cuando enfermó. En realidad, ella siempre rezaba mucho. En fin, él nunca vino a ayudar.

Cogí el libro de la mesilla, no sabría decir muy bien porque. Lo abrí al azar, más o menos por la mitad. Pasé dos o tres páginas hacia adelante mojándome el dedo índice con la lengua. ¡Ese maldito! Su avaricia no tiene fin. Le dije que no quería vender mis tierras, pero se empeñó. ¡Maldito seas! Soporté mucho tiempo tus presiones. Tampoco quise venderte cuando acabaste con mi suministro de agua. ¿Por qué crees que ahora será diferente? Reconozco que soy ya un pobre viejo. Pero soy tan testarudo como viejo, y esto te va a costar muy caro. Envenenar a mis animales. ¿Puede alguien ser más ruin? En fin, tú te lo has buscado, maldito bastardo.

Le dije que le vendería mis tierras. Debió saltar de su silla cuando oyó mi voz. Pero no es tan simple, estas cosas nunca lo son. Nuestra conversación fue breve. Las tierras son tuyas - le dije con voz de malas pulgas. Ven mañana por la tarde con el contrato y acabemos de una vez con esto. Acto seguido, colgué con virulencia el teléfono. Estaba decidido a hacerlo, no las conseguiría nunca. Mi esposa estaba muerta, no habíamos tenido hijos, y el muy cerdo, había conseguido arruinarme. Pero ahora, nada de eso importaba ya. Dentro de poco, me lo llevaría al infierno conmigo. Se me escapó una sonrisa mientras miraba el atardecer. Volví a mirar la biblia y empecé a leer.

Me había quedado dormido, lo cual no me sorprendía. El libro hubiera ardido bien en la chimenea, pero lo guardé como un recuerdo de mi esposa. Me desperté de repente, sobresaltado por el ruido de un motor. Me puse de pie y apunté. Ya era de noche y las luces del coche me cegaban, pero aun así, pude adivinar una silueta que salía de la puerta del conductor. Estaba decidido, pulsé el gatillo. Se desmoronó unos dos pasos delante del coche. Parecía inmóvil, así que decidí acercarme. Mientras tanto, iba maldiciéndolo en voz alta y agitaba mi escopeta en el aire como símbolo de victoria.

Cuando llegué junto al cuerpo, pude ver la gorra de la tienda de comida rápida en el suelo. Había matado a aquel pobre chico.
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