Ir al contenido principal

Come


Desperté despabilado por un olor agrio y penetrante. Y por primera vez, fui consciente de aquel susurro. Me encontraba atado a una silla por las muñecas y los tobillos, con tal fuerza, que el dolor resultaba casi insoportable. Levanté la mirada y al otro extremo de la gran mesa, vi a aquella mujer. Su aspecto era miserable, casi demoníaco. Lucía un elegante vestido, que el tiempo había convertido en harapos. Su pelo estaba sucio y raído. Su expresión facial no era más que una simple mueca, que reflejaba la locura de su interior. Su frágil salud mental, había sido infectada por la soledad y la incomprensión, convirtiéndola, en la sombra de la mujer que una vez había sido. A pesar de ello, pude reconocerla.

Mientras la miraba, intenté librarme de mis ataduras, pero con cada intento, aumentaba mi desesperación. Estaban tan prietas, que ya no podía sentir mis pies y manos. Ella, sin embargo, no pareció preocuparse en absoluto por mis intentos de liberación. Siguió con aquel susurro, casi inaudible. – come, come, come - repetía inexorablemente con cadencia metronómica.

-Rose, he venido a ayudarte, soy Richard ¿Me recuerdas? ¡Por favor Rose! – mis últimas palabras transmitieron a la estancia, mi angustia. Por primera vez fui consciente de mi desesperada situación. ¿Qué tormentos me esperaban, a merced de aquella mujer? – come, come, come – seguía susurrando una y otra vez. - ¡Cállate Rose! – le grité con todas mis fuerzas. Inalterada, prosiguió con su estribillo – come, come, come.

Entonces fue cuando miré la gran mesa. Estaba preparada para un gran banquete. Elegantes candelabros con velas encendidas, cubiertos perfectamente colocados, y en los extremos, dos platos humeantes. Y en ellos, una bota con un pie humano. Todavía alcancé a reconocer mis cordones antes de volver a desmayarme.


-------------------------------------------------------------------------



Se ha rodado un corto basado en este relato. Dirigido por Uraitz Soubies y protagonizado por Francesca Guillem y Waldo Facco.

Publicar un comentario en la entrada

Lo más leído

Zicatrizes, libro 1º, capítulo I: Zipote

– Bueno, que era eso tan importante que tenías que decirme – dijo Víctor apenas se hubo sentado a la mesa.
– Mira, te lo voy a soltar a bocajarro, sin paños calientes – Ben hizo una pausa para dar un sorbo a la Mahou que le habían servido en una jarra –. Una zombi me mordió la polla. Menos mal que tenía unas gomas elásticas. Me las puse en la base del nabo a modo de torniquete y detuve la infección. Sino ahora estarías hablando con un zombi come cerebros.
Estiró su brazo hasta alcanzar sus partes, y las acarició por encima del pantalón como si fueran un cachorro.
– ¡Joder! Se me ha encogido solo de escucharte – dijo Víctor con sincera camaradería.

Tiempos de muerte

    –Un cúmulo de acontecimientos nos ha arrastrado hasta esta embarazosa situación.–En efecto, no hubiera podido expresarlo con mayor precisión – asintió el hombre que le apuntaba con un revólver.    –Agradezco sus palabras. Como narcisista que soy, el halago me reconforta, me colma de confianza – sus ojos brillaron como una fogata de campamento en la oscuridad de la noche –. Aunque reforzar mi confianza, quizás sea un error por su parte, dadas las circunstancias.    –Le agradezco el consejo. Intentaré no acrecentar su ego desde este preciso momento.

Asesinas de felpa: Matilda

    Los padres de Irina despertaron aquella mañana de buen humor. Habían dormido plácidamente, y fueron a la habitación de su hija antes de  ir a tomar el desayuno. 
    La niña tenía pesadillas desde hacía tanto tiempo, que no era capaz de recordar cuando habían comenzado. Eras muy pequeña, le decían sus padres, no te preocupes, pronto desaparecerán. A estas alturas ya sabía que sus padres solo trataban de consolarla, las pesadillas no desaparecerían pronto, tal vez nunca. Sin embargo, sus palabras la reconfortaban, aunque fuese tan solo durante unos instantes. Unos valiosos segundos de calma en aquella tempestad constante que era su mente pueril. Entonces se acurrucaba en la cama y sonreía con profusión, tratando de disfrutar intensamente su tan etérea felicidad.    Un día, viéndola sonreír, su padre decidió comprarle un muñeco de felpa para que lo abrazase y estrujase tanto como necesitara. Visitó varias tiendas de juguetes buscando el peluche perfecto para su amada hija. Al atard…