Monstruo

Debido a mi dificultad para el habla, a mi cojera ostensible y a mi sordera, he sido tratado, desde mi infancia, con condescendencia. Las miradas de soslayo, el aislamiento y porque no, la vergüenza, han sido el menú del que se ha alimentado mi personalidad.

A pesar de esto, y no con cierta satisfacción, no puedo ocultarlo. Desde que el monstruo apareció, soy el ser más feliz de este recóndito pueblo. El miedo se ha adueñado de las noches. La gente, apenas si se atreve a asomar la cabeza a través de la puerta. Pero lo que no saben, es que sus miradas de terror y su preocupación, son el cebo que atrae al monstruo. Y yo no lo tengo.

Se extrañan de que yo permanezca impasible, o de que duerma con las ventanas abiertas. Pero ¿qué he de temer yo de la muerte?, si la vida que en suerte me ha correspondido, por muchos hubiera sido ya rechazada.
Esta mañana, llegué justo a tiempo de leer de los labios de mi padre, sus últimas palabras. Algo terrible había sucedido. Inmediatamente, cogió su chaqueta y salió corriendo junto con nuestro visitante.

No pude evitar recordar la noche anterior. Sin duda, fue una gran noche. Todavía podía sentir su sangre entre mis dedos, su respiración entrecortada, el crujir de sus huesos, la satisfacción punzante de cada puñalada. Pero sobre todo, recordaba su mirada. Entre sorprendida y asustada, sus ojos, dejaban brotar alguna que otra lágrima. Por fin, comprendía lo equivocada que había estado, y se maldecía por no haberlo intuido. Esto me insuflaba poder, un poder despiadado, que al rebosar en este contenedor inapropiado, se transformaba en venganza.


Ya no me miraba con desdén, ni con pena, ni cuchicheaba cuando me alejaba. Ahora, sus ojos, tan solo hablaban de miedo, de un miedo acompañado por un odio atroz. Un odio, casi tan profundo como el mío. Pero, sin embargo, nunca vi en su rostro el valor que tengo yo ahora, o mejor dicho, el valor que tiene el monstruo en que me he convertido.
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