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Mostrando entradas de noviembre, 2013

Reflejos del ayer

Me senté, como cada día, en el borde de la acera. Tenía que esperar a aquel hombre de anchas espaldas y gorra calada hasta las orejas. Lo llevaba observando ya varias semanas y no conseguía apartar la mirada de él cuando pasaba. No sabría decir si era por sus andares, por sus prisas o por su gorra desgastada. Ante su presencia, yo me convertía en una polilla que intentaba penetrar al interior de la lámpara.
Solo había dos cosas inmutables. Una era su gorra de lana, de colores oscuros, punto grueso y envejecida por el uso. La otra, su prisa eterna. Diríase, que su vida era una carrera de galgos. Y que perseguía una liebre sin llegar nunca a alcanzarla. Yo, quedaba absorto ante aquel usual espectáculo. Incluso conmovido. Pero no osaba a acercarme. Cuando por fin despabilaba, ya era tarde. Se encontraba al otro lado de la calle. La multitud lo custodiaba. Todavía conseguía distinguir por unos instantes su gorra. Que ahora, vista desde lejos, era como un faro para mis ojos en ese mar de ca…