Gúlnarok


Os presento este relato, que es una colaboración con Federico Rivolta. Mi aportación al relato, ideado por Federico, ha sido el título y el capítulo IV. Os dejo que disfrutéis de las oscuras letras de este maestro del terror.


Reseña: Clásicos que nunca mueren: Viaje al centro de la Tierra. ¿Película o libro?

Desde esta semana he comenzado una nueva aventura como colaborador de la web "Las cosas que nos hacen felices". Escribiré una reseña semanal sobre libros, películas y series. Este es el primero de ellos. Espero que os guste.

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Un disparo en el bosque


Este relato es un adelanto de mi primera novela titulada Zipote.

Una silueta se dibujó en el horizonte de un frío atardecer de noviembre. Un hombre, cuyo rostro se ocultaba bajo una capucha de aspecto andrajoso, oteaba la llanura sobre la que se extendía la vasta ciudad de Loia. 
Su gesto torcido no auguraba ni honores ni prebendas a los habitantes de aquella urbe. Ni siquiera su barba lacia y rojiza podía ocultar su desagrado al descubrir las primeras evidencias de los esclavos del sombrero de paja. Se miró las manos, aquellas que habían librado tantas batallas, e identificó cada una de las laceraciones que contribuían a dibujar aquel mapa de carne. Todas ellas resultado de algún enfrentamiento con aquellas bestias inmundas.
Había atravesado continentes persiguiendo a las criaturas, dándoles caza, exterminándolas una a una, como un hombre que intenta demoler una montaña con tan solo la ayuda de un pico y una pala. Tocó con su mano enguantada la cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo verticalmente, recorriéndola desde la frente hasta la mejilla.
En el valle, la ciudad de Loia permanecía ajena a la presencia del Cazador. Como un rebaño de ovejas, sus habitantes pacían por las calles sin imaginar que les acechaba una manada de lobos.

Ocho horas


    Fui obligado a regresar al trabajo. Caminé a través de un pasillo largo y estrecho, de paredes grises y sucias. Un par de tuberías metálicas, pintadas de rojo, trascurrían pegadas a la pared como si indicasen el camino a seguir a los trabajadores.

   De pronto me fui consciente de que estaba rodeado de gente mal encarada, que tenía a su alcance  sierras, cuchillos, mazas y clavos.

   Alguien toco mi hombro y me sobresalté. Lo hice sin querer, pero mi encargado terminó con un clavo en la garganta. Un chorro de sangre regó mi rostro como si fuera césped sediento. Era cálida y sentí cierto placer depravado cuando se deslizaba hacia mi cuello, como un torrente de agua y barro.

Leyenda de un deceso

    
    Era casi media noche cuando apareció la figura de un hombre arrodillado junto a una tumba reciente. De la bruma que rodeaba el cementerio escapaban los sollozos marchitos de la soledad. Fidel era consciente de su desesperada situación. Ahora que se había hecho pública su condición sexual nadie le contrataría, su carrera como arquitecto había terminado, y lo que era todavía peor, no estaba capacitado para ejercer ninguna otra profesión.   
    Sus ahorros se evaporaron en pocas semanas como el agua de un charco, y se vio abocado a la mendicidad para poder sobrevivir. Fueron meses de frío en los huesos y rugidos en el vientre, hasta que un día su suerte cambio.

Junto al muelle


    La vida puede ser tan monótona unas veces, y otras cambiar tan rápido, que nos pilla a contra pie. Esta tarde estoy aquí, junto al muelle, esperándola. Esperando volver a ver esa sonrisa dulce que le dibuja dos hoyuelos en esa cara plagada de pecas.

   Esta mañana Pedro, un compañero de clase, un abusón de manual, me tenía agarrado por las solapas de mi cazadora. No le gustaba como la había mirado. Pero Pedro no es ni siquiera su novio, aunque eso para un matón tampoco importa demasiado. Ella cruzó el pasillo y nos miró. Pedro me soltó. Vi como enrojecía por la vergüenza, hasta un engreído como él sabía que ya no tendría ninguna oportunidad con ella.

Alma

 
    Ayer cuando la vi, creí descubrir en sus ojos un grito de socorro. Fue algo tan nimio e inconsistente que culpé de ello a mi siempre inquieta imaginación. Más tarde el extraño brillo de aquellos ojos volvió a visitarme, esta vez en la placidez de mi hogar. No quiero decir que me visitase ella, fueron tan solo sus ojos. Sentí su mirada clavada en mi nuca, como un puñal amenazante, y sin embargo, no irradiaban odio ni maldad. No salía de mi asombro ¿Cómo podía ver sus ojos si estaban detrás de mí?

El bosque

    
 

    Hugo corría campo a través huyendo de la pandilla de Toni. Las ramas bajas de los árboles le azotaban el cuerpo y la cara cada pocos metros.  Desorientado y falto de aliento se detuvo en medio del bosque para recobrar fuerzas. Se dio cuenta de que ya no escuchaba más que el latido de su corazón, era como el retumbar de un tambor en una cueva. Afinó el oído intentando aislarse de aquel sonido ensordecedor. Distinguió el canto de algún pájaro que no supo identificar, tal vez alguna liebre escarbando una madriguera, pero nada que se le pareciese a un grupo de preadolescentes en plena cacería.